27 Enero, 2015
por Antonio Pais
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Fútbol no apto para menores

Querida Julia:

Cada mañana, en la parada del autobús que te lleva al colegio coincidimos con Carlos, un niño de unos nueve años de edad. Recientemente, tras la eliminatoria de la Copa del Rey entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid, él mostró orgulloso (la llevaba debajo del ‘anorak’ y de una sudadera) la camiseta rojiblanca. Carlos es ‘colchonero’. Por eso cuando, el día después del partido de ida de la misma Copa del Rey, en la eliminatoria de la ronda siguiente entre el Atlético y el Barcelona, le pregunté qué le había pasado a su equipo (1-0), su cara triste ya había respondido por él cuando habló: “No pude verlo, era muy tarde”. El partido en cuestión había comenzado a las diez de la noche. La madre de Carlos me explicó que al día siguiente, nada más despertarse, lo primero que hizo el niño fue ir a ver cómo había quedado su equipo.

Hace tiempo que me pregunto quién es el genio que decide la programación, el día y la hora, de los partidos en el fútbol español. La pregunta incluye una segunda: ¿Por qué? La cuestión tuvo más fuerza en el comienzo de la temporada, en agosto, cuando incluso hubo partidos que comenzaron un día (a las once de la noche) y acabaron otro (a la una de la madrugada).

Es un fútbol no apto para menores (o para mayores como yo: me niego a ver partidos con ese horario). Aunque yo diría más bien que son partidos puestos sin decencia alguna en un horario indecente. Y aquí vuelvo a la segunda pregunta: ¿Por qué? ¿No se trata, al poner un horario, de facilitarle las cosas al aficionado (y aquí entran niños y adultos) que quiere acudir a un campo de fútbol? ¿Y no se trata, sobre todo, de crear afición? Porque impedir que los niños vean un partido de fútbol no parece la mejor forma de crear afición: es acabar con la cantera del mejor aficionado, el que va al campo.

A quienes marcan los horarios en el fútbol español parece que no les importan estas cuestiones. Ni tampoco parece importarles que los campos estén casi vacíos: ellos programan un Getafe-Celta, por poner un ejemplo, el lunes por la noche y se quedan tan panchos: que vaya gente al campo es lo de menos; y tampoco importa mucho la audiencia en televisión.

Y para quien no va al campo… mientras los románticos añoramos el tintineo de los goles del ‘carrusel deportivo’ de las radios, quienes deciden siguen empeñados en que haya partidos de fútbol todos los días y a todas las horas: eso sí, rara vez dos a un tiempo: hay que estirar la manta del fútbol.

Tampoco les importa a los genios de la decisión que haya un fútbol llamado modesto detrás del fútbol profesional. Que los aficionados estén cómodamente instalados en un bar de su localidad, una tarde de sábado o de domingo, y jueguen una partida de cartas mientras de fondo, en la televisión, disputan sucesivamente sus partidos el Real Madrid, el Barcelona y el Atlético de Madrid es lo importante; que mientras tanto se jueguen partidos de Segunda División B, de Tercera o de Preferente en esas mismas localidades y las gradas estén vacías no tiene la menor relevancia.

A la pregunta del porqué de la programación, por qué jugar en días y horarios insólitos que van contra la tradición del fútbol español, la respuesta ‘oficial’ apunta al interés económico. Pero también aquí habría mucho que decir: en Alemania y en Inglaterra no hay problema en que varios partidos de fútbol se jueguen al mismo tiempo, en horarios más ‘reconocibles’ los sábados o los domingos: las gradas en esos partidos están llenas, quienes no van al campo sí podrán escuchar en la radio el tintineo de los goles… y económicamente, las ligas alemana e inglesa funcionan bastante mejor que la española. ¿?

Escribo esto el día anterior al partido de vuelta de la eliminatoria entre el Atlético y el Barça. La madre de Carlos me ha dicho que, al empezar una hora antes (a las nueve de la noche), le dejará ver el partido. Bueno, algo vamos ganando; espero que no haya prórroga. En todo caso, quienes deciden seguirán tan ufanos: “Así se hace afición al fútbol”, dirán. O quizás se preguntarán y se responderán, llenándose de razón: “¿Los niños? Los niños no pagan”.

Un beso, Julia

16 Enero, 2015
por Antonio Pais
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‘El Niño’ entre niños

Querida Julia:

 

Me hubiese gustado ser yo el que le explicaba a su hija, a ti, que había que correr todo lo deprisa posible hasta el centro del campo y saludar al gentío, a la grada repleta de hinchas entregados que esperaban para ovacionarme en mi presentación. Me hubiese gustado, pero no me pasó a mí; ni tú fuiste protagonista tampoco. La increíble secuencia de emociones la vivió recientemente Fernando Torres, un futbolista al que en un momento de absoluta brillantez alguien (creo que fue Luis Aragonés, ese sabio) bautizó como ‘El Niño’. La jornada feliz junto a su hija, y también su hijo pequeño, a los que habló en un tono tan bajo como cariñoso, de padrazo, en una imagen entrañable, la vivió un jugador de fútbol, un símbolo del Atlético de Madrid. A mi entender, un jugador que se lo tiene bien merecido (para que no diga mi amigo Gonzalo que eso de tenerlo merecido se dice en referencia a algo malo).

No soy objetivo al hablar de Fernando Torres. Me parece un jugador, y sobre todo una persona, que no puede caer mal a nadie: a nadie le puede caer mal un niño, ni se puede matar a un ruiseñor. Pocos apodos (los argentinos son geniales poniéndolos, y éste parece ideado por uno de ellos) tan acertados. Fernando a sus 30, casi 31 años, sigue teniendo cara y coloretes de niño, corre detrás del balón con la ilusión y las ganas de un niño, no parece un profesional del fútbol sino un niño que se divierte con su juego favorito, muestra siempre la sencillez y la entrega sin condiciones de un niño…

… y si ahora tiene la vida le ha dado el inmenso regalo de volver a jugar en el club de su corazón, miel sobre hojuelas. He oído decir que Fernando Torres está acabado, incluso he escuchado el término ‘exjugador’ al referirse a él; y se le asegura el fracaso, claro. Para mí, que quienes lo han dicho deberían tener en cuenta que la ilusión puede con cualquier montaña, puede resucitar muertos. Y que ‘El Niño’ sabe, y que ha regresado para jugar, cuando sin duda ya no lo motivaba hacerlo en otras, a su guardería favorita. Ojo.

Puedo prometer y prometo que este artículo estaba pensado antes de que Fernando Torres marcase dos goles que firmaron, junto al 2-0 del partido de ida, el pase del Atlético y la eliminación del Real Madrid en la Copa del Rey. Ya puestos, también debo reconocer que no esperaba que ‘El Niño’ jugara un papel tan brillante, ni que la respuesta a “¿Qué he hecho yo para que me queráis tanto?”, la pregunta que le lanzó a su afición de toda la vida llegara tan rápido. En realidad, creo que Fernando no necesita meter goles, ni brillar en exceso, para que la gente del Atlético, y yo diría que de cualquier afición, lo quiera: los atléticos lo aman porque saben que es uno de los suyos, que nunca les fallará… y porque es imposible no querer a un niño.

No sé lo que deparará el futuro, siempre incierto: ganar es difícil y la suerte juega; pero intuyo que al Atlético y al ‘Niño’ Torres sólo puede irles bien en su reencuentro: en su vuelta a casa, Fernando ya se ha incrustado en un señor equipo, muy superior al que dejó, y sobre todo se ha encontrado la mentalidad vencedora (muerte antes que derrota) que posiblemente echó tanto de menos en su primera etapa. Y si a un equipo que compite como el mejor o más le sumas un fichaje tan certero, tan ajustado: el de un niño que también morirá por ti, que cree en las estrellas y que tiene su indudable buena estrella… pues entonces, aunque el fútbol no deja de ser un juego, el futuro sólo puede verse con optimismo.

Desde aquí, veo al Atlético de Madrid tan candidato como el que más a ganar este año la Liga de Campeones: por equipo, por carácter competitivo y por ‘El Niño’… el mismo niño que, como jugando con sus niños, fue capaz de convertir al Chelsea en campeón de Europa; y a España, del mundo.

Un abrazo, Julia

28 Noviembre, 2014
por Antonio Pais
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En noviembre, cine

Querida Julia:

 

Tantas veces sucede que la belleza, la diversión, la plenitud… llegan de forma inesperada y son las mejores. Vas creciendo y forjando tu carácter, y en él yo acierto (o quiero) ver muchas similitudes con el mío. Un ejemplo: no te van en exceso, aunque termines disfrutando y mucho con ellas, las grandes fiestas, las que llegan con ruido; prefieres el disfrute que se presenta sin avisar, el festejo simple que no esperabas, la tarde feliz en buena, aunque no excesiva, compañía. Y junto a eso también aprendes que en ciertas atmósferas lo pasarás bien, por humildes o simples que sean: son un seguro de vida.

Algo de lo que te hablo me pasó a mí hace ya algunos años, digamos que unos quince. Estaba en un momento importante de mi vida, un momento que fue difícil en lo material y en lo personal pero que también fue uno de los momentos en los que más libre y más feliz me he sentido en mi casi medio siglo de vida. En ese momento apareció en mi vida, para llenarla durante un mes, la magia de Cineuropa.

En el mes de noviembre aparece cada año en Santiago este magnífico ciclo del ‘otro cine’, el que no se suele ver en las salas comerciales: Cineuropa. Un ciclo que inventó y desarrolló un loco del cine llamado José Luis Losa: un tipo que, desde lo conocí siendo niño-adolescente, siempre me pareció que vivía mejor en la vida de las películas que en la real. Chicho Losa me parece un sabio del cine: con las excentricidades propias de un crítico de arte, con sus a veces incomprensibles (al menos para mí) manías, pero doctor en cine.

En los últimos años del siglo pasado y en los primeros del actual, el mes de noviembre fue para mí el mes del cine: del mejor cine, del que más disfrutaba. En versión original, como a mí me parece que tiene que ser o más me gusta una película, lo mejor de Cineuropa era que te metías a la sala sin saber muy bien lo que te esperaba. Sabías que la película era de tal o de cual director, su nacionalidad, su género, si tenías suerte leías un pequeño avance… y poco más. Pero ahí se obraba el milagro: la mayoría de las veces salías encantado de una sala en la que se respiraba cine: una sala sin ruidos, sin gente comiendo palomitas o patatas y en la que la puerta se cerraba al comenzar la película.

En ese momento importante de mi vida, en el que tantas dudas tenía en lo personal y, sobre todo en los primeros noviembres, también en lo profesional, Cineuropa fue para mí un verdadero salvavidas: veía cine que me llenaba, cine repleto de realidad porque te mostraba lo que sucedía en el mundo, conocimientos que te servían y mucho para la vida… cine variado, de todas partes; películas, en fin, muy bien elegidas, perseguidas y, no se sabe muy bien cómo, traídas antes y mejor que nadie por el maestro Losa.

En Cineuropa tan pronto visitaba películas de genios a los que ya conocía (recuerdo con especial agrado un completo ciclo de Eric Rohmer) como descubría que puede haberlos en Finlandia (Aki Kaurismaki) o en Hong Kong (Wong kar Wai y su maravillosa belleza, ‘2046’), o en Japón (conocí al maestro Ozu) o en Alemania o en Estados Unidos o en Argentina o, por supuesto, en Francia (ah, ‘La chica del puente’). Vi películas buenísimas que te disparaban directo al corazón (Losa siempre disfrutó con las películas que te impactan, y recuerdo en especial ‘Sweet sixteen’ y ‘El dulce porvenir’), otras en las que se paraba la realidad (‘Elephant’)… y alguna otra, como la del mexicano aquel cuyo nombre no quiero recordar, que me parecieron un bodrio (Losa se rió cuando se lo dije; “Es un genio”, comentó).

Cada mes de noviembre el cine se apoderaba de mi vida, la guiaba. Esperaba con ansiedad a que llegara noviembre para que, en dos y hasta en tres películas diarias a las que iba tras ajustar mi agenda laboral hasta límites insospechados (bendita locura), Cineuropa me sorprendiera con su belleza y con su calidad sin patria. Descuidaba, o desplazaba, todo: noviembre era por y para el cine.

Pasaron los años. Mi vida se ajustó, por fin y para mejor. Aunque sin saber muy bien por qué, llevo ya bastantes años sin pisar Cineuropa, que sé que sigue atrapando en Santiago a todo amante del cine. Desde Bertamiráns, tan cerca y tan lejos, recuerdo con nostalgia los tiempos en los que mi vida se volvía caótica y se iba un mes en una sala: ese tiempo en los que no importaba nada más, que noviembre era el mes del cine.

Un abrazo, Julia

3 Noviembre, 2014
por Antonio Pais
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Hombres con una misión

Querida Julia:

Acabas de cumplir cuatro años, y tengo que ponerte un sobresaliente en la misión que te puse cuando llegaste al mundo: hacerme feliz. En cuatro años preciosos has ido más allá de esa misión: creo que me has hecho crecer como persona, creo que me has aportado estabilidad y control de mí mismo, creo que me has enseñado mil veces que la vida es algo más que preocuparse en exceso por cosas con fácil solución. Tú has sacado matrícula de honor en una misión que has cumplido sin saber que se te había encomendado. Quizás haya sido lo mejor, quizás no saber de misiones sea la mejor forma de cumplirlas. Pero cuando vayas cumpliendo años, ten cuidado: a lo mejor te quedas encallada en alguna misión.

Que no te pase como a Joseph Blatter, un sufrido ciudadano suizo de 78 años que recientemente anunció que se presentará a la reelección como presidente de la FIFA, cargo que ostenta desde 1998 tras haber sido antes vicepresidente. De ser elegido, Blatter iniciaría su quinto mandato en la presidencia. “Sientes que tienes una misión, y que esa misión no ha acabado”, dijo Blatter al anunciar su decisión de seguir.

El pobre Blatter dio a entender que a sus 78 años está en perfectas condiciones para asumir otro mandato. Pero que si decide seguir es porque las asociaciones nacionales “me pedían por favor sigue, sé nuestro presidente también en el futuro”. La impresión que queda es que él quizás querría acabar con todo ya e irse a su casa, pero no puede: está atrapado por su misión, secuestrado por la enorme responsabilidad de servir al fútbol, de hacerlo cada día mejor: el fútbol no puede vivir sin tipos como Blatter, dispuestos a dar su vida por el bien de su gran pasión. Y bien mirado, ¡qué caramba, 78 años no son nada!

Siente uno lástima viendo a Blatter, aunque eso se compensa de inmediato cuando se recuerda todo lo bueno que ha hecho por el fútbol: lo ponderado de sus decisiones, la paz que siempre busca con ellas sacando al fútbol de vanas polémicas, el altruismo que muestra con su comportamiento siempre distinguido, señorial, la huida que hace de todo protagonismo; y se compensa todavía más cuando se presiente lo bueno que aún tiene por hacer: lo mejor está por llegar. Pero el suizo ya no es un muchacho, y los amantes del fútbol tememos por su salud: la maldita misión puede acabar con ella.

Porque se intuye que, como ocurre con los mejores matrimonios, sólo la muerte será capaz de separar del fútbol al dadivoso, espléndido en su generosidad y en su entrega Blatter. Recuerda, Joseph, lo de Julio Humberto Grondona, que llegó a la presidencia del fútbol argentino en 1979 y su corazón el pasado mes de julio de 2014 dijo basta cuando el hombre seguía al pie del cañón, a sus 82 años, velando más por la salud de la AFA que por la suya propia. Que en paz descanse.

Que tenga cuidado Blatter y que tengan cuidado tantos héroes sufridores en silencio mientras cumplen su misión. En España también tenemos un caso claro: que se cuide Ángel María Villar, todo entrega y buen hacer desde que en 1988 fue elegido presidente de la Federación Española de Fútbol. Villar tiene la ventaja de ser más joven, sólo 64 añitos… pero el cuerpo las hace y el cuerpo las paga. Y Villar lo ha hecho tan condenadamente bien que ha sido reelegido presidente seis veces. Una labor ímproba, aunque, como sucedió con Grondona, su increíble capacidad de trabajo y de gestión aún le han permitido tener un cargo también en la FIFA… que preside Joseph Blatter.

Cuídense, eternos jóvenes, que tanta dedicación al final sale cara. El fútbol, qué carajo, los necesita; pero piensen por una vez en sí mismos y olviden que su misión aún no ha terminado. Nadie les reprochará nada, del mismo modo que corren el peligro de que al final no se valore su sacrificio.

Un beso, Julia

23 Octubre, 2014
por Antonio Pais
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¿Qué haces tú allí? (A José Luis Abós)

Querida Julia:

 

Veo en ‘El Mundo’ una foto de portada impactante, espectacular. La foto muestra a varios hombres, de raza negra, subidos en lo alto de la valla que separa Marruecos y Melilla: buscan su Edén, occidente; huyen del hambre y de la vida de última clase, con la promesa de subir algún día al tren de primera. La foto también muestra, a unos metros tan sólo de los hombres encaramados a la valla, a varias personas jugando al golf. Sí, la vida es injusta. En tu sencilla interpretación de las cosas, tú también te sientes muchas veces perseguida, Julia, u objeto de alguna injusticia; ya lo dijo muy bien Serrat: nada ni nadie puede impedir que sufran (los niños). En todo caso… sí, la vida es injusta.

En nuestro mundo, el occidental, y aunque no se pueda comparar con el drama de hombres que se tienen que encaramar durante horas a una alta valla en su huida de la enfermedad, del hambre, de la miseria… pues en este mundo nuestro también hay cosas muy injustas. Aquí, y es la única situación de igualdad con las tierras de la miseria, también llega la muerte; y a veces lo hace de forma que nos parece precipitada, en el momento y a la persona que no tocaban, cruel.

Como la de José Luis Abós, 53 años, zaragozano que estaba en el mejor momento de su vida profesional y personal. Un gran entrenador de baloncesto (fue tan bueno que triunfó con estrépito en una ciudad tan difícil para los de casa como Zaragoza) y una gran persona: humilde, honesto, sincero, de sonrisa perenne y buen talante. Hace unos meses, cuando ya planificaba una nueva temporada con el CAI, llegó la noticia cruel: Abós tenía que dejarlo, no podía seguir por una enfermedad. La enfermedad era un cáncer. Pregunté y me dijeron que la cosa tenía la peor pinta. Lloré entonces, lloro ahora.

Unos meses antes, en la sala de prensa del pabellón Fontes do Sar, tras un Obradoiro-CAI Zaragoza en el que me tocó trabajar, había saludado a José Luis Abós. O más bien quise darme a conocer, ver si me recordaba después de tantos años: “Hola, soy Antonio Pais, ¿te acuerdas de mí? Entre 1990 y 1994, cuando empecé como periodista en Zaragoza, hablaba mucho contigo… por teléfono, que cada martes y cada jueves hacía una página de baloncesto regional en ‘El Periódico de Aragón’. Y te vi dirigir algunos partidos al equipo júnior del CAI. ¿Te acuerdas, José Luis?, alguna vez te saludé y hablamos, ya cara a cara”. Eso era lo que pensaba decirte.

No me diste tiempo. Me viste y fuiste tú el que me preguntó: “Hombre, ¿qué haces tú aquí?”. Porque te acordabas perfectamente de mí, y eso indica muy bien lo que eras: una persona normal, un tipo al que los éxitos no habían cambiado un ápice: un amigo de sus amigos de siempre, alguien que en el triunfo no olvidaba sus inicios. Y lo cierto es que la pregunta, qué haces tú por aquí, te la podía haber hecho yo, José Luis: para ser sincero, sobre todo en un principio me costaba verte como primer técnico del CAI, o de un equipo puntero de la ACB: yo llevaba asociada tu imagen a la de entrenador en las categorías de formación: ahí eras el mejor, ahí fuiste dos años campeón y otra subcampeón de España junior con el CAI, tres años seguidos; y otro más campeón infantil. Un maestro.

Pero no te conformaste con ser el mejor en la base. Supiste absorber y ampliar conocimientos como ayudante de grandes entrenadores: Mario Pesquera, Alfred Julbe. Gustavo Amanzana, Edu Torres… y diste el paso de ser primer técnico en la LEB: Bilbao, Lugo, Mallorca, Girona… y hasta, amante fiel del baloncesto, tuviste el valor, la fuerza y la humildad de seguir formándote como entrenador un año en la liga universitaria de Estados Unidos.

Y en 2009, el gran premio: primer entrenador del CAI Zaragoza. La oportunidad, no es casualidad porque es un presidente excepcional, te la dio Reynaldo Benito. Y le respondiste: repito, fuiste tan bueno que lograste ser profeta en tu tierra… siendo tu tierra Zaragoza. Devolviste al equipo al lugar que nunca debió abandonar, la ACB, y después firmaste varias temporadas magníficas: el CAI ¡semifinalista!

Como técnico fuiste muy bueno, como persona fuiste aún mejor. Pero ahora el periodista joven e ilusionado al que un día trataste tan bien, el mismo periodista al que recordaste de inmediato, en un lugar tan lejano y tantos años después, sólo te puede preguntar: “Hombre, José Luis, ¿qué haces tú por allí, por el cielo?”.

Un abrazo, Julia

10 Octubre, 2014
por Antonio Pais
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Danzad, danzad, benditos

Querida Julia:

Te gusta la música, y te gusta bailar. Te basta con escuchar una melodía para mover los pies, para intentar componer un baile, para danzar y mostrar así tu alegría. Y en ese sentido te da igual un éxito actual que otro antiguo o que una muñeira (a tu modo): tú bailas; con mucha gracia y cierto sentido del ritmo, por cierto. Ya sabes que yo todas estas cosas las veo con mucho agrado, y por eso bailas y sonríes al sentirte observada: nada te gusta más que comprobar que seguimos tu actuación, y es sorprendente cómo vas ampliando tu repertorio. El baile, la música: símbolo de alegría.

No eres la única a la que le gusta bailar, claro.  Aunque algunos parece que lo tienen prohibido. En la última jornada de la Liga de fútbol, Cristiano Ronaldo marcó el primer gol de su equipo, el Real Madrid, en el partido frente al Athletic de Bilbao. En la celebración el propio CR, James y Marcelo (tres jugadores blancos) bailaron unos segundos, a mi gusto con mucha gracia y mucho sentido del ritmo, y conjunción. Como aquí hay para todo, ha habido quien ha hablado de falta de respeto al rival en la celebración.

En ocasiones hemos hablado de la mentalidad un tanto infantil de Cristiano, pero en este caso lo libro de todo pecado: a mí me parece que está muy bien mostrar tu alegría y celebrar un gol con un baile, sobre todo si es ante tu afición; y no veo falta de respeto por ningún sitio, sino más bien espontaneidad: está muy bien celebrar un gol, la mayor alegría del fútbol.

Y no voy a cambiar el rasero según quién baile, que la danza del otro día es una ‘exportación’ de James: la llevó desde la selección colombiana al Real Madrid, y nadie, creo, habló de falta de respeto cuando bailaron los ‘cafeteros’ en el Mundial… de la misma forma que se ve del todo natural que los jugadores de Brasil celebren un gol con una samba… o del mismo modo que a nadie, creo, le molestaba que Roger Milla, tras marcar con Camerún en el ya lejano Mundial del 82, se fuese al córner a mover la cintura.

Bailar es alegría, el gol es alegría. Y siempre que se haga con naturalidad y sin falta de respeto (que hay que ver cada caso), celebrar un gol bailando está bien. Si se marca un gol hay que celebrarlo. Por eso tampoco estoy muy de acuerdo con esos jugadores que le marcan un gol a su antiguo equipo y no lo celebran, o hasta piden perdón, por un supuesto respeto: si no quieres ofender a tu antiguo equipo, lo tienes fácil: dispara fuera, no marques gol; claro que entonces ofenderás al equipo que ahora te paga, el que lo hace esperando que marques con él muchos goles… y que los celebres.

Un beso, Julia

 

 

3 Octubre, 2014
por Antonio Pais
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Blancanieves

Querida Julia:

Hay una escena en ‘Blancanieves’, de Pablo Berger, en la que podría embotellar la fascinación que me produce la película. Hablando de padre a hija, no es difícil de prever. Sí: es la escena en la que el padre, el torero Antonio Villalta, que ha quedado inválido tras ser cogido por el toro ‘Lucifer’, ve por primera vez a su hija. “Perdóname, mi amor”, le dice a Blancanieves/Carmencita, la hija a la que rechazó nada más nacer ésta, culpándola de la muerte en el parto de su gran amor, Carmen de Triana (Inma Cuesta); la niña, que no sabe lo que es el rencor,  lo perdona y se lanza a sus brazos. En los ojos de un espléndido actor, Daniel Giménez Cacho, se puede ver en esa escena la devoción de un padre por su hija; en esos ojos, al menos, me vi representado; y sentí tu abrazo. Como en otros tantos aspectos, o en tantas y tantas imágenes, ‘Blancanieves’ tiene ahí magia: la magia de lo que es una obra maestra del cine español.

Debo confesar mi culpa: hasta hace unos días no había visto la película.. que es de 2012 y recibió elogiosas críticas y numerosos galardones; pero yo no la había visto. No me preguntes por qué: ni yo mismo lo sé. La película, en todo caso, me ha parecido una maravilla: la grandeza del cine, desde su fascinante blanco y negro hasta el silencio de las palabras, rescatado por la brillante sonoridad de la música compuesta por Alfonso de Vilallonga. Y la clave de todo: la extraordinaria adaptación del cuento de los hermanos Grimm (la película recuerda también de forma intensa a Cenicienta) a una realidad española, a la Sevilla del flamenco y los toros, del matador y la tonadillera.

Con su espectacular música, con excelentes actores, con esa idea genial de filmar en blanco y negro y sin palabras que nos lleva inmediatamente a pensar en la excelente ‘The Artist’ (Pablo Berger lo lamentó en sus explicaciones: su idea fue muy anterior, pero la película francesa, también muda y en blanco y negro, llegó antes), ‘Blancanieves’ emociona desde el inicio; como desde la entrada se puede ver que todo está en su sitio, muy bien puesto: no falta una coma, no sobre un punto: arte a flor de piel, arte español.

Antonio Villalta, el gran torero, se enfrenta en la plaza a seis toros. En la grada lo siguen, nerviosas, su mujer, Carmen de Triana, la famosa artista flamenca, y la madre de ésta, que interpreta de manera espectacular Ángela Molina: el talento, la actriz. La sonrisa nerviosa del torero, sus rezos antes de la actuación, no sirven de mucho: ‘Lucifer’, el sexto toro de la tarde, lo arrolla. Y en el hospital hay dos dramas: Antonio tratando de sobrevivir, Carmen con doble tarea: seguir ella y dar vida a su hija; logra lo segundo, no lo primero.

Antonio, quizás ya en las redes de su enfermera, su posterior mujer a quien interpreta de forma magistral Maribel Verdú, no quiere ni ver al bebé Carmencita. La niña Blancanieves (increíble, tremenda en su papel Sofía Oria) se queda así con su abuela: con ella, y con su gran amigo el gallo Pepe, crece y vive su primera comunión; junto a los dos sufre el enésimo rechazo del padre, a quien sabe en un coche que escapa y que nunca podría alcanzar. La abuela la rescata bajo una mesa, en otra escena para enmarcar: el llanto de la niña por el no del padre se olvida (ah, la bendita inocencia de los niños) con el sentir de la música, con el alegre flamenco: sale la vena artística de Carmencita. La abuela (qué gran muerte) no puede resistir tanto ajetreo y la niña pasa a vivir con su padre y con su madrastra, que la humilla con los peores y más duros trabajos.

La película, como te dije, ofrece para mí lo mejor cuando la niña desobedece a la Verdú (prohibido ir al piso de arriba) y va al encuentro de su sangre, del padre marginado en una silla de ruedas, también humillado por la perversa madrastra que se ha quitado la careta. La escena sin palabras del reencuentro (o descubrimiento) lo dice todo: estremecedora, brutal en su ternura. Cuando la madrastra, ajena a todo, no mira, Antonio le da clases a su hija: Carmencita, la torera. Pero la madrastra Verdú no tarda en descubrir la, nunca mejor dicho, faena. Y su venganza se la sirve (y hace comer de ella a la niña) en plato caliente: pollo ‘en Pepetoria’. Cruel.

Tras escapar de la muerte a la que la condena su madrastra, Carmencita (ya Macarena García) encuentra su otra vida… y la otra excepcional adaptación del cuento en un giro mágico del guión: se une a siete enanos toreros, incluido Gruñón, un enano enamorado de la joven Blancanieves… ¡y hasta un enano travesti! Un espacio para el esperpento de Valle-Inclán.

Como el talento siempre sale por algún lado, un imprevisto le permite a Carmen descubrir su calidad torera. Pero como también, al menos en España, al talento siempre lo están esperando manzanas envenenadas, Carmen muerde en el coso, ya vestida de gran triunfadora, la que le ofrece la madrastra celosa de su fortuna; y todo en la misma plaza en la que su padre (aquí ya muerto) sufrió la cogida que lo dejó inválido.

Quedaba por saber si llegaría el beso salvador, el beso de amor que devolviese a la vida a Blancanieves. La película juega a darle una oportunidad a la esperanza y otra al final triste: ustedes eligen, viene a decir. A esas alturas no importa tanto; lo que queda es el filme genial, la magia del cine en 104 minutos de una historia que conmueve: más de hora y media de cine excelso, de talento puro, de película que pone cada cosa en su sitio sin que falte ni sobre nada. Yo, que soy un poco así, elegí el final triste: a Blancanieves ya la había rescatado para siempre la mirada enamorada de su padre, la que tan bien conozco.

Un beso muy fuerte, Julia.

 

19 Septiembre, 2014
por Antonio Pais
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Coach K: el hacedor de equipos

Querida Julia:

Si me pongo muy pesado me lo dices, no tengas problema. Pero, viendo lo que ha sucedido en el reciente Campeonato del Mundo de baloncesto, que se ha jugado en España, he tenido más clara que nunca una noción que considero básica: los deportes de equipo se hicieron para jugar en equipo, no para provocar lucimientos individuales. Te diré que tú como individualidad me pareces muy buena: me pareces simpática, ingeniosa, bonita; pero lo que me deja aún más feliz es verte jugar en el parque o en el colegio con tus amigas, o recibir informaciones de que te integras sin problema alguno en la dinámica del grupo, o ver que eres generosa: para mí que estás en el camino bueno.

Es el mismo camino que, estoy seguro, hace muchos años descubrió un entrenador de baloncesto, estadounidense descendiente de polacos. Su nombre, Michael Krzyewski: sí, mejor decir su apodo: Coach K.

En coherencia con la idea de que el baloncesto es un juego de equipo, debo confesar que nunca he sido un enamorado del que se practica en la NBA, la Liga Profesional de Estados Unidos… que me parece de largo  (y en esto no soy tan original) la mejor competición de baloncesto del mundo. Salvo gloriosas excepciones como los eternos Celtics de Boston o los actuales Spurs de San Antonio, quizás los Lakers del gran Magic Johnson o los Chicago Bulls del dios disfrazado de jugador de baloncesto, Michael Jordan, no he logrado ver (los que de verdad saben de baloncesto piensan muy diferente; yo, siendo honesto, no lo he percibido así) a equipos funcionando perfectamente como tales. Para mí, en resumen, la labor de equipo es, en general en la NBA, buscar el mejor escenario para que se luzca la figura de turno; buscar la superioridad. Claro que esas figuras abundan: en la NBA juegan los mejores talentos del mundo del baloncesto: los más rápidos, los que corren y saltan más, los más fuertes…

 

Por eso valoro aún más la lección de baloncesto que nos ha dado el equipo de Estados Unidos en el reciente Mundial. Y por eso destaco la labor de su extraordinario técnico, Coach K. La verdad es que ya había llovido: desde 1984, cuando los estadounidense ‘fabricaron’ un conjunto tremendo, una máquina de baloncesto dirigida por Bobby Knight, un bloque con un jugador que ni viéndolo nos cupo en la imaginación, un tal Michael Jordan… pues desde entonces no había visto un equipo-equipo tan formidable como éste.

Todo el mérito, todo el crédito, para Coach K. El técnico encontró numerosos obstáculos cuando tuvo que fabricar el equipo: renunciaron los mejores (el increíble LeBron James y el fenómeno Kevin Durant a la cabeza), se lesionó otro pilar (Paul George), alguno más llegó sin rodaje (Derrick Rose). A Coach K le dio igual, él simplemente se dedicó a hacer lo que mejor sabe: lo que lleva haciendo desde 1980 en la universidad de Duke, en un puesto que no ha abandonado pese a las numerosas ofertas de ir a entrenar… a la NBA.

El mayor mérito de Coach K, a mi modo de ver, fue convertir a jóvenes figuras de la NBA en un equipo que funcionó con armonía: un conjunto en el que todos atacaron y defendieron muy bien, un conjunto en el que todos pusieron su elevado talento al servicio del colectivo. Bajo la experta batuta de Coach K, que repartió minutos entre sus doce jugadores desde el primer partido, la máquina se fue engrasando de tal modo que los partidos fueron cada vez más una exhibición de potencia, de velocidad, de calidad, de un ritmo frenético y constante que los rivales estaban muy lejos de poder seguir: las amplias diferencias en el marcador fueron, así, algo lógico.

Con Coach K de guionista impusieron su ley bajo los aros el formidable ‘Mainimal’ Faried o el coloso Anthony Davis o el irascible Cousins; lucieron su ametralladora tiradores como Curry, Irving o Thompson; Hardem confirmó que no destaca, ni mucho menos, sólo por su poblada barba: es todo calidad, la misma que DeMarcus DeRozan mostró con cuentagotas, pero que estaba ahí… como la de Rose, que consiguió lo imposible: a base de fallos demostró que tiene tanto talento para el baloncesto como el mejor.

Y viéndolos jugar, correr, saltar,  defender, atacar… disfrutar en la cancha, reía por dentro el hombre siempre serio por fuera, un hombre de 67 años de baloncesto: Mike Krzyewski, Coach K, el técnico que confirmó que las estrellas brillan más si lo hacen todas a la vez: el hacedor de equipos.

Un beso muy fuerte, Julia

PD: Me resistía a hacerlo, pero no puedo. Pese a que ya sabes que no me gustan las comparaciones, esta vez es inevitable: si Coach K es un magnífico entrenador, Juan Antonio Orenga, el entrenador de la selección española, es un pésimo entrenador; si Mike hace equipos, el tal Orenga los deshace; si Mike repartió minutos con sabiduría, Orenga se pasó en la distribución (Pau Gasol, 29 minutos contra Serbia siendo España ya primera de grupo) o los negó (Abrines, tres minutos en ese partido); si Mike sabe leer perfectamente el baloncesto, Orenga es maestro en perder partidos ajustados…

No diría esto de Orenga si (y en esto tampoco soy original) no lo pensara antes de jugarse el Mundial. Puede discutirse si Orenga estuvo solo, o en compañía de otros, a la hora de llevar al equipo español a la debacle; lo que para mí no tiene discusión es que el tal Juan Antonio, simplemente, es un entrenador muy malo.

 

14 Septiembre, 2014
por Antonio Pais
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El enigma Iker

Querida Julia:

Tienes casi cuatro años. Si miro hacia atrás y busco el peor día en la relación que, como padre y educador, he tenido contigo, no tengo dudas: una jornada de verano que fue feliz la transformé en infeliz, en digna de olvido, con una decisión. Tú tenías casi tres años, estábamos en Portosín y habías reído y jugado toda la tarde con tus primos, los hijos de mis hermanos. Cada vez es más raro que estemos los cuatro hermanos juntos, pero el caso es que ese día coincidimos: allí estaban tus siete primos Pais. Se acercaba la noche y hubo que tomar la decisión: irnos a casa o quedarnos a cenar con ellos; en mala hora, y sin motivos de peso (sí lo era precisamente disfrutar de esa rara ocasión de estar juntos), decidimos lo primero. Y fue en mala hora porque tus primos ya se estaban sentando a la mesa de un restaurante para cenar: cuando pasaste junto a ella y viste la situación, la rabieta que cogiste fue de campeonato: llorando fuiste todo el viaje (con caravana fue más largo) a Bertamiráns, y llorando te dormiste después.

No te culpé entonces, y no te culpo ahora al recordarlo: tú te rebelaste ante una injusticia, ante una decisión de tus padres que no podías comprender: te estaban privando de la felicidad. La sensación que me quedó a mí fue que te había fallado; la sensación que tuve entonces y que tengo ahora es que fui injusto contigo, que te castigué sin motivo ni causa. Y la única nota un tanto positiva que saqué, que saco, es triste: te preparé para un mundo malvado.

He vuelto a pensar en ese día hoy, sábado por la noche. Por la tarde se ha jugado el derbi madrileño: el Atleti ha ganado 1-2 en el Bernabéu. Pero lo más llamativo del choque es que gran parte del estadio, la afición blanca, ha pitado con fuerza al portero de su equipo: a Iker Casillas. Y lo más curioso de todo, siendo muy curioso, no es que la afición del Real Madrid pite a rabiar a uno de sus símbolos. No: lo más curioso ha sido que no había razón alguna para esos pitos, que comenzaron al encajar el Real Madrid el primer gol… que en absoluto fue culpa del portero, como sí decidió, caprichosa, la afición: un córner al primer palo y un rival que remata con cuatro defensas al lado.

La situación, en todo caso, se enmarca en lo que para mí es un caso que el mejor psicólogo dudo que pudiera resolver. Iker Casillas lleva toda su vida en el Real Madrid y, a mi modo de ver las cosas, en ese tiempo ha dejado un reguero de virtudes: en el campo ha sido uno de los mejores porteros que jamás he visto, y desde luego el más ganador: ha sido clave para que su equipo, el Madrid, y su selección, España, ganasen Ligas, Copas, Ligas de Campeones, Eurocopas, ¡un Mundial!… y siempre se le ha visto una conducta intachable con sus rivales y una lealtad absoluta a sus colores.

Así que las razones de tanta persecución hacia él, y desde su propio bando (por parte de tanto rival derrotado sí se comprendería) las desconozco, no las puedo comprender. Será porque es alto y guapo; será porque se casó con una chica también muy guapa y han tenido un hijo que promete ser alto y guapo; será porque ser un triunfador se puede pagar muy caro, será por la ‘maluntocracia’ de la que habló mi amigo Gonzalo… no lo sé. El caso es que ya hace vasi dos años que comenzó la absurda cacería del portero Iker Casillas, la espera del mínimo fallo para atizarle.

La pasada temporada, Iker rindió con nota muy alta con el Real Madrid. Por otra decisión incomprensible, nunca vista, Casillas jugó la Copa y la Liga de Campeones, pero no la Liga española; curiosamente, el equipo blanco ganó las dos competiciones que jugó Iker, que encajó un gol en toda la Copa del Rey y lo hizo todo muy bien en la Liga de Campeones hasta que en la final se tragó un gol que pudo ser fatal: ese fallo (grave) es lo único que se recuerda.

 

La impresión que me queda desde fuera es que ha sido el propio club, el Real Madrid, el que tomó con gusto la semilla que en su día fabricó un malnacido, la tiró a rodar a la nieve y ha dejado durante meses que la bolita haya ido creciendo: ahora es ya una señora bola que parece imposible de sujetar… salvo que surjan de nuevo los guantes salvadores de quien, a sus 33 años, aún está a tiempo de recordar que, posiblemente, es el mejor portero del mundo.

Un beso, Julia. Y perdona por lo de aquella mala tarde.

6 Septiembre, 2014
por Antonio Pais
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Bailaches, Carolina

Querida Julia:

Te veo jugar, saltar, correr, disfrutar… y pienso en ti como deportista. Ya te lo dije alguna vez: me da terror ser el típico padre que quiere tener una hija campeona de algo: el típico padre entrenador que machaca a su hija hasta que ésta logra éxitos… o no. Si una cosa tengo clara es que tú serás lo que quieras ser; y, ya hablando de deporte, llegarás donde puedas y quieras. Eso sí, lo que te voy a exigir es que, dados los beneficios, hagas deporte; y creo que para eso no te voy a tener que insistir mucho: lo llevas en los genes.

Cuando yo era joven (hace mucho) entre las mujeres en España había una cultura deportiva muy débil. Eran una minoría muy ninoritaria, si se me acepta la expresión, las mujeres que hacían deporte. Y eso se dejaba notar en los resultados en la elite: apenas triunfos destacados de las españolas. Recuerdo, así por encima, a algunas jugadoras de baloncesto (Anna Junyer, Rosa Castillo, Marisol Pahíño), a dos excelentes tenistas (Arantxa y Conchita)… y poco más. Se llevaba más la atroz cultura del ‘marimacho’, y creo que se me entiende.

Ahora acabo de ver el excepcional triunfo de Carolina Marín en el Campeonato del Mundo de bádminton, una especialidad deportiva que siempre que veo me deja el mismo pensamiento: qué difícil es jugar a esto, aúna dificultad técnica con una exigencia física brutal. En Galicia es famosa la canción, tú ya la conoces: -¿Bailaches, Carolina?; -Bailei, sí señor. En la final de Dinamarca el baile de Carolina ante la Federer del bádminton, la china Li, fue precioso. Creo que no fui el único que se emocionó viendo tan sensacional actuación: Carolina fue un prodigio táctico, técnico, físico y competitivo: la Federer china, campeona olímpica y mundial, encontró a su Rafa española: qué grande.

 

Así que España encontró a otra pionera en un deporte poco mirado. Y lo mejor es que el triunfo de Carolina este verano se suma a las prodigiosas actuaciones de las chicas en waterpolo, o de la saltadora de altura Ruth Beitia, o de la maratoniana Sandra Aguilar (un abandono nunca puede ocultar una proeza; la lucense volvió a recordarnos que el éxito y el fracaso son dos impostores que van de la mano) o de la nadadora Mireia Belmonte o de las de la sincronizada (en los Europeos de natación España logró trece medallas… todas en categoría femenina). Sé que en la lista merecerían entrar muchas más: todas las que compiten merecen estar aquí: a todas, mi enhorabuena.

Porque el dato es el que es: el deporte femenino en España brilla como nunca: un dato que me llena de orgullo y satisfacción. Olé por las chicas, y que sigan los éxitos. Y que, sobre todo, siga la racha de que la cultura deportiva cala cada vez más profundo en ellas.

En mi pequeño rincón, yo pienso en el día en el que te pueda preguntar: -¿Bailaches, Julita? y tú me respondas, toda orgullosa: -Bailei, sí señor, toda acalorada después de haber hecho el deporte que a ti te dé la gana y en el nivel que a ti más te guste, y tras haber ganado o tras haber perdido.

Un beso muy fuerte, Julia. Hoy estás caprichosa: has pataleado y has llorado, ¡a tus casi cuatro años! porque no te querías vestir con la ropa que había elegido tu madre; ahora estáis las dos en la calle… y tú, alegre y contenta con la ropa que tanto rechazabas hace unos minutos.