Una mezcla de Bruce Lee y el caníbal Hannibal Lecter. Podría ser la definición perfecta para describirles en qué se convierte mi adorado Petit Prince cuando sus piececillos asoman por la puerta de la guardería. Y es que mi heredero ha desarrollado desde edad temprana una malsana e incorregible costumbre de saludar a los otros niños con detalles tan cariñosos como los mordiscos o las bofetadas. Además, tan generoso es el pobre, que los reparte a diestro y siniestro sin control alguno. Vamos, que tú vas con tu pequeño a la compra, a dar un paseo, a una cafetería..y en esto que aparece otro niño/a (da igual la edad). Tan pronto Petit lo divisa, empieza a mover compulsivamente todas las partes de su cuerpecito para lanzarse a por su víctima cual vampiro hambriento. Y cuando llega a ella, aunque le saque una cabeza, o bien le da un mordisco si tiene carne a la vista, o le arrea un bofetón. Sí, a adultos también se lo ha hecho.
Y tú, madre de la criatura, te quedas abochornada e indignada en la misma proporción. Antes, lo que hacía era disculparme mil veces con el pequeñajo de turno y con sus padres, mientras se me subían los colores al más puro estilo Heidi y me llevaba a mi retoño lo más lejos posible de su víctima. Ahora, lección aprendida, procuro no soltarle de la mano bajo ningún concepto. Es la únca manera de evitar moratones y mordeduras en los cuerpos de otros inocentes niños. Y pensareis, ¿y en la guardería que haces? Yo rezar en casa. Porque me temo que un día, al abrir la puerta para recogerle, me inviten amablemente a domar a mi fierecilla primero, antes de volver a llevarlo. Cada día hemos de preguntar por el parte de lesiones. De momento sus batallas se saldan con varios moratones y rascaduras, todas en su cara. Es fantástico salir de casa y que todos se fijen en la heridita de la nariz, la de la oreja, la del pómulo, la de la ceja…he de fabricarle una máscara anti-peleas. Eso por nuestro bando. Por el de los demás…sé que a una niña un año mayor que él decidió probar a dejar clavados sus dientecillos afilados en el trasero de la pobre pequeña. Nooo, amigos míos, no amortiguó el pañal, porque la niña ya no lleva.
Le castigo de pie contra la pared cuando pega, muerde, araña o realiza cualquier tipo de agresión física a quien sea. Me reta, y a los diez minutos de llorar, patalear o demás, se me escapa o encuentra vías de huída. La de ahora es la del grito desesperado que me hace sucumbir. Entretanto, seguiré yendo a la guardería día tras día con el miedo agarrado al volante. Si sale magullado, malo. Malísimo. Si sale contento, pregunto si ha habido bajas.
Es muy difícil esto de ser mamá… y nadie te lo dice antes!!!!






