20 mayo, 2012
por María Xosé Gómez
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Crónica del bichejo, la liquidez fecal y la paga

Cryptosporidium. Para los que penseis que juro en arameo, divago en latín o blasfemo en hebreo, pues no. Ése es el nombre de la rastrera bacteria que nos ha amargado la vida en los últimos días. Es un bichito que, supuestamente, infecta sobre todo a niños que ingieren agua contaminada. Petit Prince bebe, desde que tiene uso de razón, agua embotellada. No tengo por costumbre rebozarle en charcos varios ni sumergirle en pozos diversos. Aún así, mi pequeñín decidió dar cobijo al bueno del animalito microscópico.

Es decir, que ha estado con diarrea continuada, maloliente (fétida más bien), ácida y abundante durante cuatro días. Sumémosle la fiebre de rigor, vómitos y dieta blanda. Si hace un post os contaba que sus posaderas parecían un volcán…hoy os digo que cambiar pañales a una media de seis por hora en algún momento del día deja consecuencias poco agradables para Petit, que se sentó con dificultades en ciertos instantes. Además, gracias a la generosidad parasital del niño de mis entretelas, hemos vuelto a conocer a una joven doctora que aún debe curtirse. Siempre nos tocan. Esta vez me fui del hospital con ganas de contarle que un niño no suele beber suero por decreto; es más, lo escupe de vicio..cada vez más lejos. Zas! Y que los padres vivimos angustiados, vemos a nuestro pequeño pálido, diarreico perdido, llorando de dolor, sin fuerzas y no sabemos cómo ayudarle ni cómo pararlo. Si nos informan o nos dan alternativas lo agradeceremos.

A mi, tras todas estas horas de incertidumbre, miedo, preocupación y odio al termómetro, me gustaría saber en qué estado está el sistema nervioso del resto de las madres de este planeta. Porque, mamás del mundo, sumen a la enfermedad de mi hijo mi hipocondría crónica. Creo que necesito un profesional que me haga entender que 37º de fiebre no es una tragedia de dimensiones mundiales que provocará un gran cataclismo.

Parece que Petit ha ganado la batalla a las líquidas deposiciones, ha ganado el duelo con la fiebre, sus partes nobles van perdiendo el tono morado para volver a su blanca palidez y poquito a poco volverá a comer algo que no sea cocido sólo en agua o un insípido yogourth natural. Yo, entretanto, voy a ir contratando a un buen detective privado (gratuito) que investigue en qué fatídico lugar mi inquieto retoño invitó a la cryptosporidium a instalarse en su intestino. Sin mi permiso!!!! Estes mes, sin paga.

17 mayo, 2012
por María Xosé Gómez
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Del comillo impertinente al colorado pompis

Tenía toda la intención y tecleos pensados para reflexionar en este post, tal y cómo me sugirió una añorada amiga, sobre la incompatibilidad de ser mamá y estar delgada…cuando…el destino-que tiene el humor donde yo te diga-ha decidido someter a Petit Prince y a sus padres a una sufrida prueba. Harto conocido es por todos los sufridos lectores de este blog la apasionante entrega con la que Petit Prince acoge a todo aquel virus que se acerca a su cuerpecito. En esta ocasión el generoso de mi hijo decidió que la gastroenteritis se apoderase de sus maltrechos intestinos. Sí, lo estais pensando y yo lo corroboro, la lavadora ha presentado una demanda ante el Tribunal de Estrasburgo por explotación de electrodoméstico. De 3 de la madrugada a 6, Petit Prince fue capaz de manchar tres pijamas (3), dos bodies, las sábanas de su cuna, una toalla y las sábanas de la cama de sus padres. Y sin grandes aspavientos, no vayáis a pensar…le sale casi natural.

No habría grandes novedades si no fuese porque decidió sumarse a la fiesta la llegada del segundo colmillo de mi pequeñín. Viva!! Y bienvenida, también la fiebre. Petit Prince se toma la salida de sus dientes con calma…para qué estresarse. Eso ya lo hace su mamá. A los 21 meses tiene cuatro muelas y ocho dientes…no, siete y medio (véase el capítulo de la caía a lo Supermán en la guardería). El gran problema es la diarrea, y disculpad la ordinariez. Pero es así. Según los médicos-cosa que ésta que firma desconocía-la salida de la dentición provoca acidez en las deposiciones. Vamos, hablándoos claro, el culete de mi heredero está tan rojo como la lava de un volcán en erupción, lleno de granitos y completamente irritado. Por poneros un ejemplo, hoy en el período de quince minutos tuve que cambiarle el pañal tres veces. Creo que en China aún están resonando los alaridos del niño.

No hay fórmulas milagrosas. Estuvo el pobre una hora de pie, llorando, porque cualquier movimiento le escuece y le duele. Sólo rezar para que se vaya la diarrea y la crema actúe lo antes posible. (Mamás novatas, apuntad: Cicalfate, de Avène, mano de santo..o pasta al agua). La moraleja es que no hay peor tortura en este mundo que ver sufrir a tu hijo y no poder ayudarle. Terrible. Y todo por un colmillo. No quiero pensar qué pasará cuando le salga el resto de las muelas.

P/D Soy una mujer pegada a un termómetro.

14 mayo, 2012
por María Xosé Gómez
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El secreto de la barriga, el disparo y las mudas

Al lado de una mamá novata, Rambo o Terminator son lo equivalente a un pequeño gatito ligeramente cabreado. Las madres primerizas conformamos esa especie que aúna la agudeza visual del águila, la rapidez del tigre, el oído de la ballena, el disimulo del camaleón y la solidez del elefante. Cualidades que utilizamos, igual que si fuesen superpoderes, cuando nos encontramos con otras mamás, también inexpertas en este intenso mundo de la crianza. Aparentemente, salimos con nuestra pequeña criatura a dar un inocente paseo mientras el Sol luce en lo alto. (Sólo nos falta la canción de La casa de la pradera de fondo y ya nos hemos montado la película…)

A donde iba, al paseíllo. Siempre intentamos llevar a nuestro retoño bien colocado, con la ropa en su sitio y limpia (proceso muy complicado a partir del año de vida)..lo que supone, si el paseo es por la tarde, la tercera muda del día en caso de Petit Prince. Y hago un inciso: mi ratonzuelo se va, limpito y encoloniado, todas las mañanas a la guardería. Cuando sale, los días de Sol, todo él viene recubierto de unos dos kilos de tierra y verdor tras hacer expediciones por el jardín del citado recinto. Marchando la segunda muda del día!..y todo antes de comer. Al salir por la tarde, la tercera. La segunda espera paciente su turno en la lavadora, con manchas de comida (Petit arranca cual poseso todo babero que ose acercase a él) y de arrastrarse jugando por el suelo.

Paseas, feliz y contenta (o eso pareces, pero vas alerta a ver si ves a otros padres haciendo lo mismo). Mientras metes el chupete al niño, le limpias la baba, bajas el pantalón a su sitio, te colocas el pelo y hablas al peque al mismo tiempo, haces que no ves la sillita con bebé y mamá que se divisa a doscientos metros. Zas! La excusa perfecta para hablar con completos desconocidos. Normalmente, la madre del niño más grande es la que dispara primero. La bala suele ser “Mira, cariño, un bebéeee…dile hoooolaaaa…”. Y ya tenemos amistades de paseo hechas. En dos minutos has analizado con precisión robótica al bebé. Sabes la edad aproximada, de donde es la ropita que lleva, qué marca de silla usa, la barriga que le ha quedado a la madre tras el parto y si le ha dado tiempo a ponerse mascarilla en el pelo. Y no exagero.

Y lo hacemos no por mal. Sino porque necesitamos reafirmarnos. Saber que existen más en situaciones parecidas. Sentirnos identificados con quien, en principio, pasa los mismos sinsabores y las mismas alegrías. Una conversación entre mamás novatas puede consistir tranquilamente en 2 horas hablando sobre medicamentos, cremas, la textura de una tetina o la marca de un pañal. Y nos sentimos tan bien…

Vivan las super-mamás.

 

P/D lo de la barriga no es una metáfora. Lo hacemos. Siempre. Debe ser para justificar que nos haya quedado el michelín…y a la otra también. Por morbo. O nostalgia. Quien sabe…

9 mayo, 2012
por María Xosé Gómez
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Del orinal a Heidi pasando por el budismo

Ha pasado. Yo sabía que tarde o temprano tenía que ocurrir. Es como la declaración de la Renta, sabes que llega, quieras o no. Para desgracia del padre de la criatura y mía, han aparecido las rabietas en la vida de Petit Prince. Y ha ocurrido tan de repente, que ni sabíamos cómo actuar. Ahora, gracias a Santa Internet, ya sé algo más del tema. Sé que simplemente son cúmulos de frustraciones, que los niños no saben cómo eliminar. Que hay que dejarles, que exploten, estando cerca, claro. Pero intentar calmarles. Proceso harto difícil cuando tu hijo berrea cual loco con camisa de fuerza, llora a pleno pulmón al mismo tiempo, patalea a todo cuanto se cruza en su camino y tiembla de pies a cabeza. Todo junto.

Dicen por ahí que con el tiempo pasa. A mi, por momentos, me supera. Me da miedo ver tanto genio contenido en un retaco de niño de ochenta y pocos centímetros. ¿Y si llega un momento en que no le doy controlado? ¿Y si no soy lo suficientemente disciplinada con él? ¿Y si…? Mamás del mundo, ¿cómo lo habéis hecho? Petit Prince tiene más genio en una de sus células que la señorita Rottenmeyer en Heidi. Y su madre cada día menos fuerzas, paciencia y control.

Quizás una opción sea montar un rinconcito budista o de meditación en casa e intentar relajarle. Aunque me temo que las velas acabarían esparcidas por el suelo, yo azul echando humo por las orejas, el niño con la alfombra en la cabeza berreando en su jerga y el incienso repartido amablemente por encima de la ropa planchada. Lo dicho, se rumorea que crecen. De momento, voy a masticar una disculpa para su última fechoría en la guarde: repartir generosamente por toda la moqueta el pis que una niña acababa de dejar en el orinal. Si es que es tan generoso mi pequeño retoño…

4 mayo, 2012
por María Xosé Gómez
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Regalo etéreo a esas mamás eternas

Mi mamá me mima. Tres décadas y pico más tarde de haberme tenido por primera vez en brazos, mil y una discusiones y portazos después, tras cuestionar por sistema todos sus consejos y a pesar de la ausencia de un “te quiero” pronunciado que siempre está por llegar. Mi mamá, a pesar de sus canas, sus arrugas y sus dolencias, será siempre mi mamá. He tenido que ser madre para entenderla, para comprender, para aprender y para lamentarme. Petit Prince, además de para llenar de vida la vida de sus padres, ha servido para intentar redimirme. Ha sido como una bofetada emocional, que me ha permitido admirar, muchísimo, a todas las madres.

Nuestras mamás no tenían calientabiberones, ni esterilizador, ni “escuchas” para oir si el bebé se despierta, ni internet para ponerles vídeos a sus hijos y entretenerles; no había toallitas extra-sensitive-multisuaves, ni pañales de mil marcas, ni yogures especiales para niños de 26 sabores. No tenían humidificador para las noches de catarro, ni parches para que el bebé respirara mejor, ni 80 libros para escoger, ni dvds para los coches…etc. Y así podría seguir durante un sinfín de líneas. Nuestras madres criaban muchas veces a dos y tres niños juntos, solas, haciendo el trabajo de sus casas (no sólo doméstico, agrícola también). Décadas después ahí siguen, al pie del cañón, dispuestas a hacerse cargo de sus nietos sin despistarse un segundo de tutelar a sus hijos, muchas veces sin que nos demos cuenta. Y no se quejan. Sonríen ante nuestras angustias, nos aconsejan muchas veces con puntillas como “yo no digo nada, pero…” y gran parte de las veces tienen razón.

No puedo llamar a una nube, viajar al pasado y borrar los malos momentos que he hecho y que todos hemos hecho pasar a nuestras madres. Pero sí bendigo el hecho de haberme dado cuenta a tiempo y mientras la tengo conmigo. Aunque no se lo diga. Gracias, mamá. Sólo espero hacerlo igual que tú, educar a mi hijo con valores y bien. Me estoy dando cuenta de que es terriblemente difícil, sobre todo cuando tienes en casa a un aprendiz de gamberrillo con la risa fácil y el truco pillado a su madre.

Madres del mundo, abuelas de hoy, a vuestros pies.

30 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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Cuando el parque es (casi) el enemigo

Hoy quiero confesar… al más puro estilo Isabel Pantoja. Quiero confesar que estoy haaaaarta!!! Cansada, aburrida, indignada con los parques infantiles. Los pobres lo único que hacen es estar ahí plantados esperando que el niño de turno vaya a “disfrutar” de ellos, lo sé. Mi sarta de despropósitos va contra aquéllos que deberían cuidarlos y contra cierta parte de la población. Primero, contra los mandatarios de cualquier ciudad, porque en casi todas, al menos las españolas, pasa lo mismo. Nos dan una subvención, plantamos un parquecito y hala, sonreimos orgullosos para la foto. No es así. Un parque no es un columpio, un tobogán y una especie de casita de gnomos abierta. No. Hay que concebir de una santa vez parque para niños de varias edades, ser algo imaginativos…ponerse en la piel de las madres que hemos de llevar a nuestros retoños a ese lugar.

Además, señores dirigentes, los pantalones de nuestros hijos no son la mopa con la que limpiar los toboganes. Sé que es iluso e irracional poner a una persona a limpiarlos a diario. Lo sé. Pero de vez en cuando pegarles una limpieza… Que son diez minutos. Otra parte de mis iras va contra ese grupito de pre-adolescentes indignados con sus madres, profesores y mundo en general. Chavalines y chavalinas que, tras colgar 134 fotos en tuenti poniendo 134 caritas diferentes en el parque, ocupan su tiempo en grafitear todo lo que tenga superficie escribible en el citado parque. Eso, además de ir dejando los restos de su merienda, tentempié, etc. donde estén. La papelera está a 2 metros exactos. Normalmente.

La otra parte de mis iras, ya ya termino, va contra los padres en general. Porque en vez de utilizar nuestra energía, ideas, y demás en exigir, vamos con unos pañuelos y limpiamos el tobogán, apartamos al niño/a de los restos orgánicos o nos sentamos con ellos en los columpios extra-grandes. Y luego nos quejamos con toda la razón del mundo. O eso nos parece. Va a ser verdad eso de que tenemos lo que nos merecemos.

P/D Hablo de los parques que yo conozco paseando con Petit Prince…quizás donde usted viva, querido lector, tengan muchos más juegos, limpios, cuidados y adaptados a las edades. Suerte la suya.

25 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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Televisión maltratada busca bebé tranquilo

He aquí las diez principales aficiones de Petit Prince:

1.- Aporrear la tele de plasma con el mando.

2.- Lamer la tele.

3.- Mover la tele y manosearla por toda su superficie.

4.- Coger el mando de la tele y llegar a un punto del menú que tú no sabías que existía.

5.- Golpear de manera irracional y a gritos el portátil.

6.- Subirse a todo lugar posible. A más altura, más diversión y más riesgo de infarto para su madre.

7.- Encender y apagar de forma compulsiva la lámpara del salón.

8.- Lanzar al suelo todo aquéllo que él crea que puede volar (dvds, velas, gafas de sol, etc.)

9.- Robarte el móvil y presionar toda tecla posible.

10.- Abrir cajones y esparcir a su alrededor todo el contenido de los mismos.

 

Conclusiones:

1.- La televisión agoniza.

2.- El portátil está preparando el testamento.

3.- La televisión estudia fugarse.

4.- La lámpara consume bombillas al mismo ritmo que Homer Simpson galletas.

5.- La televisión valora la idea de lanzarse desde la buhardilla. A lo loco.

6.- Ahora entendemos en todo su significado el verbo “recoger”.

7.- A la televisión le tiembla el último cable cuando Petit se despierta.

8.- Puede aparecer cualquier cosa en cualquier lugar. Cazuelas bajo la cama o una zapatilla dentro de la bolsa del pan.

RIP por la televisión.

23 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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El orden, ese gran desconocido

Estoy convencida de que existen armas de destrucción masiva que tienen menos poder devastador que Petit Prince cuando está jugando. Una habitación ordenada puede parecer el resultado de un tsunami en menos del aleteo de una mariposa. La criatura decide, de motu propio, ir trotando (dícese del acto de andar deprisa con los pies casi de puntillas cuando mides menos de un metro) hasta la habitación que va a ser objeto del desastre. Una vez allí, Petit entra cual tornado, normalmente con un perro de peluche en la mano-sin el que no vive-y lanza al suelo los primeros objetos que encuentra a su altura. Suelen ser los libros que tiene a su alcance. Luego, analizado rápidamente por su cabecita el territorio, se dirige a dar la vuelta a todo recipiente susceptible de ello: la caja con los cubos Lego, la otra caja con piezas y juguetes pequeños, las cajas de los peluches y el cubo de la ropa sucia.

Si aún así la catástrofe no es del todo satisfactoria, el pequeño intenta subirse a su futura cama-de momento la cuna sigue siendo el reducto de su descanso-para, a continuación, probar las capacidades de vuelo de lo que haya encima de ella: ropa, muñecos, libros o pinturas. El objeto es indiferente. Y cuando mamá sargento ordena a su aprendiz de soldado que devuelva las cosas a su sitio… digamos que la tensión es mayor que la que existe entre los presidentes de Real Madrid y Barcelona. Su primera técnica es el escaqueo yéndose de la habitación. Mamá es más rápida y cierra la puerta. Con la salida bloqueada, Petit Prince intenta distraerme jugando con alguna cosa. Tampoco cuela. Ante la falta de soluciones, mi pequeño retoño opta por el cabreo fácil, con unos grititos exhasperantes y pucheros grandes, para que yo los vea bien y me asuste. Pero…hete aquí que de algo tenían que servir tantos capítulos de Supernanny vistos. Me mantengo firme e indiferente a sus lloros. Si estamos así un rato, acaba por enfadarse de verdad, tirando aún más cosas. Para, al final, recoger al menos la mitad. Eso, después del correspondiente castigo a la ira sin control: estar sentado durante un tiempo sin ningún juguete ni distracción audiovisual.

Tiene 20 meses y ya resulta difícil de dominar. Y yo me pregunto: y cuando tenga 3, 4, 5 o 10 años? Creo que la calidad de mi sueño nunca volverá a ser la misma…

17 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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Confesemos confesiones inconfesables

No sé si a las demás madres les habrá pasado. Pero ésta que firma, a pesar de ser periodista y estar relativamente acostumbrada a todo tipo de noticias, he desarrollado una sensibilidad muy elevada desde que he sido madre y ahora leo o veo cosas terribles relacionadas con niños. Es cierto que a todos nos choca más cualquier tragedia o problema si afecta a un pequeño. Multipliquen eso por 3.456 veces y tendrán lo que siento yo. Sin ir más lejos, tras leer el macabro caso de unos padres que mataron a su bebé por maltrato, tuve unas horribles pesadillas que me hicieron estar intranquila todo el día siguiente. Es más, llevé a Petit Prince con muchos recelos a su guardería, convencida de que el fin del mundo se cerniría sobre el recinto.

Total, que es un sinvivir. Que le veo un grano y ya elucubro sobre varicelas, sarampiones y demás enfermedades contagiosas. Se hace un chichón en la cabeza (a diario) y le observo durante horas para ver comportamientos anómalos. Etc. Creo que en el próximo congreso de hipocondríacos me van a nombrar la Sufridora del Año. Lo triste es que soy consciente de que siempre exagero. Pero no puedo-ni quiero-evitarlo. Sé que preocuparme en exceso por mi pequeño lo único que conlleva es que mi sistema nervioso dimita cualquier siglo de éstos. Y aún así hay una vocecita en lo más hondo de mi maltrecha alma que me susurra que será así hasta que me muera.

No sé si es amor, cómo decía la canción. No sé si será por esto de ser novato en la materia. Pero es así. Y así he de lidiar con ello amanecer tras amanecer.

 

12 abril, 2012
por María Xosé Gómez
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El dedo, la duda, la bombilla y yo

Estos días he aprendido varias cosas. Primero, que no estoy preparada para ser madre de Petit Prince. En 3 minutos intentó columpiarse en una lámpara de las de pie, cortó la electricidad al ordenador donde su madre estaba consultando cosas y al castigarle sentándole en una silla, de rebote se rompió una preciosa figura de Sargadelos y un cenicero de barro de cuando yo era pequeña, con mi mano dibujada en él. Si hay 40 cosas que Petit Prince no debe hacer en la habitación en la que esté, tiene la habilidad de hacer 39 en el menor período de tiempo posible. He de confesar con gran dolor de corazón que me desquicia por momentos. Luego viene todo compungido a darte un beso y, si estás de suerte, un abrazo para que se te pase el cabreo.

También he aprendido que mi hijo tiene un dedo que va camino de ser Santificado (y vayan por delante mis perdones ante esta irreverente comparación). Recordais aquel incidente con la puerta del baño de la guardería, cuando se le cayó la uña completita? Pues bien, ese mismo dedo protagonizó un momento de pánico al más puro estilo de la mejor película de terror. Esta que firma entró una milésima de segundo en la despensa de su casa cuando, de repente, oigo unos alaridos al más puro estilo Psicosis. Y es que Petit Prince, experto en estar en el sitio equivocado en el momento equivocado, decidió introducir su pequeña mano detrás de la puerta. Y allí se quedó encajada. La fotografía sería: Petit berreando y temblando desde la punta de su pie hasta el último cabello, la mano que no se mueve, mamá histérica, casi llorando, consolando al niño (o eso creía yo), gritando el nombre de su padre e intentando no mover la puerta. Al final hubo final feliz, y todo se saldó con un microscópico rasguño.

Y la tercera cosa que he aprendido es que debo perfeccionar la técnica del castigo. La pequeña fierecilla reparte su tiempo entre subir al máximo el volumen de la tele, encender y apagar la lámpara (cuya bombilla se funde a la velocidad de la luz-es un chiste malo, lo sé-), golpear los muebles o vaciar los cajones de la cocina. Cuando le repites por vez número 432 en una semana que no lo debe hacer, te cansas. Mucho. Muchísimo. Por tanto, hay que castigar. De algo tendrán que servir los programas de Supernanny que hemos visto. Por ahora el castigo consiste en meterle en el parque, sin tele ni juguetes; pero está perdiendo efectividad. A ver si alguien patenta un máster en esto de educar a los hijos…