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como en todas las familias

Sábado, 4 de febrero de 2012

Josefa colgó el teléfono. Estaba excitada, ansiosa, nerviosa y emocionada. Hacía 30 años que no se hablaban, desde que muriera su madre. Por aquel entonces eran poco maduras, egoístas e individualistas. No les importaba el “caiga quien caiga” mientras ellas tuvieran razón.

Discutieron por la herencia, “como en todas las familias”, decía Jacinta. La madre, viuda de un emigrante retornado, no había hecho testamento con la idea de que sus hijas repartieran los bienes y propiedades según sus necesidades o apego a ellos. No consiguieron ponerse de acuerdo en el reparto y acabaron haciendo lo peor, venderlo todo y repartir el dinero. Se quedaron sin los terrenos, sin los recuerdos y sin gran parte de sus vidas, que se fueron a manos de extraños por no dar el brazo a torcer.

No se puede decir que les fuera mal. Las dos supieron invertir sus ganancias en pisos y locales comerciales. Poco a poco se fueron haciendo con el control de la mayoría de los pisos del pueblo. Incluso se metieron al sector inmobiliario, haciendo sus propios edificios de viviendas, que todavía tienen en alquiler. Todos esos réditos les permitieron amasar unos patrimonios considerables, los mayores de la zona.

Vivieron unas vidas paralelas, ambas se casaron jóvenes, con hombres educados y que las trataron como reinas. Eran comprensivos con sus rarezas y nunca interfirieron en sus asuntos familiares, ya que conocían a la perfección el desasosiego que les ocasionaba la situación, pero que el gran orgullo que tenían era mas poderoso que las ganas de arreglar las cosas.

Las dos tuvieron dos hermosas hijas que, casualidades del destino, nacieron los mismos años, y se llamaron igual. Las primeras, Mercedes, como su madre, y las segundas Luisa, como su abuela. Las Mercedes compartieron clase en el mejor colegio de pago y estudiaron la misma carrera, ciencias empresariales, para seguir con los negocios familiares. Las Luisas, que también estudiaron juntas en el mismo colegio privado enfocaron sus vidas hacia lo divino, algo muy arraigado también en el entorno familiar y se metieron a monjas.

Josefa y Jacinta tuvieron vidas plenas y felices. Grandes esposos, hijas correctas y educadas, estatus social por la cantidad de dinero que atesoraban, debido a su gran acierto a la hora de invertir su herencia y su buena educación. Solo tenían un pero, su hermana, el único miembro vivo de su familia directa.

-“Me acaba de llamar Jacinta”, le dijo a su esposo. Él, sorprendido de la noticia le preguntó: “¿qué dijo?”. Ella, sin poder contener las lágrimas replicó: “Se muere. Está en un hospital en Nador. Estaban de vacaciones y cayó enferma. Le quedan pocos días, incluso horas. Se disculpó por no haber sabido ceder y no haber hablado conmigo desde que murió mamá. Yo le dije lo mismo. ¡Tengo que ir a verla!”.

Su sobrino Francisco, hijo de Mercedes, miró en Internet y descubrió que había una compañía aérea que volaba directamente a Nador, con un vuelo diario. Sino, tendría que volar hasta Málaga el siguiente martes, coger un aeroplano o un ferry hasta Melilla y hacer el resto del viaje en coche o autobús.

Llamó a mediodía a la centralita de reservas y compró unos pasajes para ir con su esposo ese mismo día, a las nueve de la noche. Los pagó con la tarjeta de crédito y le dieron el número de la reserva para indicar en el mostrador de facturación cuando entregara el DNI.

Esas siete horas de espera se le hicieron interminables, miraba el reloj cada 5 minutos, hizo y deshizo la maleta 20 veces y llamaba compulsivamente a su hija Mercedes  para decirle que hacía mucho frío. No le llegaba la hora de volar para encontrarse con su hermana después de tantos años, sabiendo de lo delicado de su estado.

A las ocho de la tarde se personaron el el aeropuerto. No encontraban la linea de facturación de su vuelo ni venía indicado en las pantallas. Vieron la ventana de información de la compañía llena de gente y dos personas detrás del mostrador repartían unos folios. Se acercaron y alguien les dijo: “La compañía deja de operar y nos dejan tirados. ¡Menuda vergüenza!”.

Finalmente consiguió llegar a Nador vía Málaga. Ya era tarde. Firmó los papeles de repatriación del cadáver y volvió a casa con su hermana para darle el merecido descanso.

 

Reflexión personal: Los clientes de las compañías aéreas son personas, mas allá de un número de identificador de reserva y tienen sus vidas. Tratémosles como merecen y démosles explicaciones e información, no una simple hoja de reclamaciones.

Es como todo...

  1. Isa Seoane
    Sábado, 4 de febrero de 2012 a las 12:11 | #1

    No tengo palabras… Eres genial! Como siempre!

  2. Teo Mivida
    Domingo, 5 de febrero de 2012 a las 11:01 | #2

    Me parece simplemente que has dado en la diana, la diana de la humanidad, del respeto al ser humano desde todos los puntos de la vida. MIausss Samuel

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