Querida Julia:
Un día, a los pies de tu camita, espero contarte la historia de los Santos Inocentes, los niños a los que hace muchos años mató uno de esos tipos que más valdría que no hubieran existido: el rey Herodes. Nos cuenta la historia que los Reyes Magos se presentaron ante Herodes, en Jerusalén, y le preguntaron dónde (en qué punto de Israel) había nacido “el rey que reinará sobre todas las naciones”, es decir Jesús. Herodes recibió la noticia con miedo (perdía su poder) y le dijo a los Reyes Magos que siguieran la estrella que los guiaba y que le comunicaran dónde había nacido, que él también quería ir a adorarlo. Los Reyes Magos sigieron la estrella, llegaron a Belén y ofrecieron sus presentes al Niño; pero recibieron un aviso de Dios y decidieron no volver a Jerusalén e informar a Herodes.
Sin embargo, a Herodes sus consejeros le dijeron que Jesús tenía que haber nacido en la pequeña ciudad de Belén. Herodes cortó por lo sano: decidió cercar la ciudad y ordenó a sus soldados que mataran a todos los niños menores de dos años que hubiera en ella y en sus alrededores. Los soldados de Herodes mataron a 30 niños pero no a Jesús, pues a José, su padre, un ángel lo avisó de que huyera de la ciudad con María y el Niño.
Ha pasado mucho tiempo, aunque la historia todavía se recuerda. Hoy los tiempos son otros: en España el Día de los Santos Inocentes se celebra cada año el 28 de diciembre, aunque con un pequeño matiz distintivo: ha pasado a ser el día de las bromas; y desde 1984, cuando hablas de ‘Los Santos Inocentes’ lo haces sobre todo de una extraordinaria película de Mario Camus: en mi opinión, una de las mejores películas españolas de todos los tiempos; si no le doy el título de la mejor es porque ya sabes, Julia, que no soy partidario de esos títulos; pero si no lo es, anda cerca.
‘Los Santos Inocentes’ es la adaptación de la novela de otro extraordinario escritor, Miguel Delibes (mis recuerdos sobre él van desde ‘El Tiñoso’ y ‘El Moñigo’ en ‘El Camino’ hasta ‘Diario de un emigrante’ y ‘Diario de un cazador’, que a mi padre, tu abuelo Tito, le apasionaban, pasando por la tristeza sin fin de ‘La sombra del ciprés es alargada’). La película recoge, en mi opinión de una forma insuperable, la maestría que tenía Delibes para introducirnos en la miseria y en la lucha por la vida, en ambientes tétricos, en escenarios ruines en los que sin embargo siempre había espacio para una sonrisa.
Leyendo el libro o viendo la película uno se mete de lleno en la mísera España rural de los años sesenta; mísera para algunos, los jornaleros que debían soportar en todo momento, y sin queja, ser los inferiores, y buena para otros, los señoritos terratenientes que, por contra, tenían todo tipo de privilegios: hasta que uno de sus siervos, Paco, siguiera el rastro de las piezas de caza husmeando como si fuera un perro; y que, como un perro, fuera leal y lo hiciera hasta con una pierna rota.
El personaje de Paco en la película lo inmortalizó para siempre el gran actor que esta semana ha muerto: Alfredo Landa. Siento especial devoción por los actores que empezaron en las películas de la llamada ‘Serie B’, comedias en su mayor parte, hasta que un día descubrieron (y descubrimos) su grandeza: Landa fue uno de ellos, pero en mi lista tengo a Burt Lancaster (de funambulista a ‘El Gatopardo’; a Clint Eastwood, de pistolero en ‘Serie B’ a pistolero mayor en ‘Sin Perdón’ o a graduarse como maestro director, ‘Mystic River’ es mi preferida; o a Jim Carrey, de hacer el payaso con máscara a maravillarme en ‘El show de Truman’.
Volviendo a ‘Los Santos Inocentes’, por la película a Alfredo Landa le dieron el premio al mejor actor en el Festival de Cannes. La gran excepción que justifica la regla estuvo en que Landa lo compartió con otra gran estrella, Paco Rabal, que dio vida para siempre al jornalero Azarías que tenía una ‘milana bonita’ y se meaba en las manos “pa que no me se agrieten”. Pero la película es tan buena (y esto de los premios, vuelvo a decir, tan subjetivo) que el galardón se lo podían haber dado también a Terele Pávez por interpretar tan bien a Rémula, la mujer de Paco, o pienso que también a Juan Diego, por darle tanta credibilidad al señorito Iván.
Que todo vaya en el mérito de Mario Camus, y que nunca caigan en el olvido ni la excepcional película ni el excepcional escritor Miguel Delibes. Mientras tanto, aquí, lo que parece seguro es que nunca podremos olvidar que tuvimos un actor tan bueno, tan bueno, como Alfredo Landa; tan bueno, que hasta creó una marca: el landismo. Otro día, Julia, espero que veamos y disfrutemos juntos otra joya del cine español que protagoniza él, ‘El bosque animado’, de José Luis Cuerda: ojalá a ti también te conquiste y te llegue al corazón, como lo hizo conmigo.
Un beso muy fuerte, Julia






