Querida Julia:
En el tenis, como en la vida, muchas veces pensamos (tiempo perdido, la verdad) en lo que fue y en lo que pudo haber sido. Esa oportunidad que se escapó, ese potencial que se quedó sin explotar. No nos damos cuenta de que el pasado sólo cotiza para aprender de los errores… en el presente y en el futuro. Puede, por qué no, que algún día seas una gran jugadora de tenis, aunque te confieso que no es mi sueño: prefiero que tengas una infancia y una adolescencias normales, que después hay mucha muñeca rota, y que yo las pueda ver de cerca. En todo caso, en el tenis y en la vida, no te pares a pensar en lo que pudo ser: cuando tengas algo entre las manos, haz lo mismo que haces con mi dedo ahora: apriétalo fuerte, que no se te escape.
Pensaba en esto viendo jugar a Juan Carlos Ferrero, Juanqui, el primer partido de una eliminatoria de Copa Davis ante Kazajistan que no parecía de Copa Davis: fría de ambiente y de temperatura en un pabellón de Oviedo seguro que muy bonito (en Oviedo no hay nada feo: son bonitas sus calles y sus gentes, su comida y su bebida, su verde y su cemento), pero imposible de calentar. Aunque Oviedo no tiene culpa alguna: el equipo español, borracho de éxitos, parece despreciar la competición: juega con su equipo C, los primeros espadas se suelen borrar de la primera eliminatoria, que la verdad es que les destroza laplanificación de la temporada. Así que el poco ambiente que había de inicio lo ponían unos entusiasmados kazajos: para ellos era una eliminatoria histórica, inolvidable.
Te decía lo de cerrar la mano para que no se escape lo que tienes porque la impresión que me ha dado siempre es que, de haber hecho eso bien Ferrero, ahora estaríamos hablando de un campeón mucho más grande incluso de lo que ha sido. Ferrero ganó un Roland Garros, varias Copas Davis (en la recordada final contra la Australia de Hewitt fue el gran protagonista, en otras no pintó tanto), fue número uno del mundo durante varias semanas… y eso es una barbaridad: olé, Juanqui. Pero, y no sé si es por exceso de afecto o por una confianza desmedida en sus posibilidades, lo cierto es que a uno le queda la sensación de que Ferrero podría haber cerrado bien la mano y ganar no uno, sino tres Roland Garros; o el Open USA cuya final cedió ante Roddick; o haber estado en el número uno mucho más tiempo (aunque en este punto tiene una excusa bien válida, las lesiones).
Juanqui, al que tuve la alegría de entrevistar durante un gran torneo, el de tenis en la arena de la playa de Luanco (cuando baja la marea: se juega por la noche, y al mediodía el agua tiene la altura de la red), fue para mí durante una etapa lo que durante los últimos años ha sido Rafa Nadal: el mejor jugador del mundo sobre tierra batida. Lo tenía todo: una rapidez increíble, no exenta de resistencia para aguantar lo que hiciera falta sobre polvo de ladrillo, todos los golpes, precisos y contundentes, táctica, capacidad de sufrimiento. Si de Alí se dijo que flotaba como una mariposa y picaba como una avispa, a Juanqui en Roland Garros lo apodaron El Mosquito: por su peso ligero y porque, en efecto, su ‘picadura’ hacía daño de derecha y de revés. Si no ganó más veces Roland Garros es porque en rondas avanzadas del torneo perdió batallas que tuvo medio ganadas: no la final contra Albert Costa, donde éste lo superó, pero sí algunas contra Fernando González, Kuerten…
Y las oportunidades no se quedan esperando, no vuelven. Así que Juan Carlos, con su inmensa clase, no ganó en mi opinión todo lo que podía haber ganado. ¿Falta de competitividad, más bien de agresividad, en momentos puntuales? ¿Apertura de puertas, aire para el rival en el momento más inoportuno? Puede ser: en todo caso, fue más una cuestión mental que técnica, táctica o física (y aquí, repito, con la salvedad de las lesiones).
Ayer jugaba Ferrero, ya en el ocaso de su brillante carrera, contra un joven kazajo de nombre curioso, Kukuskhin. Un kazajo que, por cierto, juega muy bien al tenis (entre los cien primeros de la ATP nadie es torpe) y que bien pudo ganar. Kukushin se levantó tras el inicio demoledor de Ferrero (6-1) y, en parte por sus propias cualidades y en parte porque Juan Carlos, amablemente, le abrió alguna puerta de más, llevó el partido al quinto set… y porque Ferrero remontó el tercero, en una prueba más de que su ‘problema’ tiene mucho que ver con lo mental, tras ir perdiendo 4-0.
En el quinto, y pese a empezar perdiendo 2-0, Ferrero ganó: 1-0 para España en la eliminatoria, que ya está casi resuelta tras superar después Almagro, otro talento con la cabeza algo dispersa, a Golubev. Volviendo a Ferrero, un último apunte: creo que no hubiera ganado este partido en un torneo individual: en la Copa Davis Ferrero encuentra el apoyo anímico, el respaldo, que le hizo ser en ocasiones el chico triste que entregaba la cuchara.
Me alegré por el equipo español, cómo no. Aunque no sufriré una gran desilusión si es el equipo kazajo el vencedor, algo muy improbable: pero su ilusión bien lo merece, y quizas yo también esté borracho de tanto beber de la Davis. Pero me alegré, claro. Más en este momento: digan lo que digan cuatro imbéciles vestidos de monigotes franceses (que hacen pasar vergüenza hasta a sus paisanos), el tenis español brilla porque ha hecho un trabajo impresionante en las últimas décadas: trabajo de base, trabajo de elite, trabajo individual y trabajo colectivo, trabajo de pistas y de despachos; talento bien entrenado. Me alegré mucho por Álex Corretja, el valiente que se ha hecho cargo del equipo en las duras y que será tan buen capitán como antes lo fueron Albert Costa o Emilio Sánchez Vicario, o los del grupo de tres capitanes o los del grupo de cuatro: también en cosas como ésta, la de elegir director de Davis, el tenis español confirma que es de oro. Que dure.
Un beso







13 febrero, 2012 at 17:20
Estimado Antonio Pais:
En primer lugar, te felicito por tu blog. Se agradece un espacio sensato de reflexión y debate sobre el mundo del deporte. Además, me gusta mucho el tono que das a tus artículos. En fin, enhorabuena; seguiré tus análisis con interés.
En segundo lugar, y a pesar de que en líneas generales estoy bastante de acuerdo con tus artículos, discrepo en un aspecto que para mi es un lugar común –erróneo- del análisis deportivo en general. El comentario tipo según el cual se lamenta que un determinado deportista haya quedado por debajo del (supuesto) nivel que le correspondía por aptitudes o calidad, debido siempre a cuestiones mentales, y que tú dejas traslucir en el caso de Ferrero. No me extenderé, pero señalo un punto de partida, a mi modo de ver, equivocado: se suele dar por descontado que las condiciones físicas de un superclase son independientes de las condiciones mentales, como si las primeras fueran las sustantivas o importantes y las segundas las adjetivas o secundarias. Pues bien, no estoy de acuerdo: ambas condiciones forman un todo inseparable entre sí, y lo mismo da (al nivel del que hablamos) que falten las unas o las otras.
Disculpa, no tengo más tiempo: ya continuaré.
13 febrero, 2012 at 17:49
Agradezco tu comentario, Pulga Voladora, porque siempre es de agradecer la buena crítica, la hecha con educación. Y la verdad es que es tu comentario me ha hecho reflexionar a mí… porque sí, creo que estás en lo cierto y es una crítica muy acertada. Muchas veces confundimos nuestros deseos con la realidad: son los nuestros los que tienen que imponerse, los que no pueden fallar (aquí recuerdo siempre al presidente forofo, el que abronca a sus jugadores: los defensas tienen que ser más rápidos y mejores que los delanteros rivales, y viceversa). La ‘cabeza’, la mentalidad, no es sólo una cualidad más de un tenista, sino que es la principal (es así en todo deporte, pero en tenis, si cabe, más). Siempre he pensado que Juanqui tenía que haber ganado más… quizás olvidando el nivel en el que se jugaba los cuartos; o que perdía, por ejemplo, con Kuerten, González, Gaudio… unos fenómenos. Recuerdo que de pequeño siempre escuchaba: si Conchita tuviera la rasmia de Arantxa, arrasaría porque técnicamente es mucho mejor. Y entonces, como tú ahora conmigo, Pulga Voladora, era yo quien replicaba: ya, y si mi abuela tuviera ruedas sería una bicicleta. Las cualidades son las que son, está claro; y uno ganó lo que ganó, no lo que pudo haber ganado.
Un apunte que no toqué en el artículo: el sol se ocultó para siempre para Ferrero, hablando del objetivo de ser el mejor, cuando tras lesionarse Juanqui, y en su intento de volver al trono, se encontró primero con que había surgido un tal Roger Federer y después, un tal Rafa Nadal; dos tipos que se lo han comido absolutamente todo (o casi) durante tantos años y que tenían en ese aspecto crucial, el mental, clara superioridad sobre Ferrero. Éste tampoco supo asumir esa inferioridad, la pérdida del poder, y ponerse en su sitio: hace pocos años, con el suizo y el balear ya firmemente asentados, dijo antes de jugarse un Roland Garros que se sentía tan favorito como ellos (¿?).
Gracias de nuevo.
19 marzo, 2012 at 10:14
Querido Antonio:
Creo que en un mundo tan competitivo como el del deporte profesional, uno no depende únicamente de su propio nivel sino del nivel de los demás. Por ello, creo que lo que te ha pasado con Ferrero es que tus expectativas han sido demasiado exigentes para él. Con otros jugadores tal vez te haya ocurrido lo contrario, es decir que pensaste que no ganarían nada en su vida y han sido grandes campeones.
También Marcelino tenía grandes expectativas para O Piston (vai dar moito que falar) pero no llegó- que yo sepa- al nivel del Faro.
16 abril, 2012 at 8:26
Genial comparativa de Pistón y Faro…
Animo a Rosmoncín a que siga enriqueciendo el blog con sus sagaces comentarios.
En lo referente al tenis, querido Antonio, me parece que Rosmoncín se refiere a Boris Bécker, ¿tú que opinas?
Besos