Querida Julia:
Estamos en enero, aunque tú todavía no entiendas de meses. No te preocupes, es sólo una manía que tiene el hombre, me refiero a la raza humana: ponerle nombre a todo, incluso al tiempo. Medimos el tiempo en segundos, en minutos, en horas, en días, en semanas, en meses, en años… y cuando un año termina y otro comienza (31 de diciembre, 1 de enero), nos hacemos la ilusión de que llega el momento ideal para cambiar las cosas malas por las buenas, para empezar de nuevo: es curioso, los chinos estaban el otro día pensando en todo esto, haciéndose promesas y tal mientras en España estábamos tan tranquilos; el otro día fue para ellos el primero del año; y hasta los del Barcelona los felicitaron.
Para nosotros es enero. Tiempo de promesas, de nuevas batallas, de empezar bien, de labrar. Todo eso, en el maravilloso mundo del tenis, tiene un nombre: Open de Australia. En una tierra que relacionamos tanto con la aventura, y bajo un sol de justicia, en Melbourne, los mejores tenistas del mundo disputan cada mes de enero un magnífico torneo: es el primero (por fechas) de los cuatro grandes que hay en la temporada: junto a Australia están Roland Garros (París), Wimbledon (Londres) y US Open (Nueva York). Los tenistas llegan a Melbourne enteros físicamente, es el inicio de la campaña y hay más espacio, parece, para las sorpresas: todos los jugadores parten de cero y van sobrados de moral, de esperanzas y de buenas intenciones. Y actúan ante un extraordinario público: entendido, educado y cariñoso como pocos; nadie es extranjero en Australia.
El tenis es una maravilla en sí mismo. Y el Open australiano es una maravilla dentro de la maravilla. Amo este juego, una despiadada lucha técnica, táctica, física y mental; una lucha de cuerpos y de mentes. La única verdad es que allí abajo, en la pista, sólo puede quedar uno: no hay empate, ni vencedores morales. Al final del partido los dos grandes rivales, los que se han querido matar (deportivamente hablando) se dan la mano (aunque algún torpe, como Berdych, no lo haya entendido). El tenis enseña, como el deporte en general pero quizás con más saña, lo cerca que viven el éxito y el fracaso, esos dos impostores de los que habla la leyenda de Wimbledon: si los conoces, trátalos por igual.
Fracasos y éxitos ha habido esta semana, cómo no, en el Open de Australia. Te hablaré de tres casos. El primero es el de Lleyton Hewitt, un tenista australiano que hubiese sido un dignísimo gladiador en cualquier coso romano. A lo largo de una brillante carrera, en la que llegó a ser el número uno del mundo, Hewitt ha dado múltiples lecciones de casta: pudo perder, pero nunca se rindió. Esta semana Lleyton, que ya hace años que inició el viaje de vuelta, dio su penúltima lección: peleó con la mayor dignidad hasta el final contra un rival muy superior en la teoría y en la práctica: contra el que es hoy el mejor del mundo, el altivo serbio Novak Djokovic. Cuando Lleyton ya había perdido dos sets y caía por 3 a 0 en el que debía ser el último, entonces se rebeló y dijo que no, que él no quería irse sin luchar un poco más; bastante más. Así que enredó y llegó a aturdir a Djokovic, y ganó el tercer set ante un público entregado, alucinado. El cuarto set y con ello el partido lo ganó el serbio, claro; en los corazones del tenis ganó otra vez Hewitt.
Otro fracaso con brillo fue el de un argentino largo en centímetros y en clase: Juan Martín Del Potro, Delpo. Hace años dije que este chico sería el número uno del mundo. Lo que sucede es que ¡es tan difícil, sólo cabe uno! Y entre lesiones, Delpo se ha ido alejando del objetivo. Pero no me voy a desdecir, aún confío en el muchacho. En Melbourne cayó con honor, después de lucir una vez más su descomunal potencia y sus golpes de alta gama (pero falta la volea, Delpo) ante el gran maestro, Roger Federer. De Federer te hablaré otro día, Julia, junto al tercer protagonista de hoy: don Rafael Nadal.
Rafa jugaba contra el checo Tomas Berdych en cuartos de final, y por momentos pareció que el checo alto y rubio como una cerveza lo iba a sacar de la pista a pelotazos. Berdych, quien ya le había ganado en la ronda anterior a Nico Almagro (después no le dio la mano) tres desempates, ganó uno más en el primer set contra Rafa. Yo me imaginé en esos momentos a los sabios de siempre: Rafa está acabado. Entre esos sabios incluyo a mi amigo culé Antuán (podría escribir Antoine, pero no sé si corresponde). El caso es que Antuán ya dijo que Rafa estaba acabado hace como seis años. Pero no, esta vez Rafa, de la estirpe de Hewitt, repitió su sana costumbre de resucitar: sí pudo en el desempate del segundo set contra Berdych, al que dejó sin alas y después liquidó: en cuatro horas y cuarto de una bella batalla. Creo que Rafa va a firmar una (otra) espectacular campaña, aunque rivales de altas clase y calidad no le faltan.
Hoy vi perder a otro ilustre gladiador, don David Ferrer, frente a Djokovic; David tiene el corazón muy grande y es muy bueno, se inclinó por detalles y porque en los duelos a muerte sólo sobrevive el más rápido, el mejor. Ya me preparo para ver el gran duelo del viernes, Nadal contra Federer, y si Murray le da una sorpresa a Djokovic en la otra esplémdida semifinal. Pasará lo que tenga que pasar, y sólo quedará uno. Pero Australia habrá confirmado, un año más, que efectivamente es tierra de grandes aventuras; y que en enero el tenis es suyo.
Un beso







26 enero, 2012 at 18:16
Me estoy aficionando a leer el blog, es lo primero que miro al encender el ordenador… A estas horas el gran Rafa ya ha liquidado a Roger, qué lujo ser español para compartir algo con un mito viviente como Nadal…
En lo demás coincido en la belleza y crueldad del tenis. Mención aparte el torneo de Lleyton Hewitt, invitado por la organización por su bajo ranking… y eliminado en octavos por el número 1 en cuatro sets.
A la espera de su rival, solo hay que desearle a Rafa toda la suerte del mundo en la final, su decimoquinta de un gran slam…