20 febrero, 2012
por Antonio Pais
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Sergio y Sergio

Querida Julia:

Durante unos diez días fuiste niño y no niña. Sucedió en el periodo de tiempo que medió entre que una doctora nos dijo tras ver una ecografía “Varón, no hay duda” y la prueba definitiva, genética, que dijo que de niño no tenías nada. Durante esos días mi imaginación echó a volar, me pregunté cómo jugarías a fútbol. Y en este punto estoy con Del Bosque: me hubiera gustado que fueras un jugador lo más parecido posible a Sergio Busquets. Y me hubiera disgustado mucho que fueras como Sergio Llull.

El fútbol, como el baloncesto, es un deporte de equipo. Por eso me encantan los jugadores que saben asumir perfectamente su rol, los que piensan siempre en lo que pueden aportar al equipo. Y en este aspecto, nadie mejor que Sergio Busquets: no recuerdo haberle visto una sola acción que no busque (y prácticamente siempre encuentre) el beneficio de su equipo… y aquí incluyo la única censura hacia Busquets, el teatro que monta cada vez que sufre algo que se parece a una entrada dura. Aún recuerdo cómo Sergio se retorcía de dolor en el suelo tras sufrir lo que pareció un feo manotazo por parte de Motta, en las semifinales entre Barcelona e Inter en la Liga de Campeones. A Motta (canterano culé) lo expulsaron… con Sergio mirando de reojo, entre vuelta y vuelta por su gran dolor, qué sucedía; después de la roja, con el trabajo cumplido, Busquets siguió como si tal. En Inglaterra le enseñarían dos cosas.  A mí tampoco me gustan los fingidores.

Pero son gajes del oficio, un oficio de futbolista que en Busquets se ve claro que aprendió en un barrio, en la calle: allí sólo sobreviven el más fuerte y el más listo. Busquets es el más listo… y a veces también el más fuerte, aunque parezca endeble. Lo tiene todo: fuerza física, calidad, inteligencia, técnica, colocación, mentalidad (cuanto más importante es el partido, mejor responde; aunque él siempre cumple). Sus virtudes se resumen en una: hace siempre lo que tiene que hacer, con balón y sin él, en ataque y en defensa. Y le sobra personalidad: en el dorso de su camiseta pone Sergio, con o, pese a lo fácil que hubiera sido dejarse llevar por el famoso entorno culé y, como canterano, ponerse Sergi. Busquets es un diez en su puesto de mediocentro, y para mí es tan vital en el Barcelona como Puyol, como Xavi, como Iniesta o como Messi: sin Busquets, su equipo es mucho menos equipo. Y sobre su peso en la selección ya habló Del Bosque, ese sabio.

En el otro lado de la balanza, y me gusta decirlo hoy, cuando llega de hacer el partido de su vida y bordar el papel de superhéroe que busca con ahínco cada vez que juega, está a mi juicio Sergio Llull: para éste el equipo es lo de menos, él va por libre: bota, bota y bota la pelota para buscar su jugada ideal: quedando escasos segundos, y en la posición lo más forzada posible, arregla con un canastón el entuerto que él solito se ha fabricado.

Sé que estoy en una posición delicada, sé que es seguro que quien lea esto deduzca, cargado de razón, que no tengo ni idea de baloncesto: Llull juega en el Real Madrid y en la selección española, y viene de ser pieza clave para que su equipo haya ganado la Copa del Rey. Mi opinión va contra la de Scariolo, que lo lleva a la selección, contra Pablo Laso, que hace lo propio en el Real Madrid (y éste va camino de hacer el milagro: que Llull aprenda a jugar), contra Joan Plaza, que lo fichó para el club blanco… contra la de tantos técnicos de prestigio. Sin duda, estaré equivocado. Me lo dijo mi amigo Lalo cuando le dije un día que Llull no me gustaba: “A ti te ha dado el sol”.

Sin embargo, Julia, es mi opinión: en mi concepción del baloncesto, un base no puede ser lo que es Llull. He leído por ahí que en la final de la Copa del Rey hizo una dirección magistral: no estoy de acuerdo, simplemente ayer le entraron los tiros, y tiros clave; pero Llull no dirige, más bien desordena y lía. He leído también muchas veces que Llull es un excelente defensor: no lo es para mí. De Llull sólo admito que, a título individual, atesora unas grandes cualidades: físicas, sobre todo, y buen tiro; pero el talento y la clase, saber jugar en equipo… son otra cosa, para mí.

Y un último apunte: aunque no está mal que le dieran esa tontería de premio copiado de los yanquis (hasta le guardamos el nombre de allí, MVP), porque su actuación en la final fue muy buena, si hablamos de jugadores decisivos en la final me quedo con Carroll, excelso; y si pudieran optar a la tontería de premio los entrenadores, mi elegido sería para Pablo Laso: ya lo dije aquí mismo, es un maestro y es un valiente: desactivó al Barcelona, ese equipazo… que juega en equipo y perdió.  Cosas del deporte.

Un beso

13 febrero, 2012
por Antonio Pais
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Estoy contigo, Luis

Querida Julia:

Conforme vayas creciendo te irás dando cuenta, poco a poco, de que este mundo no es tan genial mi tan perfecto como tú ahora mismo percibes. Aunque los problemas también hay que ponerlos en su contexto: para ti ahora mismo el fin del mundo puede estar en esa manía de que te llevemos siempre atada y bien atada, en el coche o en tu sillita; como quizás en tu adolescencia y en tu juventud esté en ese examen que suspendiste o en el novio que te dejó… pero bueno, de momento nos muestras con tu sonrisa frecuente que te sientes feliz. Lo celebro.

Con el tiempo irás descubriendo las imperfecciones y las lacras del mundo en el que vivimos. Una de las muy graves es el racismo, que tantas tragedias, tan incomprensibles para mí ahora mismo como lo serán para ti, ha causado. Por el racismo, que no es ni más menos que odiar a alguien ¡por el color de su piel, por su raza! se han cometido barbaridades que a uno, como dejó escrito García Márquez, le cuesta imaginar aunque las esté viendo (en este caso, más que ver es comprobar que, en efecto, se produjeron). Por racismo se ha matado a millones de hombres, Julia; y la raza más fuerte ha esclavizado siempre a las más débiles. No trates de entenderlo.

No voy a ser yo quien alabe una conducta racista. Y tampoco voy a presumir de no ser nada racista… aunque sí, déjame que presuma un poco con esta historia. Hace muchos años, en Zaragoza, mi familia tuvo la feliz idea de acoger en casa a un chaval negro que venía a pasar unas semanas en España, junto a un grupo de Estados Unidos, para aprender la lengua española; el complemento al aprendizaje era convivir con una familia de aquí. El director de la academia donde iban a estudiar, Marcos, nos dijo con educación y en confianza que le iría mejor si acogíamos a un chico o a una chica de raza negra: tenía más problemas para ‘colocarlos’, muchas familias no los querían.

Así que Tshombé pasó por nuestra casa. Fueron tres semanas que nunca olvidaremos, ni él tampoco: cuando se marchó soltaba unos lágrimones grandes, de esos que pintan en los dibujos animados; y aún hoy, ya instalado en Estados Unidos y aunque, desgraciadamente, no lo hemos vuelto a ver, nos sigue considerando “mi familia española”. Tshombé era muy listo, tenía una libreta en la que lo apuntaba todo y fue increíble cómo aprendió a hablar y a entender español en tres semanas. A mí me llamaba “mi maestro”. La verdad es que le enseñé buenas cosas: “Ahora tienes que dormir la siesta, Tshombé, es una costumbre nuestra”; “Sí, maestro”. “Prueba esta tortilla de patatas, Tshombé”; “No puedo esperar a verla en mi boca, maestro”. También traté de engañarlo con el agua: “Prueba, Tshombé, aquí tenemos coca-cola blanca”; y él, tras mirarme: “Eres un mentiroso, maestro”.

Bueno, me emociono con la historia y me voy del tema. Veo con buenos ojos a las personas de raza negra… como a los de raza blanca: después habrá ángeles y demonios, tanto de raza blanca como de raza negra. No veo bien, ni defenderé en absoluto, cualquier manifestación de racismo; y menos, en el deporte. Hace poco vi en televisión a un aficionado insultando a un rival, negro, llamándole “mono”; era del Mallorca, creo… equipo en el que juegan varios negros.  Te lo repito: estamos locos.

No me gusta en absoluto ver racismo en el deporte, y veo bien que se persiga ml

todo lo que tenga que ver con esta lacra. Pero creo que se está cayendo en cierto papanatismo en su persecución. El último ejemplo: esta temporada en la Premier League inglesa castigaron a Luis Suárez, jugador uruguayo del Liverpool, tras ser denunciado por Patrice Evra, jugador francés, negro, del Manchester United, de haberle lanzado (a Evra, claro), insultos racistas. Se vio el caso, y a Luis Suárez lo sancionaron con ocho partidos de suspensión.

Yo no sé lo que paso en el campo, no estaba allí. Pero me jugaría un buen dinero a que Luis Suárez no actuó con sentimiento racista: no puede serlo: en su propio equipo, el Liverpool, y en su propia selección, Uruguay, tiene compañeros negros. No dudo de que en el fragor de la batalla (y un Liverpool-Manchester United es una batalla muy intensa), Luis Suárez le dijera de todo a Evra. No dudo de que le pudo haber llamado negro de mierda o cosas mucho peores. Pero es que en un campo de fútbol, y eso lo sabe todo el que ha jugado un poco, se dicen las más ocurrentes barbaridades: yo siempre me compadecí de las que escuché sobre mi madre. Ahora sólo parecen barbaridades cuando la barbaridad es racista. Es peor llamarle “mono” a un negro que decirle a un rival “a tu p.m. me la f… yo la otra noche; y a tu hermana”, por ejemplo. Y no me preguntes qué significan las iniciales.

Lo que sucede en el campo de fútbol tiene que quedarse allí. No vale llegar después del partido y contarle a la prensa o a la Federación de turno, ejerciendo de chivato, lo que ha pasado. Quien hace eso es solamente un chivato… sea negro, blanco o chino. Veo a Evra quejándose: “Me llamó p. negro de mierda”. Y a quienes lo escuchaban, escandalizarse. Por eso digo bien claro que estoy con Luis Suárez: a un niñato chivato por culpa del cual te han dejado sin jugar ocho partidos yo tampoco le daría la mano, tal como hizo Luis este domingo cuando volvieron a cruzarse en el partido de la segunda vuelta. No apruebo la violencia, ni física ni verbal, y muera el racismo; y reconozco que el gesto de no dar la mano, deportivamente, antes de un partido, tampoco está bien… aunque aquí en la Liga española pasó lo mismo entre Aouate, israelí, y Munúa, otro uruguayo, y nadie se rasgó las vestiduras… claro que el caso de Munúa y Aouate fue mucho menos grave, sin duda: siendo ambos compañeros en el Dépor, Munúa le soltó un fuerte puñetazo a Auoate: algo mucho mejor, sin duda, que haberlo insultado con tintes racistas. Supongo.

Un beso

 

 

 

 

10 febrero, 2012
por Antonio Pais
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Juanqui y el kazajo

Querida Julia:

En el tenis, como en la vida, muchas veces pensamos (tiempo perdido, la verdad) en lo que fue y en lo que pudo haber sido. Esa oportunidad que se escapó, ese potencial que se quedó sin explotar. No nos damos cuenta de que el pasado sólo cotiza para aprender de los errores… en el presente y en el futuro. Puede, por qué no, que algún día seas una gran jugadora de tenis, aunque te confieso que no es mi sueño: prefiero que tengas una infancia y una adolescencias normales, que después hay mucha muñeca rota, y que yo las pueda ver de cerca. En todo caso, en el tenis y en la vida, no te pares a pensar en lo que pudo ser: cuando tengas algo entre las manos, haz lo mismo que haces con mi dedo ahora: apriétalo fuerte, que no se te escape.

Pensaba en esto viendo jugar a Juan Carlos Ferrero, Juanqui, el primer partido de una eliminatoria de Copa Davis ante Kazajistan que no parecía de Copa Davis: fría de ambiente y de temperatura en un pabellón de Oviedo  seguro que muy bonito (en Oviedo no hay nada feo: son bonitas sus calles y sus gentes, su comida y su bebida, su verde y su cemento), pero imposible de calentar. Aunque Oviedo no tiene culpa alguna: el equipo español, borracho de éxitos, parece despreciar la competición: juega con su equipo C, los primeros espadas se suelen borrar de la primera eliminatoria, que la verdad es que les destroza laplanificación de la temporada. Así que el poco ambiente que había de inicio lo ponían unos entusiasmados kazajos: para ellos era una eliminatoria histórica, inolvidable.

Te decía lo de cerrar la mano para que no se escape lo que tienes porque la impresión que me ha dado siempre es que, de haber hecho eso bien Ferrero, ahora estaríamos hablando de un campeón mucho más grande incluso de lo que ha sido. Ferrero ganó un Roland Garros, varias Copas Davis (en la recordada final contra la Australia de Hewitt fue el gran protagonista, en otras no pintó tanto), fue número uno del mundo durante varias semanas… y eso es una barbaridad: olé, Juanqui. Pero, y no sé si es por exceso de afecto o por una confianza desmedida en sus posibilidades, lo cierto es que a uno le queda la sensación de que Ferrero podría haber cerrado bien la mano y ganar no uno, sino tres Roland Garros; o el Open USA cuya final cedió ante Roddick; o haber estado en el número uno mucho más tiempo (aunque en este punto tiene una excusa bien válida, las lesiones).

Juanqui, al que tuve la alegría de entrevistar durante un gran torneo, el de tenis en la arena de la playa de Luanco (cuando baja la marea: se juega por la noche, y al mediodía el agua tiene la altura de la red), fue para mí durante una etapa lo que durante los últimos años ha sido Rafa Nadal: el mejor jugador del mundo sobre tierra batida. Lo tenía todo: una rapidez increíble, no exenta de resistencia para aguantar lo que hiciera falta sobre polvo de ladrillo, todos los golpes, precisos y contundentes, táctica, capacidad de sufrimiento. Si de Alí se dijo que flotaba como una mariposa y picaba como una avispa, a Juanqui en Roland Garros lo apodaron El Mosquito: por su peso ligero y porque, en efecto, su ‘picadura’ hacía daño de derecha y de revés. Si no ganó más veces Roland Garros es porque en rondas avanzadas del torneo perdió batallas que tuvo medio ganadas: no la final contra Albert Costa, donde éste lo superó, pero sí algunas contra Fernando González, Kuerten…

Y las oportunidades no se quedan esperando, no vuelven. Así que Juan Carlos, con su inmensa clase, no ganó en mi opinión todo lo que podía haber ganado. ¿Falta de competitividad, más bien de agresividad, en momentos puntuales? ¿Apertura de puertas, aire para el rival en el momento más inoportuno? Puede ser: en todo caso, fue más una cuestión mental que técnica, táctica o física (y aquí, repito, con la salvedad de las lesiones).

Ayer jugaba Ferrero, ya en el ocaso de su brillante carrera, contra un joven kazajo de nombre curioso, Kukuskhin. Un kazajo que, por cierto, juega muy bien al tenis (entre los cien primeros de la ATP nadie es torpe) y que bien pudo ganar. Kukushin se levantó tras el inicio demoledor de Ferrero (6-1) y, en parte por sus propias cualidades y en parte porque Juan Carlos, amablemente, le abrió alguna puerta de más, llevó el partido al quinto set… y porque Ferrero remontó el tercero, en una prueba más de que su ‘problema’ tiene mucho que ver con lo mental, tras ir perdiendo 4-0.

En el quinto, y pese a empezar perdiendo 2-0, Ferrero ganó: 1-0 para España en la eliminatoria, que ya está casi resuelta tras superar después Almagro, otro talento con la cabeza algo dispersa, a Golubev. Volviendo a Ferrero, un último apunte: creo que no hubiera ganado este partido en un torneo individual: en la Copa Davis Ferrero encuentra el apoyo anímico, el respaldo, que le hizo ser en ocasiones el chico triste que entregaba la cuchara.

Me alegré por el equipo español, cómo no. Aunque no sufriré una gran desilusión si es el equipo kazajo el vencedor, algo muy improbable:  pero su ilusión bien lo merece, y quizas yo también esté borracho de tanto beber de la Davis. Pero me alegré, claro. Más en este momento: digan lo que digan cuatro imbéciles vestidos de monigotes franceses (que hacen pasar vergüenza hasta a sus paisanos), el tenis español brilla porque ha hecho un trabajo impresionante en las últimas décadas: trabajo de base, trabajo de elite, trabajo individual y trabajo colectivo, trabajo de pistas y de despachos; talento bien entrenado. Me alegré mucho por Álex Corretja, el valiente que se ha hecho cargo del equipo en las duras y que será tan buen capitán como antes lo fueron Albert Costa o Emilio Sánchez Vicario, o los del grupo de tres capitanes o los del grupo de cuatro: también en cosas como ésta, la de elegir director de Davis, el tenis español confirma que es de oro. Que dure.

Un beso

 

8 febrero, 2012
por Antonio Pais
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Un mundo bajo sospecha

Querida Julia:

Esta semana se ha vuelto a hablar, y mucho, de la parte del deporte que más detesto, la que no tiene nada que ver con la esencia del deporte. A veces pasa cuando se habla de ciclismo, ese mundo bajo sospecha. Ya lo sabes: el ‘caso Contador’ ha tenido al fin una sentencia, y pocas veces, yo creo que nunca, un positivo ha causado un impacto tan negativo en el deporte español.

Antes de entrar a valorar la cuestión en sí, antes de entrar a cuestionar o no la sentencia, unas preguntas: ¿Qué han hecho los ciclistas? ¿Por qué se los sitúa al otro lado de la legalidad, por qué son tratados como auténticos delincuentes, por qué la persecución de que son objeto, en busca del dopaje perdido, no se da en otros deportes? ¿Por qué, y con perdón, se los putea: se los levanta a las tantas de la madrugada, tienen que estar disponibles las 24 horas del día, 365 días al año? ¿Por qué se los somete a los más severos controles vistos en el mundo del deporte?

Son preguntas, para mí, sin respuesta. Y no defiendo a los ciclistas, NO PONGO LA MANO EN EL FUEGO POR NINGUNO, ni por Contador ahora ni antes por Armstrong, Induráin o Perico Delgado, por poner tres ejemplos. No lo hago porque el ciclismo, donde muchas veces lo que los comentaristas llaman “clase” para mí es simplemente tener más fuerza que el otro, y siento ser tan ignorante, pues el ciclismo vive siempre rodeado de un clima más que sospechoso: médicos de dudosa reputación, y varios, en los equipos, historias y leyendas desde los tiempos de siempre (recuerdo la del belga Pollentier, quien intentó engañar al sistema antidopaje llevando orina ajena en una bolsita, aunque lo cogieron cuando fue a mear), el reconocimiento de algunos (Rijs) de que ganaron el Topur dopados… un clima demasiado turbio, poco limpio.

Pero es que además mi duda viene de que pienso que el dinero pierde al hombre, y al lado de donde se mueven ingentes cantidades de dinero vive la trampa… y por eso mismo, no me creo que en los últimos años prácticamente nadie se haya dopado en el fútbol español, o en el baloncesto (pienso en la NBA, sobre todo) o en tantos otros deportes: se hace lo que sea, legal o ilegal, por ganar. Los jugadores del Barça y los del Real Madrid corren como auténticos posesos durante meses, haciendo frente a un deporte tan duro como el fútbol; supongo que los zumos de naranja que toman hacen maravillas; pero en el mundo del fútbol, que tanto dinero mueve, los controles antidopaje son ridículos. Por eso vuelvo a la pregunta: ¿Qué han hecho (mal) los ciclistas?

En España, esta semana, se ha puesto a los pies de los caballos al TAS (tribunal de arbitraje) por su sentencia sobre Contador, que ha llegado, eso sí, demasiado tarde: casi dos años después de que saltase el positivo del ciclista en el Tour. Se ha dicho que se ha pasado de la presunción de inocencia a la de culpabilidad, cuando creo que esto no es así: en la sangre de Contador apareció clembuterol, algo prohibido: Alberto era culpable de eso, y tenía que demostrar que el clembuterol no llegó a su sangre porque él se dopase; dijo que fue porque comió carne contaminada, una excusa (difícil de creer) que el tribunal no se creyó… y punto. Por mucho que nos duela, por mucho que nos quedemos sin el espectáculo de ver en acción a Contador, por mucho que nos desilusione ver como un tramposo a aquel que tanto nos ilusionó, la sentencia no puede ser calificada de descabellada, ni mucho menos.

Siempre recordaré, Julia, y lo he contado alguna vez, lo que sucedió con Ben Johnson en los Juegos Olímpicos de Seúl, en 1988. Yo tenía 23 años, pero me levaté como un niño a las cinco de la mañana, junto a mis dos hermanos y mi padre, para ver la extraordinaria final de 100 metros, para ver el duelo al sol entre Carl Lewis y Ben Johnson. Mi madre, medio dormida, sólo tuvo una frase: “Nación que vos dou, estades como cabras”. La final se solucionó en menos de diez segundos, pero a todos nos mereció sobradamente la pena… hasta el día siguiente, cuando el propio Big-Ben confesó que se había dopado y se marchó de Seúl como un apestoso: ya nunca volvió a brillar.

Por historias como ésta, por el daño que nos suele hacer de vez en cuando a quienes nos ilusionamos y vivimos el deporte con pasión, odio el dopaje, la trampa. Aunque tal vez los episodios de dopaje sean bocados de realidad para todos aquellos que vivimos tan felices.

Una excepción, eso sí: pongo la mano en el fuego cien veces, y no creo que me queme, por Rafa Nadal, por mucho que digan tontos franceses. Y no confundir: tontos hay en todas partes, alguien dijo que en España hay más tontos que botellines; y otro, que una ardilla podría cruzar en diagonal España sin tocar suelo… pasando de la cabeza de un tonto a la de otro. Francia es un gran país, y los franceses tienen el Tour y Roland Garros: son  grandes en su inmensa mayoría.

Un beso

 

3 febrero, 2012
por Antonio Pais
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Sin palabras

Querida Julia:

Tal vez un día, dentro de algunos años, pueda cogerte de la mano y hacerte una proposición muy decente: vamos al cine. Es lo que mi padre hizo conmigo en mi adolescencia: unas pocas veces, pero tan especiales, fuimos los dos solos a ver películas que quedaron para siempre en mi particular Olimpo: maravillas como ‘El golpe’, con Newman y Redford; o ‘Toma el dinero y corre’, donde reí a carcajadas por primera vez con un tal Woody Allen; o, siendo yo ya más mayor, ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’, donde conocí la belleza triste, o la tristeza bella. Sí, creo que estará bien copiar la iniciativa. Tendré que seleccionar con cuidado, pero seguro que entre las películas a escoger estará ‘The artist’, una maravillosa sorpresa muda que, en efecto, me ha dejado sin palabras.

Lo primero que me maravilla en ‘The artist’ es, como diría Manquiña, el concepto: cómo, en los tiempos que corren, cuando el mundo ya se creía infelizmente resignado a no ver grandes inventos en el cine, puede llegar alguien como un tal Michel Hazanavicius, con nombre más de jugador lituano de baloncesto que de director francés de cine, y decidir que el gran invento, en un momento en el que toda la novedad parece ser la de incorporar dimensiones a la pantalla… pues que no, que el invento es volver al pasado, hurgar en los cimientos del cine: ¡una película muda!

Olé por el tal Hazanavicius, del que no sabía nada. Su apuesta, atrevida y original, merecía tanto éxito. Pero es que además la película parece querer volver al primer cine en otro aspecto clave: ‘The artist’ es un canto a la ilusión, la que se respira durante los cien minutos que dura (hasta el metraje en ella es un número perfecto, cien, y los minutos pasan como deben pasar en el cine: sin que uno se dé cuenta pero sin querer que pasen, en medio de un deleite que te deja flotando).

En un tiempo sin sorpresas… agradables, marcado por la ausencia de creatividad, de originalidad, ‘The artist’ es un soplo de aire fresco. A mí me llevó, por las curiosas asociaciones de ideas que a veces tengo, a uno de tantos parajes inolvidables que contiene el libro de los libros: ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez. La increíble novela hace una pequeña alusión, cómo no hablando de mundos mágicos, al cine: cuenta cómo los habitantes de Macondo se indignaron “porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas de aflicción, reaparecía vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público, que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería”.

Sí. Como también se puede leer en ‘Cien años de soledad’, el cine es una máquina de ilusión. Y esto tan crucial es algo que a veces corremos el riesgo de olvidar con la visión reiterada de películas desnortadas, mal pensadas y mal paridas, con tanto guión vacío. Por fortuna, en esta situación de riesgo y de angustia siempre aparece una tabla salvadora como ‘The artist’ para reconciliarte con el mundo: vuelves a creer. No me parece casual que esta oda a la imaginación haya salido de Francia: en originalidad al cine francés hay pocos que le ganan, en mi opinión.

La película está capitaneada por dos estrellas: la decadente de George Valentin (Jean Dujardin), el rey (junto a su simpático perro) del cine mudo que se va a quedar sin trono con la llegada del sonido, y la emergente que personifica Peppy Miller (Berenice Bejo, la esposa del citado Hazanivicius en la vida real, actriz francés nacida en Argentina). A los dos, al fracasado y a la triunfadora, se los acaba queriendo por igual, como a los secundarios de lujo (John Goodman, Penelope Ann Miller, Malcom McDowell, sobre todo James Cromwell, que puede hacer tan bien de chófer fiel aquí como hizo de policía corrupto en ‘L.A. Confidential’ ) o al encantador perrito: todos son artistas, larga vida al artista. Y todos juntos hacen cine del bueno, cine sin palabras que habla con el corazón.

En ‘The artist’ nadie se queda en fuera de juego. Quieres a los actores, amas la música y sales pidiendo más películas de cine mudo. Aunque al final la maravilla deja un mensaje nítido: qué más da muda o sonora, lo importante es que una película se haga bien. Como ‘The artist’.

Un beso

 

 

30 enero, 2012
por Antonio Pais
7 Comentarios

No habrá otro como él

Querida Julia:

Te vengo hablando todos estos días de lo importante que es conocer el deporte, su alma. Saber que el deporte está hecho para ganar y para perder, y que hay que responder en los dos casos de la mejor forma. En esta fantástica semana de tenis, en el Open de Australia, hemos tenido un buen ejemplo de lo cerca que conviven esos dos impostores, el éxito y el fracaso. Australia nos dejó otra muesca de que quien mejor ha entendido el deporte, quien mejor saborea su esencia, es Rafa Nadal.

De Rafa se han dicho y escrito muchas cosas, pero para mí nadie lo resumió mejor que la reina de España, doña Sofía: “No habrá otro como él”, dijo, en una frase rápida, sencilla… perfecta. Hace años leí un libro sobre la guerra de Troya que comenzaba con una frase similar: “Nunca habrá otra ciudad como Troya”. Algún día te contaré sobre Aquiles y sus pies ligeros, sobre Héctor, domador de caballos, sobre la bella Helena o sobre el astuto Ulises. Hice mía la frase sobre Troya, donde se libró la guerra de las guerras, del mismo modo que coincido plenamente con doña Sofía: “Nunca habrá otro como Nadal”.

Rafa no ganó el Open de Australia. Perdió otra vez, la séptima consecutiva, con Novak Djokovic. El partido fue épico: Rafa y Djokovic tendrían un hueco entre los héroes de Troya. Durante seis horas ambos libraron una batalla espectacular. Djokovic es ahora la perfección hecha tenis: perfección técnica y mental, ahora también física (sí, será que lo operaron de vegetaciones o que ahora come bien con el famoso gurú… ya te lo dije: no iba a estar cansado en la final, y no lo estuvo pese a jugar seis horas). Pero frente a la perfección serbia estuvo un Caupolicán de la era moderna, un guerrero sioux que no se rindió: Rafael Nadal.

Cuando veo jugar a Nadal sólo puedo sentir orgullo y admiración: orgullo por cómo lucha, por su resistencia a ser derrotado, por su afán de superación; admiración por su caballerosidad y su humildad después, en la victoria y en la derrota. ¡Qué difícil es conjugar ser tan ganador y salir derrotado! Ayer a Nadal le tocó no ganar, más que perder: la victoria estaba ahí, en un revés paralelo, fácil, con 4-2 y 30-15 para el balear en el quinto, después de haber vivido al filo de lo imposible en el cuarto; pero el revés se escapó, y Djokovic volvió de la tumba porque es un superclase y se llevó la gloria.

En cualquier caso, ¿recuerdas lo de Mourinho? Pues perder como Nadal es perder menos. Rafa, en otra lección de cómo debe reaccionar un deportista ganador tras la derrota, explicó en su análisis que cuando se pierde dando todo lo que se tiene no hay problema; y como el chico es siempre tan positivo, seguro que sacará la mejor lección de lo sucedido este domingo memorable. Y seguirá a la caza de Novak Djokovic.  No lo tiene fácil: el Djokovic de hoy saca muy bien, resta mejor (increíble), te mata con su derecha y con su revés, es peligrosísimo cuando se defiende, letal cuando ataca, resistente hasta límites insospechados mental y físicamente… frente a todo esto, un océano, Nadal no se rendirá.

Consiga o no darle la vuelta a la tortilla, volver a ganar a Djokovic y recuperar el número uno del mundo, lo más importante, lo que de verdad tiene valor es que Rafa seguirá dando ejemplo de lo que tiene que ser un deportista. Así que ahora, más que nunca, ¡Vamos, Rafa!

Un beso

 

 

27 enero, 2012
por Antonio Pais
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Divina comedia (o tragedia)

Querida Julia:

Hubo una vez un gran grupo de Vigo, Golpes Bajos, que cantaba eso de ‘No mires a los ojos de la gente, me dan miedo, siempre mienten’. La frase viene al pelo para comentar el partidazo que hoy nos ha tocado vivir en el Open de Austrlia: cinco horas con Djokovic y Murray. Como siempre, y pese a lo buenos que puedan ser los dos contendientes, en tenis no hay premio compartido: sólo pasa uno. Otra vez fue Djokovic, que parece bendecido por una varita mágica. Pero yo vuelvo a lo de los ojos que mienten. A la divina comedia, con su parte de tragedia, que fue el partido.

Lo repitió la gran extenista Conchita Martínez, ahora comentarista en Eurosport, durante el partido: hay que procurar no atender mucho a los gestos de tu rival. Es cierto. Los jugadores de tenis (también los hay en otros deportes: en el ciclismo no puedes mostrar tu debilidad; en fútbol vimos esta semana a Busquets o a Pepe) son excelentes actores. Sólo así puede explicarse que Djokovic en los primeros sets pareciera agotado (le dolía todo el cuerpo) y dos horas más tarde, y tras un intensísimo intercambio de golpes que cansaba sólo con verlo, corriera como un poseso por toda la pista.

Novak ya nos tiene acostumbrados a estas actuaciones. Debo confesar que de Djokovic sólo me gusta (eso sí, mucho) cómo juega al tenis. Lo que no me gusta nada es su estilo. Para mí Djokovic es un campeón sin clase: un fantástico, completo jugador pero un tipo de fácil retirada cuando pintan bastos (hace tiempo que esa faceta no la vemos, porque hace tiempo que todo le va sobre ruedas) y que tampoco, en ocasiones, ha sabido ganar. En este sentido, y aunque le habían puesto el listón muy alto, está lejos del nivel de los dos anteriores números uno del mundo, Federer y Nadal: jugadores y caballeros.

Pero en la semifinal el serbio no fue el único que hizo teatro. Murray parecía hundido, como dispuesto a ir haciendo las maletas, en el inicio del segundo set, cuando pería 6-3 y 2-0 y fallaba una bola tras otra; como queriendo enviar un mensaje claro: otra vez Andy y su quebradiza moral. Pero no: su reacción fue fulgurante y dejó helado al mismísimo Djokovic, que recibió una dosis de su propia medicina: 3-6, 6-7. Y más adelante, en el cuarto set Murray no se podía casi ni mover por el destrozo físico propio del increíble partido; sin embargo, en el quinto recuperó la energía de forma milagrosa.

Sí, en el tenis se juega y se engaña. Todos ponen cara de perro apaleado cuando van abajo (Federer, Del Potro y hasta Nadal también lo hacen muy bien), pero todos siguen siendo feroces competidores, lobos esperando que su codiaciada pieza se fíe un pelo: entonces, le van a la yugular. En el tenis, y a este nivel, la mínima confianza sobra.

En el partido se cumplió lo que comentamos de la cercanía entre el éxito y el fracaso. Murray, tras una sensacional reacción en el quinto cuando pareció (otro engaño) definitivamente derrotado, pasó del 5-2 abajo al 5-5 y 15-40 sobre el servicio de Djokovic. Pero entonces el escocés tiró un resto a la red, y después una derecha paralela increíble, a la línea, del serbio (perdón por ser reiterativo, pero cuando estás muy cansado lo primero que falla es la precisión) igualó las cosas. Novak acabó ganando el juego y no perdonó en el siguiente: 7-5. Djokovic tiene ese puntito mental más, y Murray es un jugadorazo con una gran losa a sus espaldas: tiene 24 años y, como dice un periodista muy admirado por mí, Javier Martínez, de El Mundo, no ha ganado (ni ha hecho un set en las tres finales que ha jugado) un torneo grande; y decir que aún es muy joven comienza a ser la gran mentira. El arroz se le está pasando.

Ganó Djokovic, y Rafa Nadal en su fuero interno lo estará lamentando… creo, porque Rafa es un competidor tan genuino que a lo mejor está deseando volver a pasar el examen que suspendió seis veces el curso pasado. Pero lógicamente, en la final es mejor un rival que no ha ganado un set en tres apariciones previas en este tipo de duelos (y dos de las finales de Murray fueron en Australia) que el mejor jugador del mundo en la actualidad, que además te tiene tomada la medida.

En semifinales Rafa ratificó que es Aladino, desde 2004, cuando se le apareció siendo adolecente en Indian Wells, el dueño de la lámpara donde habita el genio Federer, a quien ya aventaja 8-2 en partidos del Grand Slam. La final se presenta muy atractiva. Rafa sabe que el inicio de temporada para él habrá sido muy bueno (con la duda de saber qué pasa con su rodilla) gane o pierda ante Nole. Pero sobre todo sabe que si, ya en el primer set, ve a Djokovic mostrando todo tipo de molestias físicas, estirándose y demás, no debe hacer el menor caso: sabe que los ojos de Nole siempre mienten.

Un beso

 

25 enero, 2012
por Antonio Pais
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Lleyton, Delpo… Rafa

Querida Julia:

Estamos en enero, aunque tú todavía no entiendas de meses. No te preocupes, es sólo una manía que tiene el hombre, me refiero a la raza humana: ponerle nombre a todo, incluso al tiempo. Medimos el tiempo en segundos, en minutos, en horas, en días, en semanas, en meses, en años… y cuando un año termina y otro comienza (31 de diciembre, 1 de enero), nos hacemos la ilusión de que llega el momento ideal para cambiar las cosas malas por las buenas, para empezar de nuevo: es curioso, los chinos estaban el otro día pensando en todo esto, haciéndose promesas y tal mientras en España estábamos tan tranquilos; el otro día fue para ellos el primero del año; y hasta los del Barcelona los felicitaron.

Para nosotros es enero. Tiempo de promesas, de nuevas batallas, de empezar bien, de labrar. Todo eso, en el maravilloso mundo del tenis, tiene un nombre: Open de Australia. En una tierra que relacionamos tanto con la aventura, y bajo un sol de justicia, en Melbourne, los mejores tenistas del mundo disputan cada mes de enero un magnífico torneo: es el primero (por fechas) de los cuatro grandes que hay en la temporada: junto a Australia están Roland Garros (París), Wimbledon (Londres) y US Open (Nueva York). Los tenistas llegan a Melbourne enteros físicamente, es el inicio de la campaña y hay más espacio, parece, para las sorpresas: todos los jugadores parten de cero y van sobrados de moral, de esperanzas y de buenas intenciones. Y actúan ante un extraordinario público: entendido, educado y cariñoso como pocos; nadie es extranjero en Australia.

El tenis es una maravilla en sí mismo. Y el Open australiano es una maravilla dentro de la maravilla. Amo este juego, una despiadada lucha técnica, táctica, física y mental; una lucha de cuerpos y de mentes. La única verdad es que allí abajo, en la pista, sólo puede quedar uno: no hay empate, ni vencedores morales. Al final del partido los dos grandes rivales, los que se han querido matar (deportivamente hablando) se dan la mano (aunque algún torpe, como Berdych, no lo haya entendido). El tenis enseña, como el deporte en general pero quizás con más saña, lo cerca que viven el éxito y el fracaso, esos dos impostores de los que habla la leyenda de Wimbledon: si los conoces, trátalos por igual.

Fracasos y éxitos ha habido esta semana, cómo no, en el Open de Australia. Te hablaré de tres casos. El primero es el de Lleyton Hewitt, un tenista australiano que hubiese sido un dignísimo gladiador en cualquier coso romano. A lo largo de una brillante carrera, en la que llegó a ser el número uno del mundo, Hewitt ha dado múltiples lecciones de casta: pudo perder, pero nunca se rindió. Esta semana Lleyton, que ya hace años que inició el viaje de vuelta, dio su penúltima lección: peleó con la mayor dignidad hasta el final contra un rival muy superior en la teoría y en la práctica: contra el que es hoy el mejor del mundo, el altivo serbio Novak Djokovic. Cuando Lleyton ya había perdido dos sets y caía por 3 a 0 en el que debía ser el último, entonces se rebeló y dijo que no, que él no quería irse sin luchar un poco más; bastante más. Así que enredó y llegó a aturdir a Djokovic, y ganó el tercer set ante un público entregado, alucinado. El cuarto set y con ello el partido lo ganó el serbio, claro; en los corazones del tenis ganó otra vez Hewitt.

Otro fracaso con brillo fue el de un argentino largo en centímetros y en clase: Juan Martín Del Potro, Delpo. Hace años dije que este chico sería el número uno del mundo. Lo que sucede es que ¡es tan difícil, sólo cabe uno! Y entre lesiones, Delpo se ha ido alejando del objetivo. Pero no me voy a desdecir, aún confío en el muchacho. En Melbourne cayó con honor, después de lucir una vez más su descomunal potencia y sus golpes de alta gama (pero falta la volea, Delpo)  ante el gran maestro, Roger Federer. De Federer te hablaré otro día, Julia,  junto al tercer protagonista de hoy: don Rafael Nadal.

Rafa jugaba contra el checo Tomas Berdych en cuartos de final, y por momentos pareció que el checo alto y rubio como una cerveza lo iba a sacar de la pista a pelotazos. Berdych, quien ya le había ganado en la ronda anterior a Nico Almagro (después no le dio la mano) tres desempates, ganó uno más en el primer set contra Rafa. Yo me imaginé en esos momentos a los sabios de siempre: Rafa está acabado. Entre esos sabios incluyo a mi amigo culé Antuán (podría escribir Antoine, pero no sé si corresponde). El caso es que Antuán ya dijo que Rafa estaba acabado hace como seis años. Pero no, esta vez Rafa, de la estirpe de Hewitt, repitió su sana costumbre de resucitar: sí pudo en el desempate del segundo set contra Berdych, al que dejó sin alas y después liquidó: en cuatro horas y cuarto de una bella batalla. Creo que Rafa va a firmar una (otra) espectacular campaña, aunque rivales de altas clase y calidad no le faltan.

Hoy vi perder a otro ilustre gladiador, don David Ferrer, frente a Djokovic; David tiene el corazón muy grande y es muy bueno, se inclinó por detalles y porque en los duelos a muerte sólo sobrevive el más rápido, el mejor. Ya me preparo para ver el gran duelo del viernes, Nadal contra Federer, y si Murray le da una sorpresa a Djokovic en la otra esplémdida semifinal. Pasará lo que tenga que pasar, y sólo quedará uno. Pero Australia habrá confirmado, un año más, que efectivamente es tierra de grandes aventuras; y que en enero el tenis es suyo.

Un beso

23 enero, 2012
por Antonio Pais
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Los piratas y el cine

Querida Julia:

La verdad es que te dejaría siempre como estás; no tengo excesivas ganas de que dejes de ser como ahora: como se suele decir en deporte, estás en un momento dulce. Claro que, por otro lado, tengo una gran curiosidad por ver cómo desarrollas tu personalidad. Y entre otras grandes incógnitas, me encantará comprobar tu posición frente al cine: saber tus gustos: tus películas, directores, actores o bandas sonoras favoritas.

Como ya te dije un día, como padre confío en que, huyendo de las imposiciones, tus gustos se parezcan al menos un poco a los míos. No quiero influir demasiado en tu formación cinéfila, debes volar sola, aunque la verdad es que ya he comenzado a hacerlo: en casa tienes a tu disposición algunas películas… y esas películas son mis favoritas, no tus favoritas. Son películas que fui comprando a lo largo de los años.

Sí: suelo comprar películas de cine, aunque cada vez tengo menos capacidad económica para hacerlo. Hace años fui fabricando una pequeña vieoteca. Te confieso esto en una semana en la que ha llamado la atención mundial la desarticulación de una banda de piratas digitales llamada Megauploud: y en la que otra noticia, no conocida mundialmente pero que me ha dolido, se ha sabido en Santiago: va a cerrar Gong, una maravillosa tienda que vende de discos y de películas de cine.

La noticia de la desarticulación de la banda sólo puedo aplaudirla: he dicho que sí, que soy de esos tontos, en la opinión general, que compran películas. Estoy en minoría, hoy lo habitual en nuestra sociedad es hacer una copia en internet, gracias a la ayuda de bandas como Megauploud, ver la película en casa (en la televisión o en el ordenador, qué más da) y no pisar jamás un cine. Pero en este caso me alegro de llevar la contraria, de mantener mi criterio frente a lo fácil. Y mi criterio es que estoy en contra de la piratería digital, del robo de la llamada propiedad intelectual: que es un robo, por más que el de un coche se pueda ver a plena luz del día y el de la propiedad intelectual, es decir de la creación de un artista,  para muchos sea como las nubes: quizás existe, pero en realidad no pesa; y ojos que no ven, corazón que no siente. Cuando la realidad es que un libro, una película, un disco, nace porque alguien lo crea; y ese alguien merece (más que nadie) que se le pague por ello. Un tema para otro debate es que a los artistas también les roben en otras estancias y a ellos, a los creadores de magia, sólo vayan a parar las migajas del negocio.

Pero la piratería digital sí es un robo, sí es una forma de acabar con la creación artística. Y si todos coincidimos en valernos de iniciativas como Megaupload, nos bajamos de internet las películas y las vemos en nuestra casa, sólo podemos esperar consecuencias negativas: a corto plazo descubriremos cosas como la de esta semana, que unos piratas informáticos vivían a todo tren gracias al invento y a nuestra complicidad; a medio plazo, el hundimiento de un lugar con tanta magia como las salas de cine; a largo plazo, la defunción de la creación artística: nadie hará un disco, ni una película, ni un libro, si no gana ni las migajas y si además ve que lo que crea sólo sirve para que los ladrones hagan caja (bueno, aunque en muchos casos, y bien mirado, eso ya lo padece el artista).

Coincido con Serrat, que lo cantó muy bien: larga vida a los piratas… pero a los que conocemos de toda la vida, a los del parche en el ojo. A los que vimos en el cine: desde Errol Flyn a Johnny Depp, pasando por Burt Lancaster, por Gregory Peck, por Marlon Brando… por tantos otros que nos han hecho disfrutar con sus aventuras. Como canta Serrat, los piratas te pueden pasar por la quilla por un ‘quítame esas pajas’; pero son leales, bravos y lo dejan todo por una mujer, cuando se enamoran. Nada que ver con los piratas digitales, que sólo buscan secuestrar al cine para, una vez cobrado el rescate, acabar con él.

Un beso

 

 

 

19 enero, 2012
por Antonio Pais
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Laso sí, Mourinho no

Querida Julia:

Tendrás tiempo de conocerme muy bien (ya lo estás empezando a hacer), y comprobarás muchas veces la facilidad con la que, hablando de deporte, salto de uno a otro. Acabo de ver un emocionante partido de baloncesto, el Unicaja-Real Madrid de la Euroliga; tú te fuiste a dormir en el primer cuarto. Y ayer se jugó el que la gente llama el Clásico de fútbol: Real Madrid-Barcelona. Entre el fútbol y el baloncesto, saco una conclusión que es a la vez mi humilde consejo para el Real Madrid: Pablos Lasos, sí; Joses Mourinhos, no.

La verdad es que estaba deseando que el Madrid de baloncesto perdiera ante el Unicaja, porque parece que ahora hablo desde el resultado. El final del partido en Málaga fue muy emocionante, con una tremenda afición volcada con su equipo, como acostumbra. El Unicaja, con casta, aguantó en pie hasta el final: los de Málaga ganaban por un punto de diferencia a nueve segundos del final. Pero el ¿último? ataque era para el Real Madrid. Y una acción de alta calidad técnica de un talento llamado Mirotic (oirás hablar mucho de él, en la Liga española o en la NBA) decidió que ganaran los visitantes.

Ganó el Real Madrid, al que en cualquier caso no le doy mucho futuro en una competición tan exigente como la Euroliga. Por fortuna para los blancos no es raro que me equivoque en un pronóstico, pero creo que el equipo madridista no tiene, especialmente, pívots fuertes, dureza para luchar por los rebotes; y eso en este alto nivel competitivo se paga muy caro.

Aunque de momento al Madrid le va muy bien: gana, y lo hace además con un baloncesto atractivo: rápido y valiente, sin temor al intercambio de golpes (de canastas, aclaro) y con la filosofía de juego que ha tenido el club toda la vida: a poco que se pueda, se corre y se dispara; nada de eso que llaman basket-control. Quien ha devuelto esta idea de juego es el entrenador del equipo, Pablo Laso. El ahora técnico fue un buen base durante su etapa de jugador, en el Real madrid entre otros equipos, y su padre fue un excelente técnico: Pepe Laso. Cuando el Real Madrid, que los últimos años lo ha hecho muy mal en su seción de baloncesto, optó por Pablo Laso como entrenador, ya se lo comenté a Xabi Sanmartin, compañero mío en El Correo: es un acierto total, Laso conoce su nuevo club como nadie y tiene sapiencia propia y heredada; es listo y tiene las ideas muy claras. Con tipos como  el citado Mirotic, como Carroll o como el base Rodríguez, una cosa está clara: la afición blanca disfrutará.

Salto al fútbol tras la enésima decepción que el Madrid se ha llevado en el Clásico. Y no quiero escribir demasiado del tema porque odio el que considero un desconcertante deporte nacional, que sucede tras cada debacle del Madrid de fútbol: tras ella llega un aluvión interminable de críticas, bien sea para aportar soluciones, para dejar claro lo que hay que hacer (o lo que había que haber hecho) o para destacar la vergüenza que supone el club blanco: todo el mundo habla durante unos días, y a  todas horas, del Real Madrid.

Como lo mantengo desde hace años, lo puedo repetir hoy: el Real Madrid se perdió en su laberinto. En los últimos tiempos, y con Florentino Pérez (nefasto, en mi opinión) y Ramón Calderón (fraudulento, según se demostró) en la presidencia, el club despidió a Del Bosque por ganarlo todo y conocer como la palma de su mano la cantera; a Capello, por hacer lo mismo que este miércoles hizo Mourinho, un fútbol considerado poco vistoso, pero con carácter y vencedor; a Schuster, tras ganar una Liga; a Juande Ramos, por ser un buen entrenador; a Pellegrini, por ser un caballero que no levaltó la voz cuando fue humillado.

Así que Florentino se encomendó a Mourinho: todo vale con tal de ganar. Digo del portugués lo contrario que lo comentado de Laso: no puede ser el entrenador del Real Madrid. Puede que Mourinho sepa mucho de fútbol, pero lleva un año y medio en Madrid y todavía no conoce bien la esencia del club al que entrena, ni sus valores ni su historia. El Real Madrid puede ganar y puede perder, faltaría más, pero jamás, jamás, puede ser el equipo cobarde del miércoles: eso va contra sus principios; y su entrenador no puede ser un tipo maleducado y mal encarado, peleado con el mundo y sin ética alguna: un jugador de ventaja.

Pero es que además, y como un castigo divino, Mou se ha encontrado con un rival espectacular que va camino de dejarlo sin corona alguna, más allá de una migaja en forma de Copa del Rey. Las derrotas son más derrotas cuando se pierde así. El Barça le gana ahora al Real Madrid porque es mejor, porque tiene mejores jugadores, porque nadie, no sólo Mourinho y el Madrid, sabe cómo jugar frente a él; pero también porque tiene un entrenador sabio, valiente y que conoce y respeta, como una ley sagrada, los valores del club.