¡Cómo mola Santiago!

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Tras haber disfrutado en pleno mes de noviembre de dos semanas en Santiago (¡ya quisiéramos en España los permisos de paternidad germanos!), ya estoy de vuelta en Alemania con el modo morriña on, añorando aquello que Fredi Leis tan brillantemente pone en verso y canta. scq_nov_2016

Por supuesto, lo mejor de estos 15 días fue poder compartir tiempo con esa familia que también sufre nuestra emigración, pero también me pareció un lujo poder disfrutar de nuevo del Santiago cotidiano, ese día a día “normal”, donde los estudiantes sustituyen a los peregrinos y el ambiente universitario empapa las calles de la ciudad.

Sin esperar las inmensas colas estivales, incluso pude cruzar la Puerta Santa y hacer una breve visita a una Corticela sin turistas. Nuestra catedral no solo sigue siendo el corazón y el germen de nuestra ciudad, sino que es nuestra obra de arte más universal y el símbolo eterno de Compostela.

Ya que es obvio que Santiago es SIEMPRE el lugar adecuado, la suerte (y la invitación del amable profesor de la USC Julio Hernández Borge) me permitió asistir brevemente al Coloquio sobre migraciones organizado por la Cátedra Unesco en la facultad de Filosofía en Mazarelos.

Tampoco perdí la ocasión de visitar la exposición de los artistas gallegos en la diásporaA fronteira infinda” (a veces me pregunto si sufro con la emigración ese síndrome de las embarazadas que ven bebés por todas partes) en el edificio que Abanca tiene en la plaza de Cervantes, a la que sí soy asiduo para visitar la mejor librería de la ciudad y donde María y Pablo Couceiro siempre me tratan como si no me hubiese ido nunca.

No me faltó demasiado para buscar el DeLorean al salir del Salón Teatro tras disfrutar tantos años después de Cineuropa,  con el lujazo añadido de poder asistir a la entrega del premio a Lola Dueñas.  (¡Gracias!)

Además de subir y bajar las calles del barrio de San Pedro, ahora también puedo empujar con orgullo un carro de bebés por esa misma ferradura de la Alameda por la que tanto me gusta correr a última hora de la tarde.

Con balón siguen corriendo, mucho y bien, las nuevas generaciones de mi CD Belvís, a los que pude ver en As Cancelas sumando tres puntos más en su imparable camino hacia el ascenso a primera autonómica. Yo, con mis amigos tendré que conformarme con seguir aprendiendo para no desesperar a mi pareja al pádel. Creo que si ellos no me lo toman a mal es porque les importan bastante más las tapas y las cervecitas de después que el resultado de la pachanga.

Tampoco perdoné una buena comida en A Grella y un buen chuletón de cena con los amigos de siempre en el Gonzaba, comprobando además que si los jueves ya no son lo que eran, nosotros tampoco somos los mismos que en nuestros años más mozos 😉

La visita a la Plaza de Abastos es cita obligada en cualquier época del año; pero lo que sí es diferente en estas fechas es ese olor a castañas asadas que nos envuelve a la altura de las Huérfanas y hasta las Plaza de Galicia para que sucumbamos al cucurucho de periódico de la mítica locomotora en la Rúa Nova.

En mis últimos días todavía tuve ocasión de subir a la Cidade da Cultura para visitar la exposición que conmemora el centenario del nacimiento de nuestro único Nobel gallego, Camilo José Cela, aprovechando además para entrar en las torres Hedjuk, que normalmente están cerradas al público.

No sé si en cada una de mis  donaciones el atento personal del Centro de transfusión del Monte de la Condesa podrá ver el nivel de morriña que llevo en sangre, pero releyendo estas líneas tengo la sensación de que sus valores se me disparan por momentos. Menos mal que ya solo faltan 23 días para las vacaciones de Navidad y poder estar ahí de nuevo…

Hasta entonces, tócala otra vez, Fredi…

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