Querida Julia:
Hubo una vez un gran grupo de Vigo, Golpes Bajos, que cantaba eso de ‘No mires a los ojos de la gente, me dan miedo, siempre mienten’. La frase viene al pelo para comentar el partidazo que hoy nos ha tocado vivir en el Open de Austrlia: cinco horas con Djokovic y Murray. Como siempre, y pese a lo buenos que puedan ser los dos contendientes, en tenis no hay premio compartido: sólo pasa uno. Otra vez fue Djokovic, que parece bendecido por una varita mágica. Pero yo vuelvo a lo de los ojos que mienten. A la divina comedia, con su parte de tragedia, que fue el partido.
Lo repitió la gran extenista Conchita Martínez, ahora comentarista en Eurosport, durante el partido: hay que procurar no atender mucho a los gestos de tu rival. Es cierto. Los jugadores de tenis (también los hay en otros deportes: en el ciclismo no puedes mostrar tu debilidad; en fútbol vimos esta semana a Busquets o a Pepe) son excelentes actores. Sólo así puede explicarse que Djokovic en los primeros sets pareciera agotado (le dolía todo el cuerpo) y dos horas más tarde, y tras un intensísimo intercambio de golpes que cansaba sólo con verlo, corriera como un poseso por toda la pista.
Novak ya nos tiene acostumbrados a estas actuaciones. Debo confesar que de Djokovic sólo me gusta (eso sí, mucho) cómo juega al tenis. Lo que no me gusta nada es su estilo. Para mí Djokovic es un campeón sin clase: un fantástico, completo jugador pero un tipo de fácil retirada cuando pintan bastos (hace tiempo que esa faceta no la vemos, porque hace tiempo que todo le va sobre ruedas) y que tampoco, en ocasiones, ha sabido ganar. En este sentido, y aunque le habían puesto el listón muy alto, está lejos del nivel de los dos anteriores números uno del mundo, Federer y Nadal: jugadores y caballeros.
Pero en la semifinal el serbio no fue el único que hizo teatro. Murray parecía hundido, como dispuesto a ir haciendo las maletas, en el inicio del segundo set, cuando pería 6-3 y 2-0 y fallaba una bola tras otra; como queriendo enviar un mensaje claro: otra vez Andy y su quebradiza moral. Pero no: su reacción fue fulgurante y dejó helado al mismísimo Djokovic, que recibió una dosis de su propia medicina: 3-6, 6-7. Y más adelante, en el cuarto set Murray no se podía casi ni mover por el destrozo físico propio del increíble partido; sin embargo, en el quinto recuperó la energía de forma milagrosa.
Sí, en el tenis se juega y se engaña. Todos ponen cara de perro apaleado cuando van abajo (Federer, Del Potro y hasta Nadal también lo hacen muy bien), pero todos siguen siendo feroces competidores, lobos esperando que su codiaciada pieza se fíe un pelo: entonces, le van a la yugular. En el tenis, y a este nivel, la mínima confianza sobra.
En el partido se cumplió lo que comentamos de la cercanía entre el éxito y el fracaso. Murray, tras una sensacional reacción en el quinto cuando pareció (otro engaño) definitivamente derrotado, pasó del 5-2 abajo al 5-5 y 15-40 sobre el servicio de Djokovic. Pero entonces el escocés tiró un resto a la red, y después una derecha paralela increíble, a la línea, del serbio (perdón por ser reiterativo, pero cuando estás muy cansado lo primero que falla es la precisión) igualó las cosas. Novak acabó ganando el juego y no perdonó en el siguiente: 7-5. Djokovic tiene ese puntito mental más, y Murray es un jugadorazo con una gran losa a sus espaldas: tiene 24 años y, como dice un periodista muy admirado por mí, Javier Martínez, de El Mundo, no ha ganado (ni ha hecho un set en las tres finales que ha jugado) un torneo grande; y decir que aún es muy joven comienza a ser la gran mentira. El arroz se le está pasando.
Ganó Djokovic, y Rafa Nadal en su fuero interno lo estará lamentando… creo, porque Rafa es un competidor tan genuino que a lo mejor está deseando volver a pasar el examen que suspendió seis veces el curso pasado. Pero lógicamente, en la final es mejor un rival que no ha ganado un set en tres apariciones previas en este tipo de duelos (y dos de las finales de Murray fueron en Australia) que el mejor jugador del mundo en la actualidad, que además te tiene tomada la medida.
En semifinales Rafa ratificó que es Aladino, desde 2004, cuando se le apareció siendo adolecente en Indian Wells, el dueño de la lámpara donde habita el genio Federer, a quien ya aventaja 8-2 en partidos del Grand Slam. La final se presenta muy atractiva. Rafa sabe que el inicio de temporada para él habrá sido muy bueno (con la duda de saber qué pasa con su rodilla) gane o pierda ante Nole. Pero sobre todo sabe que si, ya en el primer set, ve a Djokovic mostrando todo tipo de molestias físicas, estirándose y demás, no debe hacer el menor caso: sabe que los ojos de Nole siempre mienten.
Un beso







30 enero, 2012 at 20:47
Viva Rafa, vivan los héroes griegos! Y los poetas que dejaron constancia de sus hazañas, antes y ahora.
20 marzo, 2012 at 13:04
Cometí un error en este artículo. La primera vez que Nadal y Federer jugaron uno contra otro, en 2004, no fue en Indian Wells, sino en Miami, y ganó Rafa por un doble 6-3. Mi error (el de mi memoria) fue pensar que días después se volvieron a ver las caras en la final de Miami, que entonces era al mejor de cinco sets, y ganó Federer tras remontar (hablo otra vez de memoria) dos sets en contra y 4-1 en el tercero. Ese partido fue unos días después, sí… concretamente un año después, ya en 2005. Creo recordar también que Federer, tras su primera derrota (ya era el número uno del mundo y Nadal tenía 16 años), se excusó diciendo que tenía que fiebre.