Chapuzón
La visión estaba compuesta como un río formado por capas sin fin que se alzaran y se perdieran en el infinito. En lo más profundo la realidad para la que mirábamos era puro resplandor y los reflejos resacosos del sol eran los últimos hilos visibles de un verano casi extinto que ahora flotaba impreciso ante nosotros. Anaïs Nin escribió algo muy parecido sobre un sueño en el que se repetían temas en una espiral sin techo ni fondo que la empujaba al centro de un laberinto. En este caso no había laberinto. Al tiempo sin motor se le sumó el silencio y formaron una estampa simplemente agradable en la que darse un baño. Creo que extrañábamos nuestra infancia y como no supimos que decir nadie dijo nada. Alguien desconocido debió pensar que la bolsa de papel del McDonald’s meneándose en mi mano rompía todo, chocaba transversalmente con aquella escena, tan natural, tan de ponme un poco de Nivea que no llego. Pero a mi me pareció que lo único que podría estropear aquello era precisamente lo de la crema, así que traté de mirar para otro lado mientras descargaba la salsa de las patatas deluxe.
Pocos segundos después los cabellos flotaban y se mecían con el agua recordando a la aureola de un santo. Los oídos taponados hacían como si el mundo estuviera apagado mientras a los cuerpos se los llevaba la corriente. Eso es la infancia. Jugué con ella un rato antes de que el frío me pusiera a calcular el tiempo necesario para secarse todo el cuerpo con una camiseta.
Miré hacia afuera y vi a mi abuelo (93) concentrado en mis movimientos. Me dio la sensación de que él también se estaba dando un baño a su manera. Salí del agua y agarré la Taylor. Una pareja joven empujaba una silla de ruedas sobre la hierba. En ella llevaban a una niña que observaba todo a su alrededor con una admiración afectada de un modo que ahora no consigo describir. La pararon delante de mi y seguí tocando. De pronto paré con aquello y ellos siguieron su camino.
De regreso a Santiago recordé la vieja ganadería. Llevaba semanas pensando en husmear por allí. Conduje hasta su epicentro surcando los rastros de tierra húmeda remarcada por los tractores y allí estaban los terneros. Desfilaban haciendo ringleras de esas que se enroscan en zig zag tocándose los hocicos con los rabos. Me hicieron recordar a los pasajeros de Ryanair esperando su turno de llegada al mostrador de facturación. Al abrir la ventanilla para saludar al paisano el coche se llenó de moscas en un sólo segundo. Decliné la invitación para ver como embuchaban a los pollos. Pensé en los ingleses. Procrastiné. Aceleré y abrí las ventanillas. Las moscas pillaron la indirecta y se esfumaron. De pronto recordé cuando caminaba por el centro de Bogotá y Diego y yo tratábamos de convencer a un par de chavalas de que ir a los toros aquel domingo era un plan perfecto. Al aproximarnos a la plaza acabamos rodeados de gente ensangrentada posada en el suelo y de sujetapancartas que gritaban ASESINOS bajo carteles gigantes de animales maltratados. Me puse a hacer fotos y al final no fuimos a los toros (nunca he ido). Aquella cámara me la robarían antes de abandonar el país.
En fin, cuántos minutos de locura para tan pocos segundos de flotar en el silencio. Es domingo por la tarde y mi abuelo acaba de llamar por teléfono. Nos vamos al río.





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Al ver el mundo mientras no miro nada, al seguir pensando sin proponerme pensar, al notar en mí, con poderosa certeza, la selva de las arterias y la montaña rusa de los nervios, no solo confirmo que estoy vivo, sino algo incluso más impresionante. Experimento la única, pequeña, posible forma de trascendencia. Sobrevivo a mi mismo. Me deshago de la muerte jugando…
Andrés Newman. Hacerse el muerto.