Para llorar

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Querida Julia:

Veo las imágenes en la televisión. Llegan frescas de Portugal: en los aledaños de un estadio de fútbol, un aficionado que lleva puesta la camiseta del Benfica es apaleado con saña y apariencia de falta de escrúpulos por un policía, que lo reduce y le pone las esposas. La imagen la completan los que, según se nos explica, son el padre y el hijo del aficionado: el abuelo también es zarandeado, y el niño llora impotente viendo cómo su padre es golpeado y él no puede ayudar en nada, no puede acercarse ante la lluvia de golpes: sólo puede llorar, y también pedir que suelten a su padre. Es inevitable que le ponga tu cara a la del niño rubio, el que llora por lo que parece un abuso de autoridad en toda regla de un malnacido vestido de policía; es inevitable que piense que yo podría muy bien ser el aficionado apaleado y esposado por protestarle al policía cretino. Llora el niño, y a todos nos dan ganas de llorar.

El malestar crece cuando da paso a la reflexión, cuando piensas en la relación cada vez más frecuente entre el fútbol y la violencia. Las imágenes que nos llegan de Portugal se suman a las que, cada vez con más frecuencia, nos llegan de Argentina, o de México, o de Tailandia, o de Rusia, o de Inglaterra, o de Serbia… o de España, que tenemos lo nuestro: mientras hablo, llegan las de un aeropuerto y unos cretinos agrediendo, al parecer en nombre del Real Madrid, a aficionados con la camiseta del Barcelona.

El denominador común es el fútbol como perfecto caldo de cultivo para las actitudes violentas. Y uno, que simplemente adora ese viejo deporte llamado fútbol y que lo vive con pasión, pero de la buena: la de vibrar con un gol, la de festeja un triunfo, la de entristecerse con una derrota… siempre hasta la próxima dosis de cada cosa; pues el deportista se siente extraño, perdido en medio de la tempestad de absurda violencia. Y pasa del amor por el fútbol a detestar, casi diría odiar, a quienes quieren acabar con él a base de golpes, a base de no entenderlo, a base de justificar su miseria humana en la derrota del que llaman su equipo.

Los amantes del fútbol, del deporte, nos sentimos en estos casos como el niño del Benfica: impotentes y con ganas de llorar ante una violencia que no va con nosotros ni entendemos, pero que nos invade con fuerza: que lanza golpes a algo que queremos tanto.

Y da más ganas de llorar cuando después compruebas la reacción de los dirigentes del fútbol, tan dados a lanzar el mensaje tan rotundo: ‘Tolerancia con la violencia, cero’… un mensaje que mandan ufanos tras cada episodio grave de violencia pero que tardan sólo días en dejar aparcado en un cajón: así, vuelven a los campos las bengalas que quedaron fulminantemente prohibidas hace años, cuando una voló de grada a grada y segó la vida de un inocente pequeño en Sarriá; así, vuelven a las gradas de los campos los grupos violentos que políticos y clubes afirmaron que no tenían sitio; y así, se comprueba que todo se quedó en un patético amago de poner multas por realizar cánticos ofensivos.

La tolerancia con la violencia está muy lejos de ser cero. Responsables de atajarla somos todos, pero no parece que vayamos por el camino correcto. Y sí, da para llorar.

Un beso muy fuerte, Julia

Author: Antonio Pais

Nacido en Zaragoza el 19 de abril de 1965; maño, aunque hijo, sobrino, nieto, bisnieto, tataranieto… de gallegos. Licenciado en Derecho, periodista deportivo desde 1989, desarrollando su labor en periódicos como El Periódico de Aragón, El Correo Gallego y Marca. Desde hace diez años compagino la información deportiva con la médica, en el periódico electrónico El Médico Interactivo. Casado con Mónica, desde octubre de 2010 somos padres de Julia.

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