9 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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De la cazuela a la colleja, pasando por mamá

Me he pasado horas estudiando posibles juguetes educativos. He comprado libros adaptados a su edad, con colores, formas, etc. Le he puesto dibujos animados en inglés, para que se acostumbre a ese idioma desde pequeñito. Jugamos con un abedecario de espuma y colores; hacemos puzzles para que identifique las formas…Vamos, que intento que Petit Prince tenga a su alcance materiales divertidos y pedagógicos a su vez. Y tras meses de preocupaciones, va mi carismático retoño y decide que lo que le resulta tremendamente divertido y entretenido es coger una cazuela y una cuchara de madera y cocinar a sus animales de juguete. Sí, pasmada me he quedado yo al verle.

Ahí le he tenido, más de media hora con el cazo, su correspondiente tapa y la cuchara en cuestión. Lo ha paseado por el sofá, el suelo, el pasillo, la tele, la alfombra…Así que, mamás del mundo, he aprendido la lección: pongamos materiales a su alcance, pero dejemos la elección al pequeño. A fin de cuentas, él es quien se está formando.

Entretanto, cazuela en mano, voy a rebuscar en lo más profundo de internet a ver si alguien me dice cómo conseguir que mi heredero deje de arrear guantazos a sus compañeros de guardería. Y lo hace independientemente de que sean mayores o mujeres. Lo último ha sido tirarles de las orejas… Creo que en la guardería este año va a recibir el premio al macarra infantil del curso. Y lo aceptaremos con resignación.

6 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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Y si el mundo me dejase ser mamá…

Sólo soy mujer y madre. No soy doctora, ni pediatra, ni psicóloga, ni nutricionista, ni estilista, ni cocinera, ni la Supernanny. Soy mamá las veinticuatro horas del día: le mimo, le duermo, le doy de comer, le baño, le visto, le curo, le enseño, le atiendo, le entretengo, le saco a pasear, le consuelo… Me he entregado a él desde que nació, pasando su padre y yo a un segundo…o undécimo plano. Decidí, voluntariamente, que fuese el eje en torno al que gira mi vida. Y aunque haga grandes sacrificios, mi salud mental se tambalee por momentos, la emocional haya entrado hace meses en la UVI y la física chirríe cual coche de los años 20, es mi hijo, es mío, lo he creado del amor que hay entre su padre y yo. Es la cosa más perfecta y hermosa que pude hacer con mi vida.

Y sí, cometo equivocaciones. Pero, querido mundo, dile a todas aquéllas personas que vienen-sin pedírselas-a darme lecciones, que muchas gracias, pero que no las necesito. Teorías hay a cientos, y prácticas a millones. Yo pediré consejos, cuando los precise y a quien crea conveniente. Ahora bien, esta madre inexperta y multitarea se niega a tragarse con una sonrisa todas aquéllas críticas vacías que además, justo me hacen aquéllos que no han criado niños. Es posible que mi hijo deba beber ya por vaso y no por biberón; no creo que me encarcelen por ello y su ropa permanecerá seca. Tampoco considero que merezca la pena de muerte por no atiborrar a mi pequeño de azúcares o que renuncie a una comida tranquila por ir detrás de él y evitar, como hoy, que cogiese un cuchillo, que encendiese un horno, que golpeara con un martillo un radiador o que metiese sus bracitos en el cubo de la basura.

Llevo a mis espaldas críticas a cientos. Muchas de ellas recibidas cuando no estoy presente y en ninguna salgo bien parada. No existe ningún manual que enseñe a ser madre y a conjugar eso con ser novia, hija, hermana, amiga, cuñada o nuera. No sé si hago bien o mal, pero el niño es lo primero. Para esta que firma la rutina es sagrada, ya lo he dicho muchas veces, y mi forma de educar…errónea o no, es la mía. Es lo que sé. Si me equivoco, la responsabilidad será mía. Y si acierto, los beneficios los recogerá mi pequeño. Y sé que esto es un alegato vanal, porque siempre habrá lecciones que no pides y consejos/sugerencias que, por encima, te obligan a justificarte. Por si ya fuese todo poco complicado de por sí…

Tener un hijo te hace desarrollar y descubrir una fuerza que no sabías que tenías. Se puede percibir en el carácter y el genio. De momento, me contengo. De momento…

2 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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Patucos, independencia y melancolía

Hoy me ha invadido la nostalgia. La añoranza se apoderó de mis venas y corazón al abrir las cajas donde guardo la ropa de Petit Prince desde que nació hasta que cumplió un añito. Levanté la tapa, en teoría, para buscar unos saquitos que enviar a una prima mía que está a punto de traer al mundo a su primogénito. En la práctica, quería recordar a ver qué sentía. Y el resultado fue una oleada brutal de añoranza. Me invadió una sensación terrible de no haber aprovechado bien el tiempo cuando Petit era un bebé calmadito, manejable, rechonchillo y dormilón. O sea, las dos primeras semanas de vida.

Pijamas suavecitos, bodies con lazos, camisetas pequeñitas, los primeros vaqueros, los pantalones cortos de su primer verano… los primeros zapatos… Tengo rondando por mis entrañas una terrible sensación de querer volver atrás, aunque la etapa actual también me guste y disfrute como una enana de los avances de mi pequeño. Pero, cada vez es más independiente; con 19 meses decide él solito qué cazadora se quiere poner. De bebé era más fácil de proteger. Ahora cada día se me complica más el asunto. Y mamá no quiere ser vulnerable; porque creo que lo peor que una madre puede vivir es el sufrimiento de un hijo.

He cerrado las cajas, pero sólo físicamente. Ahora voy a luchar con la nostalgia. Con el recuerdo- ahora bonito y antes agotador- de mi bebé durmiendo en posición fetal encima de mi tras tomarse su biberón. Creo que el tiempo es injusto. El pasado minimiza sus males, el presente nos agota mientras mata el disfrute y el futuro es tan incierto que mientras nos preocupamos por él, se pone el traje del pasado sin avisar.

Adiós, patucos, adiós…

1 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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Érase una vez una escoba… y un escupitajo

Entre las diversas aventurillas que os he narrado en los últimos meses, habéis leído cómo Petit Prince sufría diferentes magulladuras, sobre todo en su preciosa carita. Ya ni me he parado a contarlas, porque su ímpetu le lleva a tropezar, caer, pegar, recibir, etc. Y hemos visto moratones a lo largo y ancho de su pequeño cuerpo. Pero hoy lo tiene en un sitio en el que nunca pensé que podría darse tal cosa: la lengua. Mi pequeñín ha conseguido que la punta de la lengua tenga un curioso tono púrpura. También esperemos que haya aprendido que sus 82 centímetros no son suficientes para manejar una escoba con esas ansias irrefrenables que le puso. Intentó manejarla al estilo Harry Potter en el quiddich, se cayó, se mordió la lengua y arañó la barbilla.

Lo único bueno del asunto es que el moratón está en el mismo lado que el diente roto, donde todavía no muerde con fuerza. Así que nos queda el lado contrario para morder y masticar. Eso siempre y cuando le guste el menú que le preparamos. Porque tanto deja el plato limpio como dice “no” tan pronto aproximas el tenedor. Si pasa esto último, he descubierto que si le tengo entretenido (coches, libros, peluches, animalitos de juguete…), no se da cuenta y come. Lo que pasa es que Petit nos ha salido ligeramente sibarita. Por ejemplo, degustando un menú de macarrones con carne y su salsita, come el macarrón y el trocito de carne que acompaña al bocado acaba por escupirlo. Cómo no quiere ponerse babero, mi cara parece un arcoiris de tonos fúnebres cada vez que come, porque la camiseta/camisa suele acabar con 48 manchurrones. La lavadora está estudiando demandarnos por esclavitud.

Mientras, Petit sigue practicando el “no” que nos suelta cada vez que le preguntamos algo. Aunque ahora si quiere decir que sí, mueve su cabecita adelante y atrás. Y sé que para muchos de vosotros, lectores míos, es una tontería descomunal. Pero para esta mamá novata, hipocondríaca, cansada, orgullosa y sobreprotectora, es maravilloso. Al final va a a ser verdad eso de que no se consuela el que no quiere. Ea.

28 marzo, 2012
por María Xosé Gómez
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Tú te rebozas en verde, yo estoy a dieta

El inventor del cambio de hora, aparte de los supuestos beneficios de ahorro energético, se olvidó del colectivo que formamos los papás novatos. Desde antes que el niño nazca una de las 3.268 cosas en las que te insisten es en crear una rutina para el bebé, para que establezca sus ritmos y le ayude a crecer mejor, etc. etc. Una vez conseguida, adaptada a la luz del día, llegan la primavera, el dichoso polen, los mosquitos y el cambio de hora. Aunque os parezca una exageración, pensad en cómo le explicáis a un niño de año y medio que aunque a las nueve de la noche sea día, no puede salir a jugar. Eso es sólo un ejemplo.

Las tardes son eternas. Y Petit Prince sólo quiere corretear cual liebrecilla con pilas Duracell extra largas, y a ser posible meterse en los recovecos más complicados que encuentra alrededor de casa, meter la mano en la boca del animal con el que se cruce (perro, gato, gallina, etc.), arrancar las flores que se presentan en su camino o, si lleva ropa clara y relativamente nueva, trotar encima de tierra en polvo o rebozarse por la hierba. Ante este panorama tan alentador para mi salud cardíaca, he optado por los paseos. Si el Sol lo permite, y está siendo muy generoso, damos uno corto por la mañana, de media hora o así, y otro más largo tras la merienda. Y aunque deja escapar algún que otro grito de exasperación de vez en cuando, va bastante a gusto en su sillita viendo el mundo.

Lo que peor lleva Petit Prince son todas esas paradas obligadas cuando nos encontramos a otras personas paseando o delante de sus casas. Porque ahora se me ha vuelto tímido el retoño. El niño se hace mayor, y busca siempre esconderse en mamá hasta que va cogiendo confianza. Por cierto, la gente sigue empeñada en tocarle. Aunque no le hayan visto nunca, sean jóvenes, mayores o niños, si alguien te para, indefectiblemente va a apretarle el moflete o a cogerle la mano, con el consiguiente berrinche del pequeño… En fin, pero, a lo que iba: aunque alarguemos la merienda, porque ahora va cogiendo él los trocitos de pan, chocolate, queso… demos un paseo de una hora…aún nos quedan dos hasta el baño/cena/ratito de juegos y sueño (Aaaaaaleluya!!!). Ahora va a resultar que la luz natural beneficia a nuestra salud mental, puesto que nos obliga a improvisar, imaginar y entretener a nuestros hijos más tiempo que antes.

 P/D Mi preciosa, pequeña, cariñosa y presumida ahijada, de 22 meses, está a dieta. Dicen los médicos que ha de dormir menos y moverse más para adelgazar. Sé que es por su bien. Y siento mucho que huya de Petit Prince (varios meses de tirones de pelo, bofetadas y mordiscos tienen sus consecuencias), porque si llega a llevar el ritmo de mi querido hijo durante una semana, las grasas huyen despavoridas. La sonrisa de la niña es su mayor tesoro, la genética familiar, en forma de silueta….ancha…su cruz. Y empieza pronto.

23 marzo, 2012
por María Xosé Gómez
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La escobilla del váter y una mamá desesperada

Bien cierto es que los usuarios de gimnasios son, en gran parte, personas que desean estar activas, consumir calorías, ejercitar todos los músculos de su cuerpo… Pero, amigos míos, ¿para qué pagar la cuota del gimnasio, desplazarse hasta él, teniendo en casa a Petit Prince? Un día de estos voy a cronometrar cuanto tiempo al día se está quieto. Creo que poco más que la hora y media de siesta que duerme. Luego el día es una sucesión de carreritas a lo largo y ancho de toda la casa, siempre y cuando no se pueda escapar para fuera, sinónimo para él de libertad absoluta y un mundo por conquistar.

Estos días sufrimos las inclemencias meteorológicas en forma de catarro en mayúsculas. Ojos llorosos todo el día, moco colgando día y noche, tos a cientos, estornudos…etc. Irritabilidad. Irritabilidad. Más irritabilidad. Vómitos y falta de apetito. Por tanto, no hubo guardería. Y mamá, ilusa, pensó aquéllo de… “bah, mientras juega voy a realizar parte de las tareas domésticas”. Mientras intentaba fregar, tiró la bolsa del pan y se escapó con un trozo, casi me rompe la cafetera de porcelana (o lo que sea, de cerámica), subió el volumen de la tele hasta que no dio más de sí (creo que en Japón se oía más o menos clara), vació una caja de juguetes en su habitación y quiso meter la mano hasta el fondo del cubo de la basura. Todo ello en 10 minutos. Al intentar hacer la cama, se coló en el baño y sacudió la escobilla hasta donde pudo salpicar (no sabemos aún si el techo se libró por poco), intentó tirar el chupete al WC, sacó toda la ropa sucia que estaba en su cesta para lavar y la esparció por la habitación, además de huir raudo y veloz con la crema de manos cual trofeo que esconder. Le llevó todo esto 7 minutos.

El resto del día fue así. No, los últimos tres días han sido así. Estoy condenada a la plancha nocturna, a fregar y limpiar a toda prisa mientras empieza a dormir la siesta con su papá y a tragarme el orgullo mientras la sangre me burbujea al ver un cristal sucio, algo de polvo en los muebles o la despensa sin recoger.

Sé que alguno/a pensará, pero hombre..algo habrá para entretenerle. Un libro le dura lo que tarda en pasar 3 páginas. Los cubos tipo Lego le duran lo que tarda en esparcirlos por su habitación y deshacer las figuras que le hacemos. Con coches/camiones/motos de juguete…les da un paseito haciendo con la boca bummmbummmbumm… dos minutos. Peluches, 0 segundos. Sólo le entretiene algo pasear, viendo animales, gente, casas, coches… básicamente porque como va atado en su sillita, no se puede escapar corriendo tal y como ordena su cerebro. Ahora el mío me ordena planchar y dormir, dejar las vitaminas preparadas para mañana y pensar en cómo llamar la atención de mi pequeño príncipe.

18 marzo, 2012
por María Xosé Gómez
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He aquí la hucha de la ortodoncia

En su momento indiqué que iba a colocar en casa una hucha para ir contribuyendo a la futura ortodoncia de Petit Prince. Aceptamos donaciones desinteresadas por el bien de las piezas dentales de mi querido Cuchufleto (apodo cariñoso/ridículo oído en una popular serie televisiva). Muchas gracias por sus aportaciones. El Ratoncito Pérez estará furioso con ustedes, pero como todos los que leen esto han dejado atrás ya sus dientes de leche, pueden dormir tranquilos.

16 marzo, 2012
por María Xosé Gómez
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Tierra, jabón Lagarto y demás familia

Creo que los fabricantes de los detergentes insisten tanto en el “blanco más blanco” porque saben lo que sentimos las mamás. Máxime cuando nos malcriamos a nosotras mismas durante el embarazo. Te pasas unos cuantos meses mirando, remirando, volviendo a mirar y comprando trajecitos, pijamas, camisetas… las primeras camisas. Y siempre te gustan más las cosas de colores claros, tan bonitos… Las primeras semanas de tu retoño, salvo los vómitos de turno, la cosa va bien y los nervios calmados. El bebé está en su capazo, dormido, tranquilo, quietecito, impoluto.

Pasan los meses… y el niño/a de turno descubre, maravillado, que puede gatear. Es en ese momento cuando se te cae la venda de los ojos y comienzas a buscar, frenética, por todo internet, un aparato económico que vaya limpiando el suelo delante y detrás de tu bebé. No existe. Y tu mundo se hace añicos viendo como las rodillas de tu heredero se van tiñendo de un marrón caca cada vez más intenso. Pobre inocente, pensando que eso es lo peor que te puede pasar. No. Lo peor viene después (como siempre), cuando el sonrosado bebé se inicia en el titubeante mundo del caminar. Cuando le vistes, planchadito y combinado, y nada más salir fuera de casa, se escapa al jardín a por flores para su “ba” (abuela) y al caerse en la hierba se dibujan unas marchas verdes en ambas perneras resistentes hasta al jabón Lagarto. O cuando, una vez cambiado de ropa, decide ir a la última habitación de tu casa, donde nunca juega y que casualmente, es la única donde no te ha dado tiempo a barrer.

No hablemos ya de cuando alguien, amable y simpáticamente, decide dar a tu retoño algo de chocolate (moneda, paraguas, chocolatina, huevo…etc.). Siempre coincide que lo hacen lejos de tu casa y sin que tengas a mano unas toallitas o un babero. Creo que la humanidad, en el fondo, me odia. Eso, o que los fabricantes de los detergentes me quieren nombrar cliente del siglo. Lo más de lo más nos ha pasado en la guardería esta semana. El niño entró con un jersey pistacho. Salió con uno a manchurrones castaño oscuro. Entró con unos zapatos azules y suela blanca. Salió, 2 horas después, con unos tirando a negros y tierra suficiente en ellos como para plantar un par de patatas. Entró con la cara limpia y blanca. Salió cual granjero tras plantar una finca de maíz al sol, sudando y rebozándose en la tierra. Al parecer, estuvo jugando en el jardín. No quise preguntar en qué estado quedó el jardín. ¿A donde llegaría el túnel…?

Mientras: 1.- Estoy meditando vestir a Petit Prince de negro, cual ninja. En el negro las manchas se ven menos. 2.- Necesito más detergente!! 3.- ¿Cuando dejan de ensuciarse? 4.- Cuando sea mayor, su paga irá en proporción a lo inmaculado que vaya él…jejeje…

7 marzo, 2012
por María Xosé Gómez
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Aceptamos donaciones: es cuestión de dientes

 

Necesito comprar una hucha bien grande. O una pequeña, pero con tapa, para no tener que romperla cuando esté llena. La pondré en un sitio visible de mi casa, el salón, para concienciar a quienes nos visiten y vayan haciendo sus aportaciones. Todo el dinero recaudado va destinado a una buena y cara causa: la futura ortodoncia de Petit Prince. No es que esta última caída haya desencadenado la hecatombe, aunque sus consecuencias dentales sean inciertas y a largo plazo. Es la única y triste conclusión que esta mamá extrae al ver cómo evoluciona el repertorio de dientecillos que aparecen en la boca de mi retoño.

Los primeros se hicieron de rogar. A los cuatro meses nos informa una amable doctora que los dientes le provocan fiebre y que en breve pueden asomar. Todavía no acabamos de comprender qué entiende por “brevedad” la buena mujer. 5 meses más tarde salió el primero. Desde entonces, ocho meses más tarde, Petit luce orgulloso cuatro muelas y seis dientes (uno de ellos a la mitad). Hasta aquí podría ser el relato normal de cualquier familia si no fuese por el pequeño detalle de que varios de los ejemplares dentales asoman ya terriblemente torcidos. Con la cartera temblando por momentos y los del banco frotándose las manos, inquirimos a su dentista sobre este curioso hecho. Según la doctora, aunque cabe la posibilidad de un milagro, lo más probable es que los dientes no tengan sitio y por eso salen torcidos. Apostilló: “imaginaos cuando salgan los definitivos, que son más grandes”. Acto seguido tomé la decisión irrevocable de la hucha. Porque puesto que será inevitable, al menos que no nos pille sin euros. Los que queráis contribuir a la causa, sólo tenéis que avisar.

3 marzo, 2012
por María Xosé Gómez
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Entre atttchises, juegos de azar y mosquitos

Nunca me ha tocado la lotería. Estoy en paro. Duermo mal. No tengo ni diez minutos al día para mi. El futuro es incierto y cada vez más nublado. Pero, aún así, me considero afortunada. Lo soy porque tengo un niño sano, feliz y enérgico. Sé que semanas tras semana desgrano en este blog mis aventuras y mis penas. Y aunque tiendo al dramatismo, viendo estos días imágenes de niños con enfermedades raras, condenados a una silla de ruedas, a tratamientos carísimos, a investigaciones imperiosas que nadie subvenciona…de verdad que no puedo quejarme. Petit Prince es nervioso, travieso, algo caprichoso por momentos, y está malacostumbrado a dormir siempre en brazos de su madre. Pero anda, expresa emociones, come, juega, crece… Otros pequeños no pueden decir lo mismo.

Es verdad que comparado a otros bebés, el mío casi todas las semanas tiene algún tipo de achaque: catarro, dermatitis, caídas, conjuntivitis, gastroenteritis, fiebre, etc. Pero para ello ya nos hemos pertrechado de un arsenal de soluciones que pasan por Flutox/Flumil, Lactisona, Suniderma, Tobrex, Dalsy, Apiretal, etc. Al final, son males menores en comparación con casos gravísimos y de por vida que existen en numerosas familias. Es duro ver sufrir a un adulto, pero yo no puedo con el sufrimiento de un niño. Me rompe las entrañas.

 

P/D Para los que me habéis preguntado por Petit, la evolución ha sido lenta. El antibiótico degeneró en una diarrea respetable que curamos con una dieta astringente; estuvo dopado a Dalsy cada 8 horas, en caso de subida de fiebre, combinado con Apiretal cada 4. El diente…lo que queda de él sigue ahí, algo más amarillo que el resto. Esperamos temblorosos la visita a la dentista la próxima semana, para que evalúe las consecuencias de la caída del empaste y nos amargue la vida con malas noticias. La nariz ha vuelto a su color original. Ahora estamos centrados a la vez en curarle el catarro y en una picadura de mosquito, ya que en Petit las picaduras derivan en granos diseminados por todo su cuerpecito (es lo bueno de tener dermatitis atópica).

 Me voy a por un Frenadol. Petit ha tenido a bien pasarme sus virus entre muacckk y muacckk (ahora los reparte a cientos cada vez que le riñes).