1 febrero, 2017
por Antonio Pais
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Fue algo formidable que vio la vieja raza

Querida Julia:

Antes de irte a la piscina con tu madre, me ves ‘absorbido’ por la tele: la final del Abierto de Australia de tenis. Respondo a tu batería de preguntas: “Es Rafa Nadal, mi ídolo (lo vas conociendo, ya no es un extraño para ti); juega contra otro que también es un fenómeno, Roger Federer”; “Ahora va perdiendo, pero creo que puede ganar”; “Sí, hasta los mejores pierden: el deporte es así: unas veces te toca ganar y otras, perder”. Intento explicarte un imposible para ti: cómo va la puntuación en tenis; que a cada tanto, tú quieres saber si Rafa Nadal ganó ya… Te vas a la piscina, me dejas ‘solo ante el peligro’ y al volver lo primero que quieres saber es quién ganó y quién perdió. “Ganó Federer, perdió Rafa”, te digo, y te insisto en el mensaje: “Pero lo importante no es eso: es saber ganar y saber perder”. Asientes, aunque no sé si te quedas muy convencida: “Bueno… pero a mí me gusta más Roger Federer”, me dices.

No te culpo: es imposible amar el tenis y no amar a Federer, y tengo que confesar que la derrota de Rafa es mucho menos derrota si llega frente a un tipo así: elegante y educado, en el juego y en su forma de ser. Y si encima la debacle llega tras una exhibición de tenis y de saber competir por parte de los dos contendientes… ya sabes, la victoria y la derrota: esos dos impostores que van de la mano. Rafa tuvo la victoria muy cerca, Roger se salió con maestría de las cuerdas cuando la derrota, el guión común en sus partidos contra Rafa, ya lo llamaba con fuerza. Viva el tenis, por eso y en todo caso.

Porque fue una final para la leyenda del tenis. Cuando acabó, por una de esas asociaciones entre el deporte y el arte que suelo hacer, pensé en que había resucitado el líder de los araucanos, un Caupolicán moderno: Rafa Nadal, que usa con maestría una raqueta y no una fornida maza, y que desde hace mucho tiempo es mi ‘Toqui’, mi jefe; y que, gane o pierda, es un campeón del que hablará la eternidad. Imaginé que un día remoto alguien contará que esta final del Abierto de Australia “fue algo formidable que vio la vieja raza”, acudiendo, para honrar a dos héroes de leyenda, Roger Federer y Rafa Nadal, a los versos que un día escribió (un prodigio de belleza y de ritmo) el gran Rubén Darío.

La poesía, una de mis favoritas desde que hace mil años la escuché por primera vez, canta cómo se ganó Caupolicán el derecho a ser el jefe de los araucanos: caminó un día entero cargando un tronco de árbol . El poema dice así:

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta»,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

 

Ya lo sabes, Julia: para siempre se erguirá la alta frente del gran… Rafa Nadal… vale, y también la de quien ahora es tu favorito, el gran Roger Federer, ese genio; aunque no rime.

Un beso, hija

28 enero, 2017
por Antonio Pais
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Serena, la más grande

Querida Julia:

Tienes seis años y aún no has jugado al tenis. Mal asunto para mi legítima ambición de hacer de ti una gran campeona… y una máquina de hacer dinero que acabase con mis desvelos de tipo económico. Es broma, ya lo sabes: siempre he visto con un deje de tristeza a esas muñecas convertidas en potenciales ganadoras en el mundo del tenis; aspirantes a ganar títulos y mucho dinero, para mayor gloria de sus padres. La gran mayoría de estos proyectos acaban en nada, pero incluso hay bastantes casos en los que la cosa acaba mal, en los aspectos familiar y personal, pese a alcanzar el éxito deportivo la niña: familias destrozadas, malos tratos, órdenes de alejamiento, niñas rotas al llegar a la edad adulta… una pena de carreras.

Pienso en esto mientras veo la final del maravilloso Abierto de Australia de tenis. La juegan las hermanas Williams, Venus y Serena, que surgieron del frío (empezaron a practicar el tenis en pistas públicas) para llegar al éxito rotundo y cambiar la situación económica de sus padres… ahora separados, en fin. La final no ha sido bonita, ha sido más bien insulsa y, como han coincidido en destacar varios analistas del tenis, sin duda lo más emotivo (o lo único emotivo) ha llegado tras el último punto: el que ha dado paso al abrazo sincero entre las dos hermanas; el que deja a Serena, campeona del torneo sin ceder un set, como la más grande de la Era Open en el tenis, al menos en títulos: ya tiene 23 torneos del Grand Slam, uno más que la alemana Steffi Graf.

No soy neutral al hablar de Serena, ya te conté en este mismo blog que para mí es la tenista redonda: si la perfección en el tenis existe, es Serena. Ahora alguien me dirá que hace años entre 1960 y 1970) una jugadora australiana llamada Margaret Court ganó 24 títulos del Grand Slam… en individuales, que la muchacha también arrasaba en dobles y en dobles mixtos. El enorme mérito de Margaret Court está ahí y no hay quien lo mueva; y yo siempre he sentido especial debilidad por los pioneros, en cualquier deporte. Pero de lo que no debe quedar duda es que en 1960 la situación del tenis era muy diferente; por ejemplo, Margaret ganó once de sus 24 ‘grandes’ en Australia. ¿Cuántas jugadoras europeas y americanas viajaban entonces hasta allí para jugar el torneo? No sé responder la pregunta con exactitud, pero creo que muy pocas.

La situación ha dado un vuelco: las mejores del mundo juegan cada año en Australia, y en París, y en Londres y en Nueva Cork. Acuden todas… y al final suele ganar Serena, una jugadora de la que podría decirse, amoldando el mensaje publicitario, que la potencia con control sirve… de muchísimo. Con control de golpes, con enorme calidad técnica y mental, competitiva, da para ganar 24 torneos del Grand Slam… y subiendo, aunque la niña negra tenga ya 35 años; pero, de nuevo la número uno del mundo y con ilusión en sus ojos, su final no se ve cerca.

Sabes también, Julia, que huyo de las comparaciones: cada época es distinta y tiene a sus campeones; y punto. En esta ocasión no voy a ser ventajista y decir que Margaret Court es más que Serena, y que ésta es más que Steffi Graf o que Martina Navratilova… o que Monica Seles, a quien un mal hombre le cortó la carrera con un cuchillo. El número de torneos del Grand Slam que ha ganado cada una es un dato muy importante, no definitivo. Gloria para todas ellas, gloria siempre al tenis… pero déjame que me salte mis propias reglas y le ponga un toque sujetivo a este debate: en mi corazón, la más grande de todas es y será siempre Serena Williams.

Un beso muy fuerte, Julia.

21 enero, 2016
por Antonio Pais
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Hewitt como espejo

Querida Julia.

 

Tu madre te lo recordó hace poco. Estabas (como de costumbre) un tanto remolona para hacer una labor, no prestabas atención. Y te repitió el mensaje: “Para lograr las cosas hay que esforzarse; sin esfuerzo no consigues nada”, te dijo. La cosa no funcionó de verdad hasta que recurrió a la vieja táctica: teníamos pensado ir al cine, a ver a Carlitos y Snoopy (lo pasamos muy bien; muy recomendable para hijos y padres). Y cuando minutos después hablaste con tu abuela Chelo, tú misma se lo comentaste: “Vamos a ir al cine, pero porque me he esforzado”, le dijiste; acababas de terminar, y bien hecha, tu labor: ¡Estás aprendiendo a leer!

Lleyton Hewitt, el gran tenista australiano, habló en términos similares tras perder el último partido de su carrera deportiva: ya había anunciado que el Abierto de Australia iba a ser el último de su carrera, y tras caer ante David Ferrer (espectacular el comportamiento de éste, su aportación en el emotivo homenaje que una grada rendida tributó a Lleyton). El ‘aussie’ habló así: “Me voy contento, por que siempre, en todo momento, en todo partido, di el cien por cien de mi capacidad”.

No hacía falta que lo dijese, la verdad. Quien durante los ¡20 años! que estuvo en la primerísima línea del tenis mundial haya visto a Hewitt sabe que quien se midió a él tuvo dura competencia: un rival rocoso que le exigió máxima concentración y sin descansos.

En sus primeros años, Hewitt fue para muchos de nosotros el tipo mal encarado que quería ganar como fuera a los nuestros (y los nuestros eran Ferrero, Moyá, Costa o Nadal; o la nuestra era la inolvidable Copa Davis que al fin se ganó en Barcelona… con Lleyton enfrente, poniéndolo difícil). Pero el paso del tiempo cambia muchas cosas, y qué gran verdad es que el tiempo pone a cada cual en su sitio. A Hewitt lo puso en un sitio muy alto: más allá de ganar o perder (aunque ganó mucho: número uno mundial, Wimbledon…), el recuerdo que quedará del jugador australiano es el de un feroz competidor, un jugador que, en efecto, dio o intentó dar su cien por cien de la primera a la última bola de cada partido: un deportista, un señor tenista.

Sí, porque, más allá de que su célebre “Come on” sonase un tanto provocativo y lejos de lo que se entendía como deportividad hace 20 años, la imagen de chico rebelde y de, por qué no decirlo, de maleducado que nos pareció ofrecer Hewitt fue variano. Punto a punto y partido a partido unos y otros nos fuimos convenciendo de que el espíritu de lucha y de superación, el no darse nunca por vencido por superior que pareciese su rival (memorable el partido de la Copa Davis en la que superó la pérdida de los dos primeros sets ante un genio llamado Roger Federer) era lo que estaba en el ADN de ese tenista rubio australiano.

Así que Lleyton fue pronto un espejo en el que se miraron chicos que querían ser algo en el mundo del tenis. Para ganar había que ser valiente y osado, competir siempre y no venirse abajo nunca: el “Comen on” de Lleyton fue pronto el “Vamos” de Rafa Nadal, y nadie se sintió ya ultrajado. Y como vimos que detrás de esos gestos y de ese luchar siempre había un deportista nato, empezamos a admirar al ‘aussie’. Por eso, ante la que probablemente iba a ser su despedida a Lleyton le llegaron  millones de muestras de agradecimiento, reconocimiento y admiración desde todas las partes del mundo: también desde España.

Hewitt no las escuchaba: mientras un nervioso Ferrer era el último que sufría para ganarle, él se mostraba el puño y se lanzaba su mensaje favorito: sólo iba dos sets abajo y perdiendo en el tercero, y en todo caso hasta el final debía dar su cien por cien, vender cara su piel.

Un beso, Julia. Y gracias y hasta siempre, Lleyton Hewitt: fue un honor sufrirte como rival.

14 julio, 2015
por Antonio Pais
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No mentirás

Querida Julia:

Caminas alegremente hacia tus cinco años y ya te vas dando cuenta de cómo funciona todo, comprendes los principios fundamentales y los valores que a tu madre y a mí nos gustaría que tuvieses. Un principio y un valor elemental, quizás el primero, es el de ser bueno, sincero y honesto, con todo lo que eso conlleva: no mentir, desde luego; pero también cuestiones como no tener miedo a decir la verdad, ni desde luego a las consecuencias que ello te pueda traer; huir de la falsedad en tus actuaciones y declaraciones; o ser una persona de verdad ante tus amigos… y desde luego también ante tus enemigos.

Muchas veces, en todo caso, un ejemplo que representa lo contrario a esos valores vale más que mil palabras. “Iker Casillas se ha ido del Real Madrid porque él así lo ha querido”, dijo esta semana Florentino Pérez, presidente del club blanco. Esa frase explica perfectamente los defectos que no me perdonaría que tuvieses, Julia: en ella se juntaron falsedad, mentira, cinismo, maldad, crueldad, desvergüenza (la frase la dijo con Iker delante), poco estilo, escaso sentido del ridículo y falta de inteligencia… que hace falta ser torpe para tratar de que cuele que un jugador que lleva en el club desde los ocho años, que nació y vive en Madrid, que tiene una mujer que también vive y trabaja en Madrid, un jugador que ahora tiene 34 años (tramo final de su carrera, por lo tanto), se quiere ir del club de su vida, así alegremente, cuando además tiene dos años más de contrato y cobra una pasta gansa. Lo mejor es que al presidente no se le movió un pelo, ni se puso colorado, cuando lanzó la frase.

Florentino Pérez es un presidente nefasto, muy dañino, para el Real Madrid: lejos de comprender los valores del club, los ha volatilizado con el paso de los años: se ha cargado, sin aspavientos, el madridismo de siempre. Después de Pirri y de Del Bosque, de Hierro y de Raúl, vienen Iker Casillas y hasta puede que Sergio Ramos. Quizás el señor Pérez, el Ser Superior del que habló una persona mediocre y pelota hasta la náusea (¡qué pena, Emilio Butragueño!), pues quizás el señor Pérez esté pensando que esto se arregla con un fichaje de 120 millones de euros y otra presentación fastuosa. Mientras tanto, en Barcelona bailan y celebran títulos: no sé a qué están esperando en la Ciudad Condal para cambiar la estatua de Cristóbal Colón por la de Florentino Pérez: ni de lejos el audaz marino hizo tanto por los barceloneses, ni desde luego los hizo tan felices, como don Florentino.

Un beso, Julia

 

22 mayo, 2015
por Antonio Pais
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Para llorar

Querida Julia:

Veo las imágenes en la televisión. Llegan frescas de Portugal: en los aledaños de un estadio de fútbol, un aficionado que lleva puesta la camiseta del Benfica es apaleado con saña y apariencia de falta de escrúpulos por un policía, que lo reduce y le pone las esposas. La imagen la completan los que, según se nos explica, son el padre y el hijo del aficionado: el abuelo también es zarandeado, y el niño llora impotente viendo cómo su padre es golpeado y él no puede ayudar en nada, no puede acercarse ante la lluvia de golpes: sólo puede llorar, y también pedir que suelten a su padre. Es inevitable que le ponga tu cara a la del niño rubio, el que llora por lo que parece un abuso de autoridad en toda regla de un malnacido vestido de policía; es inevitable que piense que yo podría muy bien ser el aficionado apaleado y esposado por protestarle al policía cretino. Llora el niño, y a todos nos dan ganas de llorar.

El malestar crece cuando da paso a la reflexión, cuando piensas en la relación cada vez más frecuente entre el fútbol y la violencia. Las imágenes que nos llegan de Portugal se suman a las que, cada vez con más frecuencia, nos llegan de Argentina, o de México, o de Tailandia, o de Rusia, o de Inglaterra, o de Serbia… o de España, que tenemos lo nuestro: mientras hablo, llegan las de un aeropuerto y unos cretinos agrediendo, al parecer en nombre del Real Madrid, a aficionados con la camiseta del Barcelona.

El denominador común es el fútbol como perfecto caldo de cultivo para las actitudes violentas. Y uno, que simplemente adora ese viejo deporte llamado fútbol y que lo vive con pasión, pero de la buena: la de vibrar con un gol, la de festeja un triunfo, la de entristecerse con una derrota… siempre hasta la próxima dosis de cada cosa; pues el deportista se siente extraño, perdido en medio de la tempestad de absurda violencia. Y pasa del amor por el fútbol a detestar, casi diría odiar, a quienes quieren acabar con él a base de golpes, a base de no entenderlo, a base de justificar su miseria humana en la derrota del que llaman su equipo.

Los amantes del fútbol, del deporte, nos sentimos en estos casos como el niño del Benfica: impotentes y con ganas de llorar ante una violencia que no va con nosotros ni entendemos, pero que nos invade con fuerza: que lanza golpes a algo que queremos tanto.

Y da más ganas de llorar cuando después compruebas la reacción de los dirigentes del fútbol, tan dados a lanzar el mensaje tan rotundo: ‘Tolerancia con la violencia, cero’… un mensaje que mandan ufanos tras cada episodio grave de violencia pero que tardan sólo días en dejar aparcado en un cajón: así, vuelven a los campos las bengalas que quedaron fulminantemente prohibidas hace años, cuando una voló de grada a grada y segó la vida de un inocente pequeño en Sarriá; así, vuelven a las gradas de los campos los grupos violentos que políticos y clubes afirmaron que no tenían sitio; y así, se comprueba que todo se quedó en un patético amago de poner multas por realizar cánticos ofensivos.

La tolerancia con la violencia está muy lejos de ser cero. Responsables de atajarla somos todos, pero no parece que vayamos por el camino correcto. Y sí, da para llorar.

Un beso muy fuerte, Julia

16 mayo, 2015
por Antonio Pais
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Más que nunca: ¡¡¡Vamos, Rafa!!!

Querida Julia:

Creo que ya te lo he dicho alguna vez: a lo largo de tu vida conocerás a todo tipo de gente, personas que pronto o tarde te demostrarán su bondad o su maldad. Se trata entonces de ver bien, de conocer la valía del personaje de turno antes de que los hechos te lo muestren. Hay muchas veces que esa valía es evidente a primera vista; los mayores peligros son los que no intuyes.

A primera, a segunda y a tercera vista, Rafael Nadal Parera es un fenómeno. Es evidente que es uno de los mejores tenistas de todos los tiempos, y ahí están sus logros. Y lo que completa el círculo de su carisma es que como persona, como deportista, es excepcional: yo al menos, y creo que también ahora me repito, nunca vi a nadie que, siendo tan competitivo, sea a la vez tan elegante, tan bueno en la victoria como en la derrota: un coloso de lo más humano.

Ahora Rafa pasa por momentos difíciles… es ‘sólo’ el número siete del mundo, ‘sólo’ llega a los cuartos de final, las semifinales o las finales de grandes torneos. Y el ‘drama’ puede llegar a ser peor: puede suceder, incluso, que el muchacho pierda de una vez en Roland Garros, el rey de los torneos sobre tierra batida, el torneo del Grand Slam que él ha ganado, y hay que pensarlo antes de escribir porque siempre está ahí el temor a equivocarse, ¡nueve veces! La cifra es inaudita, lo nunca visto… y lo que, muy probablemente, no se volverá  a ver.

Rafa está en un mal momento: no gana. Aunque quizás las derrotas del balear puedan servir de gran lección: Todos los que, por simple ignorancia o por simple envidia, o por simple inutilidad, han resumido los éxitos de Rafa en que es un ‘pasabolas’ (término utilizado por los más ignorantes, los más envidiosos, los más inútiles), o en que corre mucho, o en que tiene suerte, o en que “Rafa gana porque sus rivales fallan”, como dijo un lamentable ¡entrenador de tenis! cuyo nombre prefiero olvidar… todos esos habrán comprobado que no: cuando Nadal no juega muy bien al tenis y mucho rato, no gana. Es así de simple, el nivel es altísimo.

Cuando el servicio de Rafa, o su revés, se muestran más ineficaces que nunca; cuando su derecha no cae como una bomba sobre los pies de sus rivales o los destroza; cuando no logra restar bien los enormes servicios que le llegan; y, sobre todo, cuando el balear no responde de la mejor manera posible, como ha hecho durante toda su carrera, cuando mayor es la presión y llegan los momentos clave de cada partido… entonces, hasta el más inútil puede ver que no basta con correr y pasar bolas, o con tener suerte, o con que tus rivales fallen: eso no basta para ganar nueve veces Roland Garros, dos veces Wimbledon, otras dos el Abierto de Estados Unidos, otra el Abierto de Australia, más Copas Davis, oro en los Juegos Olímpicos, récord de victorias en Masters 1.000… tantas cosas. Lo sé, estoy diciendo perogrulladas.

El bajón en el rendimiento de Rafa lo estaban esperando muchos de sus rivales, aunque en este caso no hay un punto de crítica: simplemente, gigantes de la raqueta como Roger Federer, como Nole Djokovic, como Andy Murray, como Stan Wawrinka… como tantos otros, tienen muy cercanos los malos ratos que les hizo pasar Rafa en una pista de tenis: los partidos que les ganó y los títulos que les quitó. Legítimamente, cuando ven ahora la debilidad de su rival van a por él con todas: es deporte. Para ganarle a Roger, a Nole, a Stan, a Andy… y a muchos más hay que jugar muy bien al tenis, mucho rato.

No puedo predecir lo que pasará en el ya inminente Roland Garros. No sé si Rafa será esta vez capaz de levantarse contra todos y alzar la copa, su ¡Décima! Tampoco me parece lo más importante del mundo, aunque deseo con fuerza que Rafa dé su enésima lección de cómo se pasan las bolas y cómo se compite. Pero si cae, le dará la mano a su rival y se irá enfadado por perder… y pensando en mejorar, en luchar. Y que sepa que, más que nunca, muchos estaremos gritándole con más fuerza que nunca desde nos encontremos: ¡¡¡Vamos, Rafa!!!

Un beso muy fuerte, Julia

8 mayo, 2015
por Antonio Pais
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Cuando el Real Zaragoza hizo arder París

Querida Julia:

Zaragoza no está tan lejos de Galicia, ya lo verás. Fíate: te lo digo yo, que desde que nací estoy haciendo el viaje. Cuando yo era pequeño el viaje desde Zaragoza a Santiago ‘empezaba’, curiosamente, cuando veíamos aquel cartelito verde en el que se leía ‘Galicia’: a partir de ahí no sólo quedaba la mitad en tiempo, sino que todo eran curvas cerradas y carreteras estrechas, ya fueras por Lugo o por Ourense. Tengo una asignatura pendiente: llevarte más a menudo a Zaragoza, el sitio donde nací y crecí feliz: una ciudad magnífica, con una gente que al principio te parecerá brusca pero que es sincera y de corazón noble: una gran gente, sin duda. Me encantará ir contigo a Zaragoza; iremos en primavera y seremos felices, y tú también la amarás.

Una noche de primavera de hace 20 años se produjo un suceso extraordinario que se está homenajeando ahora… y muy bien, como lo ha hecho Teledeporte, ese impagable canal de televisión; su reportaje repasa la historia del Real Zaragoza. Con la música de fondo de la canción ‘Arde París’, hermosa como siempre en la voz de Ana Belén pero más cautivadora si cabe, mágica, el documental de Teledeporte recuerda lo sucedido la noche del 10 de mayo de 1995 en el Parque de los Príncipes de París, cuando tuve (tuvimos) que frotarme los ojos para comprobar que el gol de Nayim, que llegó ¡diez segundos! antes de terminar la prórroga, era real como el Real Zaragoza y le daba el título de campeón de la Recopa de Europa: el equipo maño había ganado, sí, el título frente al vigente campeón, el Arsenal inglés.

Tantas emociones vuelven con el reportaje. Me río con la cara de loco del gran Juan Esnáider al celebrar el 1-0 (después el Arsenal empataría); o al ver al joven Víctor Fernández, el entrenador que guió al éxito; o a Jesús García Sanjuán, al que conozco desde crío. Y me estremezco al ver la alegría desbordada de una afición que necesita ahora motivos para lucir su orgullo.

Esa noche yo estaba en la redacción de El Correo Gallego. Ya había terminado de trabajar, pero me quedé para ver el desenlace del partido. Y los pocos compañeros que quedaban en el periódico confirmaron que estaba loco cuando me vieron salir corriendo, dando saltos y gritando gol… sin saber que había una razón muy grande. Yo, lo mismo que todos, pensé qué hace Nayim cuando largó aquel voleón lejano que hizo que el balón subiera y subiera, como un globo… hasta que cayó desinflado en la portería de Seaman, el portero inglés. ¡Un sueño! ¡Campeones!

Escribo esto y no lo puedo evitar, se me eriza el vello y me vuelvo a emocionar. Llevo en este estado feliz desde ayer, cuando vi el documental por primera vez. Todo maño se emocionó, sin duda, al verlo. Pero si además, como es mi caso, las imágenes te muestran a tu entones jovencísimo padre tocando el balón como jugador del Real Zaragoza; cuando repasan la gran etapa del equipo (finales de la Copa del Generalísimo o de la Copa de Ferias de Europa)  durante los seis años que él jugó; cuando muestran a compañeros suyos tan queridos por mí y por toda mi familia, como el añorado Yeyo Santos, que ya no está, o Pitico Reija, que sí que sigue; cuando el reportaje continúa con la época de los ‘zaraguayos’, la misma que vivió con pasión en La Romareda un niño llamado Antonio, tu padre (Arrúa, Diarte, Cabestany, Violeta, González)… entonces es mucho.

Así que esta mañana (8 de mayo, cumpleaños de mi hermano José Manuel) lo han vuelto a poner en Teledeporte y me he ido directo a la casa de mis padres en Bertamiráns para verlo (para disfrutarlo) con ellos. Más emoción, claro. Mi padre, tu abuelo Tito, está lejos de ser aquel joven que tocaba ilusionado el balón sin que cayera al suelo: esta mañana lo saqué sin reparo de la cama para que se reviviera a sí mismo, y creo que le ha sentado muy bien. Yo, a su lado, hice lo que recuerdo que hacía cuando tenía cuatro años: no perder ripio de las imágenes buscando a papá, sobresaltarme cuando me pareció verlo intervenir.

Mi moral, mi ilusión, sale muy fortalecida tras ver el documental. Espero que también la del Real Zaragoza, que fue  tantos años grande de España y ahora está en la Segunda División… pero volverá, claro que volverá: el equipo al que sentía en La Romareda simplemente tiene un sitio que lo está esperando. Pero espero, sobre todo, que la moral que suba sea la de tu abuelo Tito, que fue un gran jugador de fútbol y que, aunque a veces parezca que él no quiere jugarlos, todavía tiene que ganar muchos partidos en su aún mejor faceta: fue siempre, es y será un gran tipo.

 

Un beso muy fuerte, Julia; y, por esta vez, permíteme compartirlo con tu abuelo, mi padre.

22 marzo, 2015
por Antonio Pais
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Ídolos de barro

Querida Julia:

Dicen que en la vida ‘es de bien nacido ser agradecido’. Estoy muy de acuerdo. Y a ti te repetiría que debes valorar lo que tienes, lo que la propia vida y la gente te han dado, los momentos buenos que todo ello te ha permitido pasar. Al mismo tiempo, un consejo: da todo lo que puedas: para recibir, primero hay que dar; ser generoso siempre está bien, otra cosa que también es cierta es que no debas darle nada más a quien ya te demostró que no lo merecía.

El mundo del fútbol, al menos si hablamos del fútbol español, no suele respetar estos códigos: se dice que el fútbol aquí no tiene memoria y es cierto, como es cierto que se juntan la falta de respeto por el rival y la que hay por los propios jugadores. Me lo comentó el otro día un amigo mío galés, Michael, un gran tipo al que conocí hace años en un sitio mágico: el pequeño campo de cemento que hay en la Residencia de Santiago: un gran ‘centro social’ al que acudía, para jugar al fútbol o, cuando no tocaba, para hablar en las gradas de todo tipo de cosas (normalmente deportivas), todo tipo de gente sin importar clase ni nacionalidad.

A Michael lo volví a ver hace un par de años en Bertamiráns: aquí vive, junto a su mujer y la hija de ambos, que es muy culé. Michael es un magnífico profesor de inglés y entre sus alumnos ha tenido a mi muy querido cuñado Alfonso, que aunque ahora cuando te manda mensajes te escribe ‘notatol’ en lugar de ‘not at all’ es porque es muy bromista y no porque no haya evolucionado, y mucho, en la lengua de un tal ‘Siespir’.

El caso es que Michael, amante del fútbol británico y acostumbrado a las sagradas reglas que rigen en éste, no ve con buenos ojos lo que pasa en el fútbol español. Me lo comentó en referencia a lo que sucede ahora en el Real Madrid con un paisano suyo, Gareth Bale: “No se están portando muy bien con él, ¿no te parece”. Y me explicó que en el fútbol inglés algo así no sucede: allí un ídolo es un ídolo siempre, en las buenas y en las malas, y cuando termina un partido el público aplaude a los jugadores y viceversa.

El fútbol inglés siempre ha dado magníficos ejemplos de educación deportiva. Allí es del todo impensable que a un gran jugador le piten, con un indudable aroma a crueldad, sus propios aficionados. No hace tanto que Bale marcó goles decisivos para que el Real Madrid ganara títulos: no ha pasado tanto tiempo para que se olvide la carrera con la que derrotó a Bartra y al Barcelona en la final de la Copa del Rey, y será del todo inolvidable, se mire como se mire, el gol de cabeza que puso al Real Madrid en bandeja su ¡Décima! Copa de Europa. Pero han bastado unos días menos buenos para que Bale lo sepa: aquí los ídolos son de barro.

“No te preocupes”, le contesté a Myke, “no tiene nada que ver con la nacionalidad”. Y le recordé que en el Real Madrid hay aficionados que silban a un chaval que llegó al club siendo un niño, que lleva toda su vida deportiva en él, que con él ha sido reconocido varias veces como el mejor portero del mundo, que ha ganado Champions, Ligas, Copas o, ya con la selección, Mundial o Eurocopas. Todo eso no ha bastado: mostrando todas sus carencias en educación deportiva, a Iker Casillas le pitan crueles… como, por otra parte, le pitaron a Roberto Carlos (yo escuché en el mismo Bernabéu cómo le llamaban ‘macaco’), a Zidane, a los dos Ronaldos, a Makelele por ser negro, a Di Stéfano por ser blanco… el caso es silbar.

Escribo estas líneas horas antes de que se juegue el Clásico del fútbol español, el Madrid-Barça: un partido que es, o debería ser, motivo de orgullo en nuestro país. Después del partido habrá que ver quién es gran ídolo y quién lo es de barro, que en el Barça también saben mucho del tema. Se verá si el entrenador bueno es Luis Enrique o es Ancelotti, o cuál de los dos no tiene ni idea de fútbol; se verá si Messi o Cristiano son reyes, o si ambos son destronados y desterrados; se verá si Iniesta o Sergio Ramos han vuelto o están acabados; y si Xavi o Casillas pierden, nadie se acordará de la felicidad que provocaron: fue hace ya tanto tiempo.

Un beso, Julia

10 marzo, 2015
por Antonio Pais
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Mira lo que hemos hecho

Querida Julia:

Varias veces ya, mientras te miramos dormir en nuestra cama (tantas veces de madrugada acudes sigilosa desde tu habitación, sin que en ocasiones lo notemos, y ocupas tu lugar en el centro), tu madre y yo nos hemos mirado y hemos hecho un comentario lleno de orgullo: “Mira lo que fuimos capaces de hacer; quién nos iba a decir que seríamos padres de una niña tan linda”. Es así, todo se resume en que le damos gracias a la vida por el enorme regalo que nos hizo. Verte dormir, como verte jugar o verte reír… verte feliz lo es todo: no hay más preguntas.

Pensé en esto al escuchar la última frase de la película ‘La teoría del todo’, de James Marsh, basada en el libro sobre la vida junto al célebre astrofísico Stephen Hawking que escribió su primera mujer, Jane: ‘Tavelling to Infinity: my life with Stephen’. Esa última frase de la película se la dice Hawking, en silla de ruedas (su caso siempre me ha parecido el más maravilloso y paradójico ejemplo de lo que son la vida y el ser humano: el más inteligente de todos apenas puede mover las cejas) mientras ven correr en un jardín a sus tres hijos.

La película me pareció magnífica, en la línea del mejor cine inglés: con todo en su sitio: excelentes interpretaciones (sensacionales Eddie Redmayne como Hawking y Felicity Jones como Jane, pero también los ‘secundarios’ Charlie Cox o Emily Watson), música brillante y cautivadora, elegancia en la forma de contar la historia, gran ritmo narrativo (los 123 minutos de la película se me pasaron muy rápido)… sí, una gran película; qué grande es el cine.

La película habla mucho de amor y de lo que puede hacer: por ejemplo, atrapar a un chico ‘talibán’ de las ciencias en general y de las matemáticas en particular, ateo y despreocupado por su imagen cuando ve a una chica de letras, creyente y siempre muy elegante; por ejemplo, que una mujer decida no separarse del hombre del que está enamorada cuando a éste le comunican que padece una terrible enfermedad neuronal que en teoría le hará morir en dos años (“aprovechemos el tiempo que tengamos”, qué gran lección); por ejemplo, que el mismo hombre decida separarse de la misma mujer cuando, muchos años y tres niños después (la elegancia está en no explicarnos cómo llegaron), ve que el amor se ha acabado, del mismo modo que ella se ha agotado tras tanta dedicación (y aquí permitimos al cine mentirnos: al parecer la historia real fue distinta, la separación no fue amistosa aunque sí hubo reconciliación final).

La película nos habla también de Dios y del tiempo. Hawking, en su creencia de que las matemáticas lo pueden demostrar todo, persigue lo que a mí me parece un imposible: el inicio del tiempo. Hawking busca una respuesta racional, matemática, a la pregunta que creo que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿cómo empezó el mundo? El genio Hawking desarrolla ya enfermo, cada vez más limitado físicamente, la teoría de los agujeros negros; un día el hombre podrá hacer que el tiempo corra para atrás, resume: se podrá recuperar el tiempo. Hawking no cree en la existencia de Dios, de un creador del mundo. También esto nos lo habremos planteado todos alguna vez; en mi caso particular, desistí de seguir buscando una verdad inalcanzable para no volverme loco: creo que sí hay un Dios, un creador, y ya está.

Porque llegó al final la frase genial: “Mira lo que hemos hecho”. Pensé que después de todo, en el mundo (también en el caso de alguien tan grande como Stephen Hawking), lo más grande es un padre admirando su inconcebible creación: el milagro de la paternidad. Que otros se desvelen, si así lo desean, intentando descifrar cómo nació la vida; y que debatan sobre si existe o no Dios: a mí me basta con verte dormir, jugar, reír.

Un beso muy fuerte, Julia

28 febrero, 2015
por Antonio Pais
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El enfado de Jesé

Querida Julia:

Como no podía ser de otra forma, los pequeños (muy escasos) malos momentos que ha tenido nuestra relación hasta ahora han tenido como denominador común tus enfados. Créeme, para los padres no es siempre fácil saber cómo debe responder a los enfados de sus hijos: saber si tienen o no una firme justificación, saber qué firmeza, qué intensidad y qué duración ha de tener la respuesta de los padres cuando consideran que, más que de un enfado, se trata de un capricho… cosa que sucede la gran mayoría de las veces. Esta semana una de tus profesoras en el colegio nos ha advertido de un mal comportamiento tuyo, algo que a tu madre y a mí nos ha molestado: entonces, los enfadados hemos sido nosotros. Pero en este tema de los enfados, como en todo en la vida, hay matices.

Hay enfados y enfados. En el mundo del fútbol, las imágenes (no perdonan, lo captan todo) nos mostraron recientemente el enfado de un jugador del Real Madrid, Jesé, cuando su entrenador, Carlo Ancelotti, le dijo que iba a sustituir a un compañero… a un minuto del final del partido, con todo bastante claro, medio resuelto desde hacía rato (el Madrid ganaba 0-2 en Elche) y después de haber estado (Jesé) 40 minutos calentando. El jugador se lo dijo al segundo entrenador, Fernando Hierro: “Eso no se hace” y después jugó medio minuto. Lo mostraron las cámaras que lo captan todo.

Tengo una muy alta valoración de Jesé: me parece un futbolista excepcional, con unas cualidades impresionantes: gran potencia física, capacidad de desborde, valentía, competitividad, destreza al golpear el balón, hábil regate, capacidad para ‘leer’ la jugada y asociarse, mentalidad fuerte… jugadores con esas cualidades salen muy pocos. Jesé es una joya. Lamenté profundamente su lesión, la temporada pasada, cuando estaba en sus mejores niveles de juego y de confianza. Lo lamenté por el peligro de perder a un gran talento.

Antes y después de esa lesión, mis únicas dudas pasaban por cómo esté de bien amueblada la cabeza de Jesé, que en el pasado dejó ciertos episodios de descontrol (creo recordar que siendo juvenil agredió a un árbitro) y que, como confirmación de que no es un deportista al uso, desarrolla junto a su carrera como futbolista otra como cantante.

Reconociendo que hablo desde fuera y que estoy muy lejos de sus conocimientos de fútbol y, por supuesto, de su visión diaria de la plantilla, no estoy de acuerdo con el manejo de una plantilla excelente que ha hecho este curso Carlo Ancelotti, al que por lo demás admiro. Pero en mi opinión (ya digo, la ignorancia es atrevida) ha hecho jugar demasiado a algunos jugadores (Kroos, Isco, o Modric, Sergio Ramos y James hasta que se lesionaron) y muy poco a otros (Jesé tras su vuelta tiene minutos con cuentagotas en partidos decantados, como el de Elche: es el mejor ejemplo porque además podría dar descanso a Bale, a Cristiano o a Benzema, sin que bajara el nivel).

Rotaciones sí o rotaciones no. Podría ser el titular del próximo artículo, tal vez llegue. Pero no hoy: hoy se trata de hablar de educación, de enfados y sus matices. Unos días después del enfado de Jesé, las cámaras que todo lo recogen nos han mostrado al mismo jugador saliendo a las cuatro de la madrugada de una cena de la plantilla blanca. Entonces he recordado, por si lo había olvidado, que Ancelotti ve a sus jugadores cada día, que conoce como pocos la psicología del futbolista, que él más que nadie sabe que tiene entre manos una joya y que no es precisamente alguien que suela tirar piedras sobre su tejado… y comparé entonces a Carlo con el padre que quiere lo mejor para sus hijos, aunque a veces tenga que tomar decisiones que, vistas desde fuera, nos parezcan injustas. Quizá Ancelotti no vio en la mejor línea a Jesé.

Ojalá, en todo caso, con el tiempo se nos revelen una vez más como sabias las decisiones de Ancelotti. Ojalá dentro de nada estemos hablando de Jesé como uno de los mejores jugadores de Europa. Y ojalá, cómo no, en unos años pueda yo decir con orgullo que mi hija supo leer mis errores y mis aciertos (de todo hay en la educación) y es una gran chica.

 

Un beso muy fuerte, Julia.