¿Quién fue Cervantes?

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Cervantes está de nuevo en el candelero. Tras la búsqueda de sus huesos en las Trinitarias, regresa la pasión por el gran autor, siempre con la figura de Shakespeare al fondo. Aunque es cierto que los ingleses siempre han ido. quijote-gustave-doreMucho más lejos que nosotros en los asuntos referidos a su escritor nacional, también es verdad que Cervantes sigue encerrando suficientes enigmas como para atraer a investigadores y al gran público. Aquí se tratan algunos de ellos, como su posible origen gallego. O, al menos, norteño. Algo muy gallego sí que tiene el Quijote: la traducción al inglés de la obra que John Rutherford hizo en Ribadeo.

Ahora que se cumplen 400 años de la muerte de Cervantes (y también de la muerte de Shakespeare) todos han dado en comparar y en igualar ambas biografías. Los ingleses le han sacado mucho partido a Shakespeare, como es bien conocido. Tanto a lo que se sabe de él como a lo que no se sabe. No importa: el misterio es aún más interesante que las certezas. Los libros sobre la identidad del inglés son incontables: preocupa no saber de quién hablamos cuando hablamos de Shakespeare, pero al tiempo resulta ferozmente atractivo. Who wrote Shakespeare? (John Mitchell) fue uno de los primeros volúmenes que leí sobre su identidad difusa. ¿Era un sabio, era el conde de Oxford (Edward de Vere), era Christopher Marlowe resucitado? ¿O era el viejo Shakespeare de Stratford (un apellido relativamente común en la zona, con sus variantes), que se mudó a Londres dejando detrás a su familia y su escasa fortuna, con conocimientos de latines de una escuela local, escasos tal vez para tan alta literatura como la suya? A los ingleses les fascina el misterio. Después de todo, tienen las obras, que es lo que realmente importa. Obras maestras. El juego de la duda en torno a Shakespeare es uno de los que más rentables han resultado en ese otro lado del bardo, el lado turístico. Nada se puede despreciar cuando de una gloria nacional hablamos. Y luego han venido críticos como Jonathan Bate, que ha llevado a Shakespeare nada menos que al Principio de incertidumbre, o Harold Bloom, cómo no, que no quiere renunciar a la figura del gran bardo que inventa todo lo humano. Tengo ante mí un libro extraordinario. Es la última biografía de este Shakespeare del que tan poco conocemos. Se trata de El espejo de un hombre(DeBolsillo), del gran especialista Stephen Greenblatt. Deberían leerlo si están interesados en conocer mejor a este gran desconocido.

Sin embargo, no hemos venido aquí a hablar de Will Shakespeare, que elogios y homenajes no le han de faltar. Hablemos de Cervantes y de su debatido origen.

Es seguro que Shakespeare será objeto de apasionados debates en este aniversario. Pero, ¿y Cervantes? No hace ni siquiera unos meses que estábamos excavando en el Monasterio de las Trinitarias de Madrid, a la búsqueda de sus huesos. Algo se encontró, pero no se concluyó demasiado, si no me equivoco. Había restos diversos, mezclados con otros 17 cuerpos, si bien se afirmó, y aquí quedó la cosa, que algunos eran efectivamente de Cervantes, casi con toda seguridad. Como Shakespeare, Cervantes es un gran desconocido. Mucha es la investigación sobre su obra, y bastante hay sobre su figura, no triste, sino simplemente poco conocida. Cervantes y Shakespeare no comparten la fecha exacta de este aniversario mortuorio, como algunos creen, pero sí comparten una biografía movediza y llena de lagunas, tantas que se diría que son muchas más las lagunas que la tierra firme. Malo para el investigador, desde luego, pero estupendo para el fabulador. Lo que no se sabe de Shakespeare y de Cervantes da lugar a versiones de todo pelaje, alimentadas por el deseo de muchos de que sea paisano suyo a toda costa, lo mismo que unos cuantos pueblos quieren atribuirse la identidad de aquel de cuyo nombre el escritor no quería acordarse.

En este 400 aniversario tal vez no se lleven a cabo todos los eventos que el gran escritor merecería. Tal vez. Pero el mayor de todos los homenajes, como suele decirse, es volver a leer sus libros. Aunque hay quien piensa que el lenguaje del siglo XVI o XVII está lo suficientemente alejado del castellano actual como para comprenderlo. Entre ellos está el escritor Andrés Trapiello, uno de nuestros autores más cervantinos, y también más quijotescos. Ha escrito continuaciones del Quijote, aventuras de Sancho Panza, y, recientemente una polémica traducción de la gran obra cervantina, publicada por Destino. “Tardé catorce años en hacerla, y no lo dije ni en casa”, me confiesa Trapiello. Él lo ve como una traducción al español. Al español contemporáneo. “Tiene sentido”, sigue diciendo, “porque la lengua de ahora no tiene nada que ver con aquella. Son dos idiomas distintos. No se puede leer el Quijote en una lengua que ya no hablamos, y que rara vez entendemos cuando la vemos escrita. Y eso que Cervantes no es de los más difíciles, porque Gracián o Quevedo lo son mucho más. No puedes pedir a la gente que estudie el libro, en lugar de leerlo. Con todas esas notas, es complicado… y he de decir que yo he usado la magnífica edición de Francisco Rico como base para mi traducción”, nos explicaba hace poco en una entrevista para este periódico el escritor leonés. “Cuando Borges decía que prefería leer el Quijote en inglés, yo creí que era una boutade. Pero es que lo leyó con unos ocho años, en la lengua que hablaba con la nurse inglesa. Cuando se puso con el Quijote en español necesitó hacer un gran esfuerzo. Así que me di cuenta de esto. Cuando yo presentaba Al morir don Quijote, algunos me decían que se habían aproximado a leer la obra cervantina, pero que no habían sido capaces, simplemente porque no lo entendían. Y esto es lo que yo, que no soy un especialista, sino un lector, he intentado solventar”, me decía Trapiello.

El Quijote, sobre todo el Quijote, debería ser, sin duda, uno de los grandes protagonistas de este 400 aniversario. Ya sea en una de las ediciones anotadas, espléndidas, o en esta traducción al español contemporáneo de Trapiello, limpia de polvo y paja, que, en general, mantiene bien el espíritu del original, quizás porque no acomete cambios muy drásticos. Algunas de esas palabras, ahora cambiadas en esta edición moderna, han causado dolor de cabeza a más de un traductor del Quijote, como John Rutherford. Pero de eso hablaremos más adelante. Volvamos a la identidad.

Con motivo de la efemérides, han vuelto a aparecer los posibles orígenes gallegos, o norteños, de Cervantes. La verdad es que hay motivos para pensarlo, por mucho que se esgrima la partida bautismal de Alcalá de Henares. Podrá parecer un asunto baladí su nacimiento, pero no piensan los ingleses lo mismo con respecto a Shakespeare. ¿Cervantes? ¿Saavedra? La influencia gallega parece muy clara, aunque tal vez se refiera sólo a algunos antepasados de Cervantes que bien pudieron terminar en la Mancha o en Córdoba, como algunos subrayan. Hay estudios diversos sobre esto, más o menos fundamentados. La protección del conde de Lemos era habitual en los artistas de la época (Isabel Enciso), como el de Saldaña, o el de Salinas, por poner algunos ejemplos. Ahí está la dedicatoria cervantina al de Lemos en el Persiles, escrita poco antes de morir.

Pero no sólo se apunta a Galicia como un origen posible para el genio de las letras, o, al menos, para sus antepasados. La irrupción de Brandariz con tres libros polémicos ha agitado las aguas poco claras de la biografía cervantina. Sin embargo, no son pocos los investigadores que no se mueven de los documentos históricos de Alcalá, y disienten de las conclusiones de Brandariz, y de otros. Las repetidas menciones de Cervantes a la gaita sanabresa o a sus presuntos orígenes en los Montes de León han despertado la curiosidad de más de un investigador. A eso alude el mencionado César Brandariz en Cervantes decodificado, publicado por Martínez Roca. Y que apuntala después en El hombre que hablaba difícil, publicado por Ézaro. García Velasco, citando a Brandariz, señala: “Nos da argumentos para demostrar que Cervantes no nació en Alcalá de Henares, ni en Madrid, ni Sevilla, ni Córdoba, sino en Cervantes, un pueblo de la comarca de Sanabria, incluida actualmente en la provincia de Zamora, aunque no siempre fue así, dada su situación: limita al norte con la provincia española de León; al sur, con la provincia portuguesa de Tras-os-Montes e Alto Douro; al este, con la también comarca zamorana de La Carballeda y, al oeste, con la provincia española de Orense. La partida de nacimiento encontrada en Alcalá y referida a un Cervantes o Carbantes, nacido en 1547, está manipulada y, Cervantes, según otras pruebas, nació en 1549, dos años más tarde. De un pueblo cercano a Cervantes procede el segundo apellido de nuestro escritor, Saavedra (…) Se trata de Santa Colomba en el Terroso”. Y Saavedra, un apellido muy presente en Galicia, fue el que Cervantes dio a su hija Isabel: muchos creen que en los equívocos y presuntas manipulaciones documentales hay un intento de ocultación de los orígenes judíos del escritor. Entre ellos, Santiago Trancón, que piensa que las referencias a la Mancha son una licencia literaria, y que todo lo que se cuenta en el Quijote, como demostraría la descripción de los paisajes y la flora de la zona (nogales, hayas, tejos), está inspirado en el viejo Reino de León, pues son muchas las referencias a dichos y costumbres del noroeste, además de ser tierra de conversos. Dice Trancón, como señala Sergio Carracedo en El Correo, que también Quijana, apellido de su mujer, Catalina de Salazar, también era judío. Trancón, como algunos otros (el propio Brandariz, y Astrana Marín), cree que el lenguaje cervantino bebe de la oralidad, que aprendió a hablar en una zona de influencia gallega (tal vez en el colegio jesuita de Monterrei, cerca de Verín), que no usaba la j (ya existente en castellano), pero sí laç. En el Quijote leemos, por ejemplo, “tarde piache”, aunque tal vez fuera una frase hecha de la época, propia de pastores, que se extendió desde el norte. Por encontrar referencias norteñas, hasta se ha identificado la Ínsula Barataria con la colina amurallada de Benavente. Aunque muchas de estas conclusiones no son aceptadas por aquellos investigadores que no dudan de los documentos de Alcalá. particularmente la Topografía e historia general de Argel, de Diego de Aedo, donde se cita, entre otras cosas, la procedencia alcalina de Cervantes, no es menos cierto que tanta polémica y tantos enigmas demuestran que la figura del autor del Quijote aún levanta pasiones. Esperemos que tantas como Shakespeare.

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