Érase un caballero, la abuela y pañales a go-gó

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Cual caballero a lomos de su corcel, mi querido y sufrido Petit Prince parece que va ganando la batalla a la retorcida Cryptosporidium. El valiente pequeñajo lucha con uñas y dientes, pero sobre todo con pañales, para acabar de una vez por todas con la osada bacteria. Y es que hasta para ponerse malito Grand Prince y yo tenemos un niño especial. Suponemos que se dijo a sí mismo aquéllo de: “para qué coger un catarro si puedo dejar que se instale en mi intestino un parásito para el que no existe medicación efectiva”. Dicho y hecho.

Diecisiete días llevamos ya en la refriega. De momento en el campo de batalla yacen unos ciento cincuenta pañales que rozan el estado radiactivo (hay ciertas deposiciones que por su acidez, causada por infección, dentadura u otras causas, podrían tener un uso nuclear gracias tanto a su fétido olor como a sus poderes químicos). Nuestras armas, además de la paciencia, han sido un maravilloso preparado que incluye en la misma papilla zanahoria y crema de arroz, además de unas ocho toneladas de pasta al agua y polvos de talco. Es realmente desesperante para un padre que te digan que no hay tratamiento médicos para lo que tiene tu hijo. Y sé que lo nuestro ha sido una tontería, que las plantas infantiles de los hospitales están llenas-por desgracia-de historias vestidas de lágrimas. El precio a pagar por la cryptosporidium ha sido medio kilo menos en Petit Prince, el descubrimiento de un nuevo medicamento para cortar las diarreas (aquí no efectivo), el Tiorfan, y el suero en forma de gelatina, puesto que gracias a éste último conseguimos que el bueno de nuestro retoño tomase algo… Lo único positivo es que, según los doctores, nunca volverá a contagiarse. Ojalá.

Además, he de confesar que la abuela tenía razón. Cuando te dicen que los niños crecen cuando están enfermos, al mismo tiempo que te echan café, te ofrecen cuatro pasteles distintos y te doblan la chaqueta, tienen razón. Petit está, en altura, en un percentil 75’8. Traduzco: lo normal es que rozase el 50. Vuelvo a traducir: que está alto para su edad. La parte buena: el orgullo de papá y mamá. La parte mala: marchando una sesión de compra de ropa nueva!!!

Diecisiete días. Y no hemos terminado. Es el propio sistema inmunitario de mi retoño el que debe expulsar hasta la última bacteria. Tan pequeñito…y tan fuerte. Enhorabuena, pequeñín.

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