Hewitt como espejo

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Querida Julia.

 

Tu madre te lo recordó hace poco. Estabas (como de costumbre) un tanto remolona para hacer una labor, no prestabas atención. Y te repitió el mensaje: “Para lograr las cosas hay que esforzarse; sin esfuerzo no consigues nada”, te dijo. La cosa no funcionó de verdad hasta que recurrió a la vieja táctica: teníamos pensado ir al cine, a ver a Carlitos y Snoopy (lo pasamos muy bien; muy recomendable para hijos y padres). Y cuando minutos después hablaste con tu abuela Chelo, tú misma se lo comentaste: “Vamos a ir al cine, pero porque me he esforzado”, le dijiste; acababas de terminar, y bien hecha, tu labor: ¡Estás aprendiendo a leer!

Lleyton Hewitt, el gran tenista australiano, habló en términos similares tras perder el último partido de su carrera deportiva: ya había anunciado que el Abierto de Australia iba a ser el último de su carrera, y tras caer ante David Ferrer (espectacular el comportamiento de éste, su aportación en el emotivo homenaje que una grada rendida tributó a Lleyton). El ‘aussie’ habló así: “Me voy contento, por que siempre, en todo momento, en todo partido, di el cien por cien de mi capacidad”.

No hacía falta que lo dijese, la verdad. Quien durante los ¡20 años! que estuvo en la primerísima línea del tenis mundial haya visto a Hewitt sabe que quien se midió a él tuvo dura competencia: un rival rocoso que le exigió máxima concentración y sin descansos.

En sus primeros años, Hewitt fue para muchos de nosotros el tipo mal encarado que quería ganar como fuera a los nuestros (y los nuestros eran Ferrero, Moyá, Costa o Nadal; o la nuestra era la inolvidable Copa Davis que al fin se ganó en Barcelona… con Lleyton enfrente, poniéndolo difícil). Pero el paso del tiempo cambia muchas cosas, y qué gran verdad es que el tiempo pone a cada cual en su sitio. A Hewitt lo puso en un sitio muy alto: más allá de ganar o perder (aunque ganó mucho: número uno mundial, Wimbledon…), el recuerdo que quedará del jugador australiano es el de un feroz competidor, un jugador que, en efecto, dio o intentó dar su cien por cien de la primera a la última bola de cada partido: un deportista, un señor tenista.

Sí, porque, más allá de que su célebre “Come on” sonase un tanto provocativo y lejos de lo que se entendía como deportividad hace 20 años, la imagen de chico rebelde y de, por qué no decirlo, de maleducado que nos pareció ofrecer Hewitt fue variano. Punto a punto y partido a partido unos y otros nos fuimos convenciendo de que el espíritu de lucha y de superación, el no darse nunca por vencido por superior que pareciese su rival (memorable el partido de la Copa Davis en la que superó la pérdida de los dos primeros sets ante un genio llamado Roger Federer) era lo que estaba en el ADN de ese tenista rubio australiano.

Así que Lleyton fue pronto un espejo en el que se miraron chicos que querían ser algo en el mundo del tenis. Para ganar había que ser valiente y osado, competir siempre y no venirse abajo nunca: el “Comen on” de Lleyton fue pronto el “Vamos” de Rafa Nadal, y nadie se sintió ya ultrajado. Y como vimos que detrás de esos gestos y de ese luchar siempre había un deportista nato, empezamos a admirar al ‘aussie’. Por eso, ante la que probablemente iba a ser su despedida a Lleyton le llegaron  millones de muestras de agradecimiento, reconocimiento y admiración desde todas las partes del mundo: también desde España.

Hewitt no las escuchaba: mientras un nervioso Ferrer era el último que sufría para ganarle, él se mostraba el puño y se lanzaba su mensaje favorito: sólo iba dos sets abajo y perdiendo en el tercero, y en todo caso hasta el final debía dar su cien por cien, vender cara su piel.

Un beso, Julia. Y gracias y hasta siempre, Lleyton Hewitt: fue un honor sufrirte como rival.

Author: Antonio Pais

Nacido en Zaragoza el 19 de abril de 1965; maño, aunque hijo, sobrino, nieto, bisnieto, tataranieto… de gallegos. Licenciado en Derecho, periodista deportivo desde 1989, desarrollando su labor en periódicos como El Periódico de Aragón, El Correo Gallego y Marca. Desde hace diez años compagino la información deportiva con la médica, en el periódico electrónico El Médico Interactivo. Casado con Mónica, desde octubre de 2010 somos padres de Julia.

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