Me voy a comprar un estuche de pinturas

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He estado reflexionando tras el último post escrito en este blog. Para mi reflexionar es pensar mientras Petit Prince duerme su siesta (en mi colo, ningún otro lugar es válido) o de noche, entre grito y grito. Y es que… no me parece mal que, aquéllos que lo deseen, regalen juguetes a mi hijo. Pero… he recordado cuando yo era pequeña. La gran ilusión que me hacía recibir mis regalos de Reyes, porque no iba a tener ningún juguete más hasta mi cumpleaños. Petit Prince tiene 17 meses. Y en su haber figuran coches de todo tipo, tamaño y color, camiones, tractores variados, mil peluches, juegos musicales, scalextric, cubos para montar estructuras, etc. etc. Pero.. y los cuentos? Y las pinturas? Aquellos enormes estuches por los que todavía hoy se me ilusionan los ojos…

Sólo una amiga mía ha regalado a Petit algo tradicional, unas maqueta de madera en forma de zapatos para que, dentro de unos añitos, aprenda a atárselos él sólo. Y siento añoranza. Añoro que Petit crezca como crecí yo. Con poco pero feliz. Porque lo mucho aburre, y le llevará a infravalorar todo lo que tiene. Hoy, sentada en silencio (Petit estaba en la otra esquina de la casa descubriendo que de su boca sale el aliento y que, plasmado sobre el cristal, puede dibujar en él), contemplaba su habitación: su camita con los peluches encima, su estantería de cuentos (comprados por papá y mamá), las cajas de juguetes, las cortinas de colores con animales dibujados, el armario lleno de ropa, fotos varias… ya quisiera para mí, de pequeña, una cuarta parte. Me da miedo no saber educarle como me educaron a mi. Esas lecciones de vida en las que aprendí que muy poco puede ser mucho. Esos momentos en los que, si te regalaban un libro, te estaban regalando la vida. Esos juguetes conservados en cajas y adorados desde la distancia para que no se estropeasen, porque eran demasiado bonitos.

Gracias, abuelos. Petit, tenemos mucho que aprender…

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