Querida Julia:
Esta semana se ha vuelto a hablar, y mucho, de la parte del deporte que más detesto, la que no tiene nada que ver con la esencia del deporte. A veces pasa cuando se habla de ciclismo, ese mundo bajo sospecha. Ya lo sabes: el ‘caso Contador’ ha tenido al fin una sentencia, y pocas veces, yo creo que nunca, un positivo ha causado un impacto tan negativo en el deporte español.
Antes de entrar a valorar la cuestión en sí, antes de entrar a cuestionar o no la sentencia, unas preguntas: ¿Qué han hecho los ciclistas? ¿Por qué se los sitúa al otro lado de la legalidad, por qué son tratados como auténticos delincuentes, por qué la persecución de que son objeto, en busca del dopaje perdido, no se da en otros deportes? ¿Por qué, y con perdón, se los putea: se los levanta a las tantas de la madrugada, tienen que estar disponibles las 24 horas del día, 365 días al año? ¿Por qué se los somete a los más severos controles vistos en el mundo del deporte?
Son preguntas, para mí, sin respuesta. Y no defiendo a los ciclistas, NO PONGO LA MANO EN EL FUEGO POR NINGUNO, ni por Contador ahora ni antes por Armstrong, Induráin o Perico Delgado, por poner tres ejemplos. No lo hago porque el ciclismo, donde muchas veces lo que los comentaristas llaman “clase” para mí es simplemente tener más fuerza que el otro, y siento ser tan ignorante, pues el ciclismo vive siempre rodeado de un clima más que sospechoso: médicos de dudosa reputación, y varios, en los equipos, historias y leyendas desde los tiempos de siempre (recuerdo la del belga Pollentier, quien intentó engañar al sistema antidopaje llevando orina ajena en una bolsita, aunque lo cogieron cuando fue a mear), el reconocimiento de algunos (Rijs) de que ganaron el Topur dopados… un clima demasiado turbio, poco limpio.
Pero es que además mi duda viene de que pienso que el dinero pierde al hombre, y al lado de donde se mueven ingentes cantidades de dinero vive la trampa… y por eso mismo, no me creo que en los últimos años prácticamente nadie se haya dopado en el fútbol español, o en el baloncesto (pienso en la NBA, sobre todo) o en tantos otros deportes: se hace lo que sea, legal o ilegal, por ganar. Los jugadores del Barça y los del Real Madrid corren como auténticos posesos durante meses, haciendo frente a un deporte tan duro como el fútbol; supongo que los zumos de naranja que toman hacen maravillas; pero en el mundo del fútbol, que tanto dinero mueve, los controles antidopaje son ridículos. Por eso vuelvo a la pregunta: ¿Qué han hecho (mal) los ciclistas?
En España, esta semana, se ha puesto a los pies de los caballos al TAS (tribunal de arbitraje) por su sentencia sobre Contador, que ha llegado, eso sí, demasiado tarde: casi dos años después de que saltase el positivo del ciclista en el Tour. Se ha dicho que se ha pasado de la presunción de inocencia a la de culpabilidad, cuando creo que esto no es así: en la sangre de Contador apareció clembuterol, algo prohibido: Alberto era culpable de eso, y tenía que demostrar que el clembuterol no llegó a su sangre porque él se dopase; dijo que fue porque comió carne contaminada, una excusa (difícil de creer) que el tribunal no se creyó… y punto. Por mucho que nos duela, por mucho que nos quedemos sin el espectáculo de ver en acción a Contador, por mucho que nos desilusione ver como un tramposo a aquel que tanto nos ilusionó, la sentencia no puede ser calificada de descabellada, ni mucho menos.
Siempre recordaré, Julia, y lo he contado alguna vez, lo que sucedió con Ben Johnson en los Juegos Olímpicos de Seúl, en 1988. Yo tenía 23 años, pero me levaté como un niño a las cinco de la mañana, junto a mis dos hermanos y mi padre, para ver la extraordinaria final de 100 metros, para ver el duelo al sol entre Carl Lewis y Ben Johnson. Mi madre, medio dormida, sólo tuvo una frase: “Nación que vos dou, estades como cabras”. La final se solucionó en menos de diez segundos, pero a todos nos mereció sobradamente la pena… hasta el día siguiente, cuando el propio Big-Ben confesó que se había dopado y se marchó de Seúl como un apestoso: ya nunca volvió a brillar.
Por historias como ésta, por el daño que nos suele hacer de vez en cuando a quienes nos ilusionamos y vivimos el deporte con pasión, odio el dopaje, la trampa. Aunque tal vez los episodios de dopaje sean bocados de realidad para todos aquellos que vivimos tan felices.
Una excepción, eso sí: pongo la mano en el fuego cien veces, y no creo que me queme, por Rafa Nadal, por mucho que digan tontos franceses. Y no confundir: tontos hay en todas partes, alguien dijo que en España hay más tontos que botellines; y otro, que una ardilla podría cruzar en diagonal España sin tocar suelo… pasando de la cabeza de un tonto a la de otro. Francia es un gran país, y los franceses tienen el Tour y Roland Garros: son grandes en su inmensa mayoría.
Un beso






