Tribuna libre

Podemos… cambiar la Universidad


El semáforo de Porta Faxeira está en rojo. Una joven madre, masticando estrés a las 8:30 de la mañana, agarra de la mano a su hijo y se dispone a cruzar ante la atónita mirada de los que esperábamos pacíficamente al borde del abismo pasocebril. Vale, estupefactos y con la tostada mental que a uno le acompaña hasta el primer café de la mañana. Como si del mundo al revés se tratara, con voz y gesto agudo a partes iguales, el niño le recuerda a la madre: “¡mamá, con el semáforo en rojo no se puede cruzar!¡Lo dicen en el cole!”. Si las miradas fulminaran, ese cativo habría desaparecido de la faz de la Tierra en una porción de segundo cuando la cara de la madre se volteó para indicarle que siguiera su paso al tiempo que agarraba con mayor firmeza el minúsculo brazo. Mediado el paso de cebra, una furgoneta de reparto se ve en la necesidad de frenar bruscamente y, como si fuera una dedicatoria para aquellos que aún añorábamos a Morfeo, hizo sonar el claxon con la contundencia propia que merecía la temeraria acción. Todos los espectadores nos despertamos en ese instante y con los cinco sentidos en alerta pudimos comprobar que el hijo le recriminaba a la madre la acción y esta respondía con una contundente colleja. “¡Pasa pa´lante!”

Menudo festival pedagógico. ¡Qué tres grandes lecciones aprendió el pupilo en ese momento! Primera: “hijo, las normas no valen para nada y están para incumplirlas”; segunda: “no hagas ni caso de lo que te dicen en el cole”; tercera: “si llevas la contraria, te ganarás una torta”.

Pues bien, con este caldo de cultivo, ¿nos sorprende que el sistema educativo estatal permanezca per sécula en una situación de titánico naufragio cada vez que revisamos los datos de fracaso escolar? Tras el curso que ahora termina llega la LOMCE. ¿Alguien cree que podría cambiar algo? Lamento mucho ser escéptico. Por suerte o desgracia, suscribo las palabras de aquel catedrático taxista madrileño que en un trayecto Barajas-Callao me explicaba que por muchas reformas educativas que se hagan, quienes de verdad construyen el edificio educativo son los padres y los profesores. “El sistema educativo cambiaría si esos profesores se pusieran las pilas y los padres los respetaran y valoraran. ¿Cómo pueden enseñar algunos profesores de la misma forma que se hacía hace 50 años con todo lo que ha cambiado la sociedad?”, se preguntaba el taxista. Aunque coincido con él en parte pero considero humildemente que sólo son algunos casos. Eso sí, demasiados ejemplos en la Universidad.

La institución sigue dando innumerables signos de vivir en una burbuja paralela. Para ejemplo, un botón: año tras año, mi perplejidad no se reconoce cuando comprueba que las personas que hacen la selectividad en septiembre reciben las notas un mes después aproximadamente de haber empezado las clases en la misma universidad que ha realizado el proceso selectivo. ¿Ejemplo simbólico? Si, ni el más representativo ni el más importante. La Universidad: esa permanente contradicción.

Por eso mismo, llama la atención que el gran triunfador de las pasadas elecciones europeas –el cabeza de lista de Podemos– sea, precisamente, un profesor universitario. ¡Vaya! Justamente gana el más atípico de ellos. El que no cumple los cánones. Yo que la Universidad me lo hacía mirar… ¿Estaría en la anomalía la clave de su éxito? ¿O lo sería ponerse como nombre de partido el “yes, we can” de Obama literalmente traducido? Sí, un partido autodeclarado de izquierdas toma como referencia la meca capitalista para su imagen corporativa. Lo dicho: vivimos en la permanente contradicción. Y el sistema educativo, más. Seguro que podemos cambiarlo. Pero desde la base: padres y profesores. Podemos.


4 comentarios on Podemos… cambiar la Universidad

  1. Podemos, podemos!! Podemos mejorar mucho nuestra sociedad y la educación, empezando por la base que tan bien describes en esa (seguro que no poco frecuente) situación en Porta Faxeira…
    Te invito a leer mi opinión -también crítica- sobre Pablo Iglesias (http://blogs.elcorreogallego.es/la-generacion-de-la-burbuja/2014/06/01/sindrome-pablo-iglesias-podemos/), pero jamás me atrevería jamás a juzgar actividad docente o pensar que su profesión cuestione su competencia en un cargo político.
    Efectivamente; podemos cambiar nuestro sistema educativo y PODEMOS hacerlo mucho mejor.
    Un abrazo!

  2. Antonio R. Sánchez

    Suscribo tus palabras, Lito! A mi lo único que me llama la atención es que el éxito de este hombre es la prueba de que la Universidad sigue anclada en el pasado y el inmovilismo: justamente triunfa una persona que rompe todos los cánones en el ámbito universitario. Un buen motivo para pedirle a la Universidad “que se lo haga mirar”.

  3. AVD

    Yo sinceramente opino que deben ser todas las instituciones educativas las que han de ser revisadas con lupa. Y empezando por infantil, primaria y pasando por secundaria. Si bien es cierto que los cambios en la Universidad son lentos y que muchas siguen ancladas en el pasado, quizás es justo eso lo que habría que intentar mejorar, la cantidad y tiempos de burocracia para poder innovar. En cuanto al profesorado, pues como en el resto de profesiones: ¿los hay que procastinan? Sí. ¿Que nunca están en sus despachos ni atienden a sus alumnos? También. Pero también es cierto que los hay que se dejan el alma en todo lo que hacen: investigación y docencia, sin perder en humildad ni la sonrisa. Espero que la Universidad abra sus sentidos, y desde la humildad, intente adaptarse al futuro (sobre todo en las TICs) pero sin perder su alma científica.

    • Antonio Reyes Sánchez Crespo

      Por supuesto, no es justo generalizar. Considero que la universidad es uno de los “inventos” más brillantes del ser humano y que su papel en la sociedad es fundamental. Por eso me preocupa la mediocridad que hay en ella.
      La opinión que ofreces acerca de los profesores la comparto al 100%. También que la Universidad abra sus sentidos desde la humildad porque creo que ese es uno de sus mayores defectos. Mi mayor ejemplo: el profesor Carracedo: trabajo, esfuerzo, reconocimiento científico mundial y humildad extrema.
      Cuando todo el mundo está apretándose el cinturón y pasándolas canutas tanto en la administración pública como en la empresa privada, en la universidad sigue existiendo la figura de los “años sabáticos” y nadie se sonroja por ello. Lo dicho: viven en un mundo paralelo.

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