Sin palabras

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Querida Julia:

Tal vez un día, dentro de algunos años, pueda cogerte de la mano y hacerte una proposición muy decente: vamos al cine. Es lo que mi padre hizo conmigo en mi adolescencia: unas pocas veces, pero tan especiales, fuimos los dos solos a ver películas que quedaron para siempre en mi particular Olimpo: maravillas como ‘El golpe’, con Newman y Redford; o ‘Toma el dinero y corre’, donde reí a carcajadas por primera vez con un tal Woody Allen; o, siendo yo ya más mayor, ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’, donde conocí la belleza triste, o la tristeza bella. Sí, creo que estará bien copiar la iniciativa. Tendré que seleccionar con cuidado, pero seguro que entre las películas a escoger estará ‘The artist’, una maravillosa sorpresa muda que, en efecto, me ha dejado sin palabras.

Lo primero que me maravilla en ‘The artist’ es, como diría Manquiña, el concepto: cómo, en los tiempos que corren, cuando el mundo ya se creía infelizmente resignado a no ver grandes inventos en el cine, puede llegar alguien como un tal Michel Hazanavicius, con nombre más de jugador lituano de baloncesto que de director francés de cine, y decidir que el gran invento, en un momento en el que toda la novedad parece ser la de incorporar dimensiones a la pantalla… pues que no, que el invento es volver al pasado, hurgar en los cimientos del cine: ¡una película muda!

Olé por el tal Hazanavicius, del que no sabía nada. Su apuesta, atrevida y original, merecía tanto éxito. Pero es que además la película parece querer volver al primer cine en otro aspecto clave: ‘The artist’ es un canto a la ilusión, la que se respira durante los cien minutos que dura (hasta el metraje en ella es un número perfecto, cien, y los minutos pasan como deben pasar en el cine: sin que uno se dé cuenta pero sin querer que pasen, en medio de un deleite que te deja flotando).

En un tiempo sin sorpresas… agradables, marcado por la ausencia de creatividad, de originalidad, ‘The artist’ es un soplo de aire fresco. A mí me llevó, por las curiosas asociaciones de ideas que a veces tengo, a uno de tantos parajes inolvidables que contiene el libro de los libros: ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez. La increíble novela hace una pequeña alusión, cómo no hablando de mundos mágicos, al cine: cuenta cómo los habitantes de Macondo se indignaron “porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas de aflicción, reaparecía vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público, que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería”.

Sí. Como también se puede leer en ‘Cien años de soledad’, el cine es una máquina de ilusión. Y esto tan crucial es algo que a veces corremos el riesgo de olvidar con la visión reiterada de películas desnortadas, mal pensadas y mal paridas, con tanto guión vacío. Por fortuna, en esta situación de riesgo y de angustia siempre aparece una tabla salvadora como ‘The artist’ para reconciliarte con el mundo: vuelves a creer. No me parece casual que esta oda a la imaginación haya salido de Francia: en originalidad al cine francés hay pocos que le ganan, en mi opinión.

La película está capitaneada por dos estrellas: la decadente de George Valentin (Jean Dujardin), el rey (junto a su simpático perro) del cine mudo que se va a quedar sin trono con la llegada del sonido, y la emergente que personifica Peppy Miller (Berenice Bejo, la esposa del citado Hazanivicius en la vida real, actriz francés nacida en Argentina). A los dos, al fracasado y a la triunfadora, se los acaba queriendo por igual, como a los secundarios de lujo (John Goodman, Penelope Ann Miller, Malcom McDowell, sobre todo James Cromwell, que puede hacer tan bien de chófer fiel aquí como hizo de policía corrupto en ‘L.A. Confidential’ ) o al encantador perrito: todos son artistas, larga vida al artista. Y todos juntos hacen cine del bueno, cine sin palabras que habla con el corazón.

En ‘The artist’ nadie se queda en fuera de juego. Quieres a los actores, amas la música y sales pidiendo más películas de cine mudo. Aunque al final la maravilla deja un mensaje nítido: qué más da muda o sonora, lo importante es que una película se haga bien. Como ‘The artist’.

Un beso

 

 

Author: Antonio Pais

Nacido en Zaragoza el 19 de abril de 1965; maño, aunque hijo, sobrino, nieto, bisnieto, tataranieto… de gallegos. Licenciado en Derecho, periodista deportivo desde 1989, desarrollando su labor en periódicos como El Periódico de Aragón, El Correo Gallego y Marca. Desde hace diez años compagino la información deportiva con la médica, en el periódico electrónico El Médico Interactivo. Casado con Mónica, desde octubre de 2010 somos padres de Julia.

3 Comments

  1. Estupendísima crónica.
    La verdad es que es una película genial. La expresividad del protagonista, y la de su perro son difícilmente superables.

    En otro orden de cosas. Coincido con el comentario de “javi” sobre el glamour que le da a este blog la participación internacional.

  2. Coincido plenamente con Bea, es una película genial y ese perro se tenía que llevar el Oscar…
    Aprovecho para no recomendar “Los descendientes”… y eso que George demuestra su saber hacer y las chicas que hacen de hijas lo hacen bien. Pero es, en mi opinión, perfectamente prescindible.
    A los intelectuales siempre nos ha gustado la variedad idiomática…

    • La verdad es que, sin querer ir en contra de nadie, ya son varias las personas que me han comentado que no les gustó nada ‘Los descendientes’, como dice este intelectual, Javi.

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