1 mayo, 2013
por María Xosé Gómez
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Reflexiones tardías de una madre trasnochada

Querido Petit Prince,

 Se acerca de nuevo el Día de la Madre. Y me pongo seria en este blog porque entre tanta ironía, sarcasmo y desesperación teñida de comentarios divertidos (o eso pretenden), también tiene cabida un espacio para la reflexión. Hace casi tres años que soy madre. He aprendido de todo, a ser psicóloga, enfermera, futbolista, carpintera, cocinera, pintora, atleta… he aprendido a querer de forma tan incondicional, que duele. Y estoy aprendiendo que nadie jamás me querrá de forma tan incondicional y natural como lo hace él.

He pretendido ser la super-mamá. Debe ser el error más común de todas las mujeres que pecamos de perfeccionistas. Y tres años después de intentarlo día tras día, me doy cuenta de que no puedo. Se me escapan gritos que debería guardarme en el bolsillo, se me escapan juegos que debería compartir, se me escapa vitalidad que debería regalarle a él. Y me siento culpable, aunque me repita a mí misma que no puedo darle 24 horas de cada 24. No sé si estoy a la altura de lo que se espera de una madre. La realidad es que me he olvidado de mí misma (física e interiormente), que intento hacer las tareas domésticas al mismo tiempo que juego con él, que saco unas fuerzas que ni sabía que tenía para hacer frente a enfermedades, sustos y demás elementos adversos.

Quizás la palabra que más me haya marcado en estos casi tres años es ésta: miedo. Tengo mucho más miedo que antes de ser mamá. A que le pase algo, a que me pase algo, a todo… Eso sumado al hecho de que, por mucho que me evada en este blog y por muchas sonrisas que me regaleis, estoy exhausta. Pero ni puedo ni quiero decirlo. Sé que os sonará pretencioso, pero sé que mi hijo es especial. Necesita muchos más estímulos y atenciones que un pequeñajo normal. Y eso, aunque me haga ir arrastrada, me motiva. Porque le quiero y estoy muy orgullosa de él.

No han sido tres años fáciles. Pero sí han sido los más completos de mi vida. Ya ni siquiera se me pasa por la cabeza cómo era mi vida sin él. Hace unos días, mirando a mi madre a lo lejos, me he dado cuenta de que la miro con otros ojos. A pesar de diferencias, discusiones pasadas, etc. la admiro. Ella pudo con tres. A mi casi me puede uno, pero tengo una voluntad inquebrantable. Sé que muchas veces desfilan ante vuestras miradas clavadas en esta pantalla una sucesión de quejas varias.. que no son sino mi vía de escape, una de las poquitas, junto con el chocolate. Sin duda, ser mamá es el reto más difícil, complejo, divertido, apasionante e incierto del mundo.

Petit Prince, gracias. Por hacerme mejor persona.

28 abril, 2013
por María Xosé Gómez
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Un explorador, un periodista y un tango

Con treinta y dos meses cumpliditos, una energía que crece en la misma proporción en la que decrece la de su madre, y un afán exploratorio que ríete tú del de Cristobal Colón, mi hermoso churumbel pasa sus días buscando inconsciente entretenimientos que ponen a prueba mi riesgo de infarto múltiple. Y es que para qué perder el tiempo en pasatiempos vanales como pintar, construir torres con bloques de colores o ver dibujos animados. Eso es de cobardes.

Por qué no subirnos al radiador (está bajo la ventana), abrir la susodicha (ventana) y columpiar medio cuerpo fuera? (la altura es como de un primer piso). Creo que nadie se puso tan pálido desde que rodaron la última de vampiros. O… debe pensar mi simpático heredero, por qué no coger las llaves, y abrir o cerrar puertas a lo loco… qué más da que mamá esté al otro lado gritando cual posesa que gire la llave¿? Mi corazón fibrila por momentos. El resto de sus acciones cotidianas pasa por escalar de la mesa a la estantería, correr cual indio sioux por el pasillo con las cacerolas a modo de tocado de plumas, pretender que cada vez que me llaman por tfno tenga que cogerle en el colo y pasearle con el teléfono en la oreja (pesa 14 kg. haced la prueba),  cubrir el suelo de su habitación en diez minutos con toda la ropa de su armario o jugar con un compresor de aire de su padre cual experto en la materia. La clave está es saber cuándo un silencio es preocupante. A estas alturas, lo sé. Que tiemble el FBI…

Lo bueno es que todo lo adereza con comentarios propios de alguien tres años mayor, que provocan un grave conflicto internacional entre mi ira y las carcajadas. La cuestión es: qué hago? En el manual de mamás primerizas se debieron saltar ese capítulo. Majas ellas. El azote en el culo (perdónenme puristas y demagogos, además de todos aquéllos que me acusen de maltrato infantil) no resulta. Lleva pañal (oh Dios mío, condenémosla a la hoguera están diciendo mamás, abuelas y no madres-es otro capítulo que algún día explicaré), por tanto ni se inmuta ante un leve cachete. Tras 34.892 capítulos de Supernanny, he optado por el castigo que consiste en colocarle x minutos pegado a una pared sin moverse ni jugar con nada. No voy a recibir el premio a la innovación castiguil (sí, hoy me invento palabras, el agotamiento es así). Pero al menos parece que algo aprende. El problema es que se pasa en la pared unos cuantos minutos al día. La pobre ya tiene marcas de patadas, babas, lágrimas, escupitajos y demás.

Tengo la paciencia en la reserva, el sistema nervioso bailando un tango con el colapso y las ojeras tan marcadas que las cofradías de Semana Santa me piden fotos para teñir sus túnicas. Y en estas andamos, cuando Petit Prince me suelta así, de sopetón que “de mayor voy ser periodista y después médico de bebés que lloran”. Me maneja. A su antojo. Estoy perdida…

P/D Mis disculpas por el retraso. Mi vida se complica por segundos.

31 marzo, 2013
por María Xosé Gómez
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Una valeriana, dos virus y cinco meses

Esta semana he hecho un nuevo descubrimiento materno, que tiemble Cristóbal Colón allá donde descansen sus restos, porque lo mío es explorar nuevos territorios. Bien, mi descubrimiento ha sido que Petit Prince es un auténtico endeble-como su madre-a la hora de plantar cara a la fiebre. Y ahí teneis al termómetro, auténtico rey de nuestras vidas durante toda una larga semana, de náuseas, vómitos, Dalsy, Apiretal, jarabe para la tos, mocos, estornudos, debilidad generalizada e inapetencia gastronómica. Al frenético de mi heredero, al que nada detiene, ni golpes, ni lluvia ni cansancio… le frenan en seco dos números: 38º.

A nada que el mercurio rebase los 37’5º, Petit Prince se desplaza tipo héroe caído al colo de su madre. Y ya no se mueve de allí hasta que el Dalsy o Apiretal de turno haga su efecto, unos 45 minutos después de haberlo ingerido. Lo curioso es que mi hijo, si está con fiebre, no quiere tomárselo. Tan pronto se cura, al mínimo síntoma que note: un pequeña tos, una molestia intestinal o un ligero golpe, te persigue por la casa cual poseso mendigando unas gotitas de Dalsy. Ironías del destino.

Compartiendo vida con tanto virus, no tuve fuerzas para contaros que esta semana, fiebres aparte, me he sentido mayor, temerosa y algo asustada como madre: he reservado plaza para que mi pequeño, mi bebé…comience el colegio. Ya!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Y aunque todas las madres del mundo me cuentan que tendré tiempo libre, que voy a estar más tranquila… yo me resisto a que crezca, aunque le mire con un orgullo que llegaría al cielo cuando me suelta frases como “no me toques la barriga, es muy peligroso”, “me gusta este juguete, por supuesto” o que su pequeña prima “duerme en el cochecito malamente”. Vamos, enfrentándome a la verdad, temo que pueda pasarle algo porque ya no puedo estar 24 horas de 24 protegiéndole.

Ya lo sé, mamás, ya lo sé. Que eso no es bueno, que nadie lo hace… Yo sí. Y me va a costar más de una lágrima en septiembre. Y lo va a pagar mi maltrecho sistema nervioso, una vez más. Pero es que ya no sé hacerlo de otra manera. Tengo un hijo especial, ya no porque sea mío, sino porque es un niño diferente. Tengo cinco meses para concienciarme. (Tiempo perdido).

Marchando una ración de valeriana…cargadita.

14 marzo, 2013
por María Xosé Gómez
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Si la vida te da sustos, regálale paciencia

Las personas románticas tendemos a ser dramáticas por naturaleza. Buena prueba de ello es este blog, compendio de lágrimas de letras y angustias exhaladas. Sin embargo, hace pocos días la vida decidió darme un gran susto en el capítulo de mi salud. Se quedó en eso, pero me hizo reflexionar muchísimo. Y mi gran preocupación no era en absoluto lo que me pudiese pasar, sino mi frenético Petit Prince. Quien le cuidaría, quien estaría quince horas de cada veinticuatro corriendo detrás y pendiente de él. Quien sabría qué le pasa según cómo llora, quien sabría identificar cuando un silencio es preludio de una hecatombe. Quien… y sé que su padre es perfectamente capaz. Pero también sé que nadie tiene tanta paciencia como yo con él.

Los padres son una parte fundamental en la vida de nuestros hijos. Pero las madres-y no es egolatría-somos diferentes, somos especiales. El hecho, que es un privilegio, de poder crearles, sentir cómo crecen en nosotros, el esfuerzo de dar a luz…nos hace tan sumamente protectoras, que desarrollamos con ellos un lazo que nadie puede entender ni emular. Al final, afortunadamente, sólo fue un susto. Aún así, el miedo se ha quedado a vivir con nosotros.

Y hablando de convivencia, para restar dramatismo a lo que os acabo de confesar, estos días también me he dado cuenta de que a las mamás de niños… “activos” deberían hacernos un uniforme: un traje oscuro (por aquéllo de recibir escupitajos, patadas, arrodillarse en el suelo para buscar tesoros perdidos…) que ponga en la espalda, bordado: “No vuelves más”. Ésa es, nuestra arma más poderosa, ante la impotencia de llevar a tus pequeñas criaturas a cualquier lugar, véase casa de amigos, familiares, centro comercial… cuando, a los 3 minutos, nos desquician, soltamos con furia contenida eso de “no vuelvessssssssssssss máaaas”. Y enfatizamos en más con un tirón de mano o un amenazante dedo levantado. La amenaza jamás se cumple. Lo decimos creyéndolo, pero vamos siempre de farol. Y el niño lo sabe. Creo que el pulso lo perdimos, contra ellos, el día que el test nos confirmó que estábamos embarazadas.

Y he aquí que 96 centímetros de hiperactivo heredero de quien firma me maneja, desquicia, quiere, enfada y cansa a proporciones similares. Voy a mirar cómo andan mis reservas de paciencia.

3 marzo, 2013
por María Xosé Gómez
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Tacones, almejas y gusanitos

Domingo frío de febrero. En la agenda, un bautizo. Madrugada hacia un domingo de marzo: una semana más tarde, mi cuerpo aún se está recuperando. A mi mente ya la doy por perdida. Recordaré siempre aquéllos tiempos viviendo felices, con calma, lecturas sosegadas y noches largas de sueño. Bendita utopía. Al grano: mi jornada comenzó, como siempre, viendo cómo mi sueño (escaso) se interrumpía con los llamamientos que mi retoño exigía a las 9 de la mañana. En ese momento se puso en marcha mi reloj interior para realizar, en 2 horas y media: desayuno del niño y de sus padres, recogida del desayuno, meneo de escoba por toda la casa amenazando de muerte a las pelusas rebeldes, ordenar ese caos en el que parecen sumirse las habitaciones a primera hora de la mañana, preparar la cámara de fotos, buscar y guardar pilas de repuesto, repaso rápido a los baños, limpieza de  polvo (compraos muebles blancos, disimulan más), la ducha, vestir al niño, vestirme yo, maquillaje, preparar el bolso, bajar las escaleras con un tacón de 7 cm sin romperlo, romperme una pierna o herir al niño que baja de mi mano.

Lo normal, vaya. Y aquí, permitidme un inciso: vestir a Petit Prince puede parecer una tarea vanal. No lo es. Odia por sistema todo aquéllo que yo determine que ha de ponerse. Da igual lo que sea, aunque los chándales no son muy de su gusto. Dice que no está “atactivo”. Los argumentos son: “el pantalón está frío” “no me gusta” “quítame esto” “esto no”..mientras te da patadas, se saca lo que le pones, engancha todo lo que pilla (colonias, peine, toallitas, talco…etc.) o se escapa si tiene ocasión. El saldo esta vez fueron 8 patadas en el pecho y estómago, y quince minutos invertidos.

Luego vino la Misa. Ese lugar donde reinaba el silencio…hasta Petit Prince. El balance resultó ser unas cuantas frases en voz alta, el aporreo consistente del banco de delante, el robo consentido de unas llaves a la chica de la fila de atrás, bofetadas a su pobre y tranquila prima, trasiego de colo varias veces y posturitas varias. Tras su “no” rotundo a posar para las fotos, llegamos al restaurante. Y aquí debí reflejar una amplia gama de tonos púrpura en mi cara durante el tiempo que duró el homenaje al nuevo miembro de mi familia.

Corretear por una rampa, con un tacón muy alto, tras un niño desbocado, subido en una moto-andador robada a la niña del restaurante es una misión que entraña un alto riesgo de escoñadura mortal. Tras disfrutar del espectáculo unos veinte minutos, opté por darle de comer (los organizadores de eventos varios deberían considerar que si un niño desayuna a las 9 de la mañana, es recomendable que coma antes de las 4 de la tarde). Sigo. Utilizó el tenedor y el cuchillo como espadas derribadoras de aquéllo que pillaban (servilletas, copas…), untó los dedos en el plato (patatas y croquetas) para luego restregárselos a quien pudiese si mamá no lo evitaba, mezcló patatas con caramelos, gominolas y pan…Para ya patentar una nueva receta durante la escasa y rápida comida de su madre: almejas con salsa de gusanitos. Así quedó mi plato tras servirme el camarero unas apetitosas almejas con su salsa espesita (ya renuncio, el michelín no se va…). Acto seguido, unos 3 segundos más tarde, Petit Prince decidió coger una bolsa de gusanitos y hacerlos aterrizar en mi plato. Cuando quiso utilizar el hueso de churrasco como sable y como objeto de lanzamiento sobre la cuna de su pequeña prima, opté por irme.

Lecciones aprendidas: No ir a actos sociales. No usar tacón. No patentar la receta de mi hijo. No perder la paciencia.

16 febrero, 2013
por María Xosé Gómez
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Club de Madres en Defensa del Colo

Existen actos reflejos que la mayoría de nosotros realizamos sin apenas darnos cuenta: levantar el pie si nos golpean la rodilla con un martillo, agacharnos a la velocidad de un meteorito cuando algo se cae para recogerlo, etc. A la lista, las madres, tenemos que añadir uno más: alzar en brazos a nuestros retoños una media de 4.826 veces al día. Aproximadamente. Para consolarles, apartarles del peligro, cruzar la calle, darles mimos, enseñarles algo por la ventana, enseñarles qué les estamos cocinando, para sacarle de la cama, para meterle…etc.

A ello estaba acostumbrado mi simpático Petit Prince hasta que mi espalda decidió que la visitase una hermosa lumbalgia, que me hace andar cual Jorobada de Notredame. Ha dicho la doctora: “reposo absoluto”. Mi cara tuvo que ser de tal asombro/espanto, que la pobre añadió: “intenta descansar lo que puedas”. Al contrario de lo que algunos libros me sugerían hace algo más de un par de años, contra esos comentarios por lo bajini de ciertas señoras asegurando que “no lo cojas, se acostumbran al colo”… Mi instinto me decía que mi pequeño necesitaba el contacto físico con su padre y su madre. Y hay actualmente muchos estudios que lo reafirman. Un bebé precisa el calor de sus padres, mimos… y no por ello huirá de la cuna cual vampiro ante la luz del Sol.

Me gusta tenerle en brazos. Y ahora que no puedo, a pesar de lo que pesa, lo echo de menos. Porque me haré un mural con los comentarios maledicentes de unos y otras, el colo es uno de los mejores sitios del mundo. Y mi hijo lo tendrá hasta que le dé vergüenza subirse a él. También puedo fundar el Club de Madres Defensoras del Colo. Suena fatal, pero seguro que tiene adeptas. Poruqe, en tiempos convulsos, querido lector, o nos queda lo emocional (gratis, sin devaluaciones ni recortes), o lo demás es demasiado gris como para alegrarnos los horizontes. No obstante, cuanto más tiempo pasa más me doy cuenta de lo poco que disfrutamos las mamás novatas de nuestros bebés recién nacidos. Regalamos nuestro tiempo a miedos, inseguridades, incertidumbres, visitas y dolores varios. Y ahora, que corren, hablan, piensan, deciden y los pantalones que antes arrastraban ahora dejan ver sus tobillos… se te instala la nostalgia en el corazón. Creo que no se va a ir nunca.

3 febrero, 2013
por María Xosé Gómez
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Crónica de un carámbano helado, una aguja vaga y un disfraz fugaz

Estoy indignada con los Carnavales. Porque se me rebela la rabadilla ante lo difícil que nos lo ponen a las madres en esta época de kilos de más gracias a los trescientos treinta cocidos con filloas, orejas, y demás tentaciones light en el plato. En los últimos días mi cara se ha teñido de diferentes tonos en la gama del rojo al púrpura, así con un aire azufroso a lo demonio colorao. Si me envidiais, sólo tenéis que escribir en San Google: “disfraz infantil”. En este momento acabo de disipar el humo que cubría el salón tras salirme por las orejas al encontrar uno por tan sólo 119€. Por encima, simplón pero con terciopelo al estilo cortinón victoriano. La media  por disfraz (puesto 1 día, 3 horas) ronda los 30€.

Ni los botones están bañados en oro ni las telas son de seda de China. Las capas son trasparentes, los pantalones parecen forro mal cosido para hacer bolsas, el paño de mi cocina es más grueso que la tela de algún vestido de princesa y los accesorios son tan mágicos que brillan por su ausencia. Por ello, me voy a encaramar a esta ventana digital que algunos leeis pacientemente, para reclamar. Señores fabricantes de disfraces, escuchen: Carnaval se celebra en Enero. Galicia o España no tiene clima caribeño. Febrero = Invierno = Lluvia = Un frío que te hiela hasta el carámbano. Por tanto, 97 disfraces de cada 100 que ofrecen, no nos valen. Las mamás tenemos el complejo de la cebolla: capas y capas de ropa a nuestros churumbeles. Un disfraz de pirata supondrá para el niño dos o tres camisetas bajo él, calcetines hasta el ombligo, pantalones bajo el pantalón del disfraz…y si podemos calarle el gorro de lana bajo el pañuelo de abordaje, ahí va. El resultado es… de todo menos el del disfraz.

No todas las mujeres somos mañosas. No todas cosemos cual Blancanieves ayudada por los pajarillos cantores. Por tanto, hemos de recurrir a la compra del disfraz, bajo la odiosa mirada que nos lanzan las madres que sí saben coser, que presumen de austeras y eficaces. Y ahí vas tú, con tus pantalones ajados y el abrigo de hace 4 temporadas, pero llevas a tu retoño con un flamante disfraz comprado. Talmente para flagelarse. Y de ello se aprovechan los ávidos vendedores. 40 euros por un disfraz de niño de 2 años de mosquetero. Describo el atuendo: pantalón y camisa dorados, capa tamaño Pulgarcito, dorada, rozando la transparencia, gorrito de tela con pluma lacia y una sucesión de pequeños y empuntillados volantitos en el cuello.

Por encima, y este es el segundo año que me pasa, siempre hay disfraces de todas las tallas menos de la que estás buscando. Gracias, señor Murphy. Y aquí estoy, dos semanas después, controlando al dedillo todas las páginas que hay en este país sobre disfraces infantiles, accesorios, tallas y formas. Por cierto, quien es el gran lumbrera que decidió que a los niños les encanta ir disfrazados de frutas o animales? Lo único bueno que tienen esos disfraces es que sólo se les ve la cara, van tapados!!!!!! No voy a desvelar finalmente en qué he gastado mis poquitos euros. A falta de aguja, bueno es ahorrar… Y todo para unos tristes 60 minutos que Petit aguantará con el susodicho puesto. Para la foto, saltar en algún charco, hacerle un ocho con una espada que robará a otro niño y limpiarse con él la boca impulsivamente tan pronto coma algo.

El año que viene o emigro (por estas y otras fechas “señaladas”) o aprendo a coser……. (silencio)…..(canto de grillos)…………………………… Voy a mirar viajes baratos.

25 enero, 2013
por María Xosé Gómez
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Parte médico de una madre novata

 PARTE MÉDICO DE INCIDENCIAS DE UNA MADRE NOVATA

Nombre: María José Gómez

Edad: 36 (en público jamás lo diré en voz alta)

Motivo del parte: resumir 9 meses de embarazo y 29 de madre.

Resumen: (Advertencia: si todavía no eres madre y quieres serlo, recomendamos no leer lo que sigue. Avisada queda usted). Me quedé embarazada un mes de diciembre. Bajé de la nube unos cuarenta días después, cuando aparecieron las náuseas, empezó a darme asco el pulpo (todavía hoy conservo esa peculiar manía) y el sentido del olfato se me desarrolló a tal nivel que sería el fichaje perfecto de cualquier aduana antidroga. Por lo demás, engordé moderadamente y sin complicaciones, hasta llegar al séptimo mes. Oh, bienvenido verano. Al wc de mi casa lle pillé en la puerta, con su hatillo colgado de la tapa (la escobilla se fugaba con él) tras visitarle una media de 16 veces desde que me acostaba (sobre las 23:00h.) hasta que me dormía (00:30h.). Sobre el tamaño descomunal de mis tobillos mejor no hablo. Que digan algo las zapaterías a las que tuve que recurrir para comprar zapatos planos, abiertos por el talón y de dos números superior al mío.

Tres semanas antes de lo previsto, Petit Prince decide salir. La vida en una bolsa de líquido amniótico es lo que tiene, monótona. Te dicen que el parto duele. Es rigurosamente cierto pero mucho más. Yo, que el máximo dolor que soporto es un ligero pellizco, me vi pariendo en agosto, de noche, en un cambio de turno y sin epidural. He conocido el concepto de tortura. Rambo a mi lado lleva coletas y piruleta. Lo conseguí. De regalo, mi cuerpo se quedó con dos o tres quilos más, unos cuantos (muuuuchos) puntos de sutura (fiel a mi costumbre, acabaron por infectarse), un vendaje compresivo durante un mes! (nivel máximo, rozando el púrpura de la asfixia) en el pecho para cortar la subida de la leche (alguien debería avisar a quien no da pecho, que no debe beber muchos líquidos los primeros días) y un shock emocional..curioso.

Tras la embestida inicial de familia, amigos, conocidos y curiosos, mi cuerpo ha ido sufriendo problemas varios. Primero fue un dolor de espalda de los de aaaaay, ooohh…uuuhhh..no puedo, de intentar dormir al niño haciendo de mecedora humana (no, no se dormía de ninguna manera). Luego vino el trasplante de pelo que mi pequeño hacía desde mi cabeza al suelo. Se llama la técnica del tirón. Los meses pasan, las estaciones cambian y la exploración que mi hijo hace de mi cuerpo también. Pasamos la fase de los mordiscos (os habéis fijado en lo afiladísimos que son los dientecillos de los peques?), las patadas cada vez que hay un cambio de pañal (querida ginecóloga, enseguida iré a verte..tanta patada no puede ser buena) o los mil y un golpes jugando con su madre.

Lo peor de los golpes es que siempre, siempre, siempre cumplen la Ley de Murphy. Si tienes algún sitio especialmente delicado, justo ahí van todos. En mi caso es la nariz. Tras haber sufrido, la pobre, más de diez operaciones (entre grandes y retoques medianos), ahora no hay día en el que Petit, jugando, cabreado, pidiendo mimos, o incluso sin querer, no le arre un guantazo. Capítulo aparte merece la espalda, que de levantar a diario 80 veces los 13 kgs de mi heredero, las tensiones y demás familia, está a punto de hacer crack. Sumemos las vomitonas (encima de mí han sido unas cuantas, babas, escupitajos, pis…y demás fluídos).

Etc. Etc. Las que sois madres me habéis entendido perfectamente, y aún añadiríais más. Las que no lo sois, merece la pena. No me creeis, con vuestro pelo planchado, la raya en los ojos, las uñas pefectas y vuestra ropa a la moda. Yo llevo un chandal desparejado, el pelo como puedo (mientras no sea de punta), las uñas…en su sitio, el romanticismo en la memoria y las fuerzas en busca y captura. Pero tengo la sonrisa de Petit Prince y sus “guapa” o “quérote moito” me llenan el corazón.

TRATAMIENTO: Tiempo, Paracetamol, Ibuprofeno, Mimos.

15 enero, 2013
por María Xosé Gómez
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Una pizca de melancolía y un toque de un por qué

Cinco cajas llenas de juguetes de diferentes formas, tamaños, colores y texturas. No, perdón, seis. Un triciclo, una bicicleta, un andador en forma de moto y un quad con batería tiene mi querido Petit Prince en el garaje de casa. Apenas ha cumplido 2 años y 5 meses. Y yo me pregunto (no porque tenga que recoger)…es necesario? Sé que los niños necesitan juguetes. Pero.. qué es correcto y qué una barbaridad? Recuerdo que, de pequeña, sólo teníamos juguetes por Reyes. Y no más de dos por niño, mis hermanos y yo. Uno de ellos se guardaba tras adorarlo el propio día, en el caso de las niñas la mejor muñeca. Hoy en día, miro con pena a aquéllos juguetes, que hemos conservado hasta hoy, cuando los pilla Petit Prince y los trata con su…impulsividad habitual.

A lo que voy es a que, al no tenerlos, los valoraba y cuidaba. Hoy..Petit pide un juguete y cuando lo consigue, a los veinte segundos se ha olvidado de él. De ahí mi insistencia, queridos amigos y familiares para los que soy un bicho raro, a que no le regaleis coches/tractores/camiones/y demás familia. Porque mi casa parece la sala de pruebas de una juguetería. Eso cuando no aparecen ruedas perdidas entre los cereales, coches sin puertas en el cubo de la ropa sucia o los restos de una caña de pescar (infantil y de plástico) bajo el cojín del sofá.

Máxime cuando mi pequeñín ha llegado a la temida etapa del “poquéeeee”. Me habían dicho que a los tres años. Ríete tú de eso. Acaba de cumplir, como dije, 29 meses. Desde los 28 ha empezado a preguntar. Un ejemplo de hoy: yo pelando una naranja. Petit: “mamá, qué hase?”. Mamá: “quitarle la piel a la naranja”. P: “po quéeeeee?”. M: “Porque sabe amarga”. P: “po quéeee, mamá?”. M: (resoplido) “Porque es dura y no se come”. P: “Dura. Po quéeee mamáaaa”. M: (léase con tono resignado-amenazante-de escapatoria-zanjante): “Porque sí. Quieres un juguete????”.

Su dominio del lenguaje me sorprende. Porque construye frases perfectas, si le digo algo bonito él me lo repite pero poniéndolo en género femenino, sabe canciones, tararea sus propias melodías… Éste con cinco años está colgando en este blog críticas a las grandes élites mundiales. Y aunque vas guardando en el desván baberos y chupetes, la melancolía de acurrucarles se va vistiendo, a poquitos, de un orgullo tal que la sonrisa es inevitable. Bienvenida, niñez.

P/D He estado ausente, peleándome anímicamente con esta vida que se ha empeñado en querer ocultarme la luz. Y no quiero dejarla ganar…

2 enero, 2013
por María Xosé Gómez
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Diario de un hipocondríaco fin de año

Queridos lectores, Feliz Año. Aunque el mío comenzó con un nivel de angustia tal que creo que deberían nominarme al Nobel de Mamá Hipocondríaca del siglo. Creo que en vez de iros novelando mi vida, os resuma los acontecimientos de forma escueta. Luego valorais:

 Sábado, día 29 de diciembre. Petit Prince se cae de la silla de la cocina. Altura aproximada, 40 cms. De culo, pero se golpea algo la cabeza. Esa noche, irritabilidad.

Domingo, 30 diciembre. Fiebre. Visita a Urgencias. Diagnóstico: “debe ser un virus. Dele paracetamol o ibuprofeno y vigílele en su domicilio”. Administrado Ibuprofeno a las 16:00h. A las 19:00 horas, la fiebre llega a 39. Llamada al 061. Administramos Paracetamol. Fiebre controlada.

Lunes, 31 diciembre. Fiesta en el mundo mundial. Pasamos la mañana bien pero al despertar de la siesta, Petit Prince dice que le duele la boca. Echamos una breve ojeada en el cuarto de segundo que nos la abrió. Detectamos, con una alarma similar a la de Fukushima, que nos parece ver una bola de pus bajo el diente que hace unos meses se rompió. Pitando a Urgencias. Dos horas después, con una joven doctora a la relatamos lo anterior 3 veces (no miento), le mira la boca (papá y mamá sujetando al niño con todas sus fuerzas). Es un afta bucal. Grande. Bastante grande.

20:00h. Del mismo día. Salimos de Urgencias. Llamamos a la farmacia de confianza para preguntar qué podemos administrar al pequeño. En el Hospital nos dicen que nada. Al final nos dan un gel que el niño no nos deja echarle. Llegamos a casa. Petit pide patatas y croquetas para cenar.

21:00h. Petit se zampa 2 patatas y media croqueta. Dice que no quiere más y se echa a llorar porque le duele la barriga. Yo, púrpura. Mi corazón, cogiendo un cuchillo para rasgar la piel y salirse. A la media hora de acurrucarse y llorar, vomita. Comida y mini-cena.

23:40. Dormido. Yo miro las campanadas en estado de shock indiferente.

Martes, 2 de enero. Petit está agotado. No sabemos por qué, lleva unos días trabándose en la palabra “quiero”. Al inicio de casi todas sus frases está ese término. Su fase actual es decir “quequequequequequeque..quieroquieroquiero…y lo que sea”. Nueva angustia.

Miércores, 3 de enero. Visita a la pediatra para ponerla al día del parte de guerra. Diagnóstico: “Tu niño es normal. Es nervioso. El afta le provocó la fiebre. Los niños vomitan de vez en cuando. No pretendas que hable perfectamente, son 28 meses, déjale”. Amén.

 No estoy preparada para ser mamá. O, al menos, para tanta agustia. Duele. Agota. Te anula. Lo malo es que creo que Petit tendrá 40 años y andaré tras él con el termómetro en la mano…De momento, en una semana tan rara, con su madre preocupada (mi ahijada estaba hospitalizada por bronquiolitis, justo los días en los que su madre daba a luz a su hermanita), comiendo poco (supongo que por el afta)…medio kilo menos. Y ya no es que le sobraran al pobre de mi heredero. Chuches, vayan pasando…