Al otro lado del muro. Psicólogos en Santiago. Confluir Psicología & Coaching. Víctor Boullosa En el trabajo

Al Otro Lado del Muro


Desde hace unos años, una de las encomiendas más temidas entre los profesionales de reclutamiento y selección Canadienses es la de llenar los asientos vacíos de los miles de tráilers que inundan su red de carreteras.  Y es que, pese a que el oficio es el segundo más popular entre los varones del país, la demanda de conductores cualificados supera con creces la mano de obra disponible.

Si bien, la dramática bajada del precio del petróleo y la subsiguiente recesión en Alberta (la provincia petrolera por excelencia en Canadá) ha moderado la necesidad de conductores, la incapacidad para cubrir todos los puestos vacantes todavía persiste.

Con todo, mientras los expertos en selección siguen tratando de resolver el rompecabezas, una de las piezas claves del juego circuló ya, hace meses, por la “Interstate 25”, una concurrida autopista del Oeste Americano.

A pesar de lo poco glamuroso de su carga (50.000 cervezas), el viaje completado por ese tráiler ya forma parte del cuaderno de bitácora de este siglo XXI.  ¿Su mérito? La primera vez en la historia que un camión realiza una entrega de este tipo sin ayuda de un conductor.

La empresa responsable de este alunizaje se llama Otto, una Start-Up Californiana adquirida el pasado año por Uber. Para contener la euforia, los padres de esta versión benévola del diablo sobre ruedas se apresuraron en asegurar que el vehículo no es completamente autónomo. Su tecnología funciona solo en autopista, un medio donde las variables más complejas-pasos de peatones, stops, niños en bicicleta, etc…-no entran en juego.

Siendo tantas las empresas actualmente embarcadas en la búsqueda del vehículo autónomo definitivo cabe preguntarse, ¿qué consecuencias desencadenaría su llegada en el sector del transporte?

Algunos, entre ellos los responsables Otto, defienden que la tecnología ayudará a solventar el déficit de conductores. ¿Cómo? Haciendo el trabajo más atractivo. Los camiones circularán durante horas de forma autónoma por la autopista hasta detenerse en un punto designado. Allí, un conductor recogerá el testigo y conducirá el vehículo hasta el destino final.  Los camioneros se convertirán así en capitanes de barco y su función se limitará a conducir el vehículo a puerto durante solo los últimos kilómetros. Así mismo, los defensores de la automatización argumentan que la tecnología aumentará la seguridad, contribuirá a reducir las emisiones y supondrá un salto adelante en términos de productividad.

Otros, sin embargo, entre ellos Henry Siu-profesor de la Universidad de British Columbia-, predicen que el sector dejará de necesitar conductores en el plazo de uno o 2 años. De ser así, el tsunami de despidos alteraría el propio sistema de modo indeleble. Solo en Estados Unidos se estima que la cifra de empleos destruidos se acercaría a los 9 millones de personas. Lo que seguiría ya entraría dentro del reino de la distopía.

Sea como fuere, el camión de Otto no hace más que poner sobre la mesa una realidad que ha saltado desde los guiones de Hollywood a nuestro a día a día de forma casi inadvertida. La nueva ola de automatización está aquí para quedarse. En Estados Unidos, la pretendida repatriación de empleos desde China y México se enfrentará a la hostil realidad de descubrir que algunos de ellos simplemente ya no existen.   Ya es hora que el debate sobre cómo repensamos el modelo económico de este siglo XXI se traslade desde los foros económicos a las agendas políticas. Necesitamos líderes valientes, con visión, determinación y buena fe capaces de implicar y escuchar a sus pueblos en lo que ya es el futuro de todos.  De lo contrario, los muros serán cada vez más altos y su hormigón, lejos de refugiar prósperas aldeas galas, será solo el amparo del miedo y del odio.


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