Se acerca de nuevo el Día de la Madre. Y me pongo seria en este blog porque entre tanta ironía, sarcasmo y desesperación teñida de comentarios divertidos (o eso pretenden), también tiene cabida un espacio para la reflexión. Hace casi tres años que soy madre. He aprendido de todo, a ser psicóloga, enfermera, futbolista, carpintera, cocinera, pintora, atleta… he aprendido a querer de forma tan incondicional, que duele. Y estoy aprendiendo que nadie jamás me querrá de forma tan incondicional y natural como lo hace él.
He pretendido ser la super-mamá. Debe ser el error más común de todas las mujeres que pecamos de perfeccionistas. Y tres años después de intentarlo día tras día, me doy cuenta de que no puedo. Se me escapan gritos que debería guardarme en el bolsillo, se me escapan juegos que debería compartir, se me escapa vitalidad que debería regalarle a él. Y me siento culpable, aunque me repita a mí misma que no puedo darle 24 horas de cada 24. No sé si estoy a la altura de lo que se espera de una madre. La realidad es que me he olvidado de mí misma (física e interiormente), que intento hacer las tareas domésticas al mismo tiempo que juego con él, que saco unas fuerzas que ni sabía que tenía para hacer frente a enfermedades, sustos y demás elementos adversos.
Quizás la palabra que más me haya marcado en estos casi tres años es ésta: miedo. Tengo mucho más miedo que antes de ser mamá. A que le pase algo, a que me pase algo, a todo… Eso sumado al hecho de que, por mucho que me evada en este blog y por muchas sonrisas que me regaleis, estoy exhausta. Pero ni puedo ni quiero decirlo. Sé que os sonará pretencioso, pero sé que mi hijo es especial. Necesita muchos más estímulos y atenciones que un pequeñajo normal. Y eso, aunque me haga ir arrastrada, me motiva. Porque le quiero y estoy muy orgullosa de él.
No han sido tres años fáciles. Pero sí han sido los más completos de mi vida. Ya ni siquiera se me pasa por la cabeza cómo era mi vida sin él. Hace unos días, mirando a mi madre a lo lejos, me he dado cuenta de que la miro con otros ojos. A pesar de diferencias, discusiones pasadas, etc. la admiro. Ella pudo con tres. A mi casi me puede uno, pero tengo una voluntad inquebrantable. Sé que muchas veces desfilan ante vuestras miradas clavadas en esta pantalla una sucesión de quejas varias.. que no son sino mi vía de escape, una de las poquitas, junto con el chocolate. Sin duda, ser mamá es el reto más difícil, complejo, divertido, apasionante e incierto del mundo.
Petit Prince, gracias. Por hacerme mejor persona.
















