INTRODUCCIÓN (TÚ)

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Fue en un pueblo con mar
una noche después de un concierto
tú reinabas detrás
de la barra del único bar que vimos abierto.

Cántame una canción al oído
te sirvo y no pagas
sólo canto si tú me demuestras
que es verde la luz de tus ojos de gata.

Loco porque me diera
la llave de su dormitorio
esa noche canté
al piano del amanecer todo mi repertorio.

Con el “Quiero beber”
el alcohol me acunó entre sus mantas
y soñé con sus ojos de gata
pero no recordé que de mí algo esperaba.

Desperté con resaca y busqué
pero allí ya no estaba
me dijeron que se mosqueó
porque me emborraché y la usé como almohada.

Comentó por ahí
que yo era un chaval ordinario
pero cómo explicar
que me vuelvo vulgar
al bajarme de cada escenario.

Pero cómo explicar
que me vuelvo vulgar
al bajarme de cada escenario.

(Ojos de gata, Enrique Urquijo en Los Secretos)

Es demasiado tarde y ya he perdido toda esperanza de verte hoy. Antes, en soledad, me crecía ante el mundo; hoy, en soledad, soy un rastrojo de crepúsculos opacos. No sé cuántas veces he escuchado en mi ipod la canción bajo cuyas notas nos conocimos. El camarero que me sirve la copa hace un particular gesto como queriendo descifrar mis cavilaciones mientras clava sus ojos en mi hoja emborronada. Me siento mínimamente importante por su celo en saber lo que estoy escribiendo. O eso creo. Por lo menos alguien se fija en mí, pienso fiel a mi desaliño emocional. Dos sentimientos se entremezclan en mi interior: el abatimiento, porque tu ausencia llena de ebria locura mi vacío existencial; y la nostalgia porque aquel pasado que tú y yo vivimos nunca regresará por mucho empeño que ponga. Me corroe la posibilidad de que mi espacio esté ocupado por otra persona, pero sé que he jugado contigo a ser un niño otra vez; y tú, harta de mis incertidumbres y vacilaciones, me respondes con un silencio punzante y acerado. Me revienta pensar quién puede estar / encima tuyo. / Cuando pienso que alguien te puede probar, / te lo juro, el corazón se me hace un nudo/. (Perdón por el error gramatical). Ahora ya no hay vuelta atrás, ahora no puedo pedirle al sol que vuelva a calentar nuestro infinito cuando en mi interior habita el invierno más sombrío y glacial que jamás he vivido. Y yo ya no soy capaz de descifrar tu silencio. Aún así, sigo esperando, anclado en una utopía casi suicida, un gesto tuyo que me haga revivir emocionalmente el páramo en el que se ha convertido mi vida. Pero esta noche estás más que ausente. Ahora mismo eres el todo de la nada. Y me duele el volumen de tu ausencia como si llevara en mis entrañas un cilicio de desvanecimientos y universos falsos. No sé cómo ni por qué, pero he vuelto a exhibir el polvoriento rosario de mis interminables disculpas. Tengo más de mil palabras para justificar mi actitud, pero tú ya no me quieres escuchar porque dices que mis palabras ocultan mi verdadero pensamiento. Por eso sueño con una cena en la que yo no me limite a escribir en una servilleta tu nombre y luego dejarla olvidada en la mesa o simplemente dejarla caer. ¿Sabes? Solo oír tu nombre intoxica mi sangre y lacera mi espíritu. Te prometo que el aturdimiento y la insensibilidad de aquel día ─el de nuestra canción en este pub de Bilbao─, si te haces visible, los tornaré en un rayo fecundo de sinceridad y pasión. Te garantizo que nunca te volverás a sentir sola en mi compañía. Porque a solas, sin ti, he podido comprobar hoy que no soy nadie. ¡Con cuánto desacierto y torpeza masculina he actuado! Te sentía tan segura a mi lado que jamás vislumbré la posibilidad de que eligieras otro puerto. No te imaginaba viajando por el vastísimo enjambre de otras manos. Solo un día sin verte y mi vida zozobra, mi vida naufraga calamitosamente en un mar de canciones tétricas y siniestras. Si me vieras en estos instantes vociferando tu nombre por los rincones más recónditos de mi existencia, seguro que correrías a mi encuentro y me aceptarías otra cita. Pero eso ya no es posible. Te has perdido, no entre los sublimes y generosos, no, sino entre los que no niegan sus deseos. Tal vez por dicho motivo hoy no me has querido ver. O tal vez sí. No lo sé. Lo mismo ahora estás soñándome. Y yo no tengo fe suficiente para atisbar tal situación. Me han alertado tanto de que lo que vemos o nos parece ver en sueños, no es otra cosa que un sueño viviendo en otro sueño. Un sueño que me ha convertido para ti en un torrente de malentendidos y desconfianzas. Pero te sigo esperando. Porque amar, como decía Pessoa, es cansarse de estar solo. En las últimas letras de esta carta te adivino enganchada a otro perfil con la furia de un titán. Y yo, Quasimodo de los pies a la cabeza, escondido en este nuestro rincón preferido, colmado por la letra de nuestra canción preferida, aquella que juramos escuchar siempre solos y con las manos entrelazadas, te espero abierto de espíritu y enemistado con la humanidad. Pero sigues sin aparecer y el camarero ha trocado el gesto de curiosidad en la más viva mueca de conmiseración.

filoso@filoso.gal

Author: José María Máiz Togores

Profesor e escritor. O primeiro, de seguro. O segundo, iso creo.

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