En el trabajo

La complicidad en el acoso laboral


Uno de los factores que más llama la atención cuando se trata de hostigamiento psicológico o acoso moral es la complicidad de los observadores. Esa complicidad no tiene por qué ser activa, basta con un mirar hacia otro lado, hacer como que no pasa nada  y mantener una relación superficial con el acosado sin implicarse.

En otros casos, la inhibición conductual sirve para cumplir el objetivo del acosador de aislar a la víctima. No comunicarse, no contar con esa persona para lo que se cuenta con todos los demás, aunque sea ir a tomar café, ignorarle dirigiendo las preguntas sobre temas que domina a cualquier otro de sus compañeros, y nunca a él o a ella, o cruzar miradas de complicidad cuando hace un comentario, son conductas que contribuyen a la sensación de exclusión y de malestar.

Es muy habitual que las personas que sufren esta situación prueben diferentes estrategias con el fin de caer mejor, de intentar ser aceptadas por el grupo o, al menos, de que se reconozca su capacidad profesional. Lo habitual es que esas estrategias fallen porque el acoso no depende de su conducta sino de la decisión de otros de hacerle la vida imposible.

Para una persona acosada psicológicamente es difícil de entender que sus cambios en la forma de comportarse no produzcan los efectos deseados, que si prueba a hacer las cosas de otra manera esos cambios no reviertan en mejoras en su relación con los demás. Llegan a pensar que algo malo deben tener cuando eso sucede, o bien que son más incapaces de lo que ellos creían o que algo en su personalidad o en su forma de ser no funciona adecuadamente.

Es habitual que, cuando un nuevo empleado se incorpora al grupo, la persona acosada tenga una leve esperanza, alguien nuevo no contaminado por el grupo, alguien que va a ser capaz de valorarlo sin prejuicios, alguien con quien relacionarse, y que esa esperanza pronto se vea frustrada porque el acosador principal ha desplegado todo su encanto para acoger a la persona nueva, arroparla, cuidarla y mimarla hasta que se mimetiza con el grupo.

Lo siguiente, después de probar todas las estrategias posibles, de cuestionarse a ellos mismos, de las expectativas frustradas, de la rabia y del continuo fracaso en conseguir el reconocimiento del grupo, es la absoluta sensación de impotencia ante la invisibilidad, ante la capacidad del acosador para captar adeptos a su causa y ante la imposibilidad de hacer nada para evitarlo.

Y siempre la misma pregunta ¿qué he hecho yo para que me odien tanto?  ¿Alguna vez se preguntará el cómplice por qué lo hace?

http://confluir.es/carmen-ariza-tejeda/ 
Photo by José Martín Ramírez C on Unsplash

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