Hace diez años, en septiembre
Entrada publicada el 6 de septiembre, 2011.
¿Quién no recuerda ese mes, ese año? Un acto terrorista marcó al mundo para siempre. Diez años después los titulares hablan acerca de cómo ese día ha transformado el mundo.
Ese mismo mes y año también nació mi hijo Cameron. Desde ese momento mi vida cambió para siempre con una noticia inesperada y dada a conocer por quizás una de las personas menos indicadas y preparadas.

Cameron nació en ese mismo mes que las imágenes de aviones comerciales estrellándose contra las Torres Gemelas en Nueva York eran transmitidas a millones alrededor del mundo.
Durante los primeros minutos y horas algunos periodistas se atrevían a especular sobre la causa de la tragedia y posibles números de sobrevivientes.
Al no tener datos precisos o fidedignos, esas especulaciones generaron una segunda ola expansiva de ansiedad y temor.
Cameron, mi primer y único hijo hasta el momento, nació el 24 de septiembre del 2001.
Mi primer bebé. Muchas mujeres se preparan para ese evento toda una vida.
Durante los nueve meses de embarazo yo me había preparado leyendo, tomando clases, y sometiéndome a los exámenes recomendados por el obstetra.
Mi madre me había advertido cuan fuertes podrían ser los dolores de las contracciones del parto. Sin embargo, me aseguró que una vez tuviera al bebé en mis brazos me olvidaría del dolor.
Mamá tenía razón. Las contracciones no eran las que quedarían en mi memoria. Tampoco me acordaría de sostener a mi bebé en los brazos. Una enfermera y una doctora se lo llevaron enseguida para intentar provocar su primer llanto.
Por largo tiempo, hasta hoy, lo que quedó grabado en mi memoria sobre el nacimiento de mi primer bebé fue la voz de una enfermera quien abruptamente desde una esquina de la sala de parto, mientras todavía me encontraba en posición de dar a luz pregunto en voz alta:
¿Usted sabía que su bebé puede tener síndrome de Down?.
Lo único que pude contestar fue: ¿qué le hace suponer que tiene síndrome de Down?.
La enfermera contestó: “tiene una línea marcada en una de sus manos y ojos oblicuos. Pero tenemos que hacer pruebas para estar seguros.” Cameron tenía dificultad para respirar y debió ser llevado a la unidad de cuidados intensivos casi inmediatamente.
No lo tuve en mis brazos, no tuve más información por largas horas.
Nunca tuve que reflexionar tanto acerca del valor de cada alma, la individualidad única que aporta cada ser humano como ese septiembre, hace diez años. La caminata desde mi habitación hasta la unidad de cuidados intensivos se hacía eterna todos los días.
Las pruebas llegaron y sí, era positivo. No había duda que el bebé tenía síndrome de Down.
Tuve que aprender a conocer a este ser, a esta alma. Tuve que quererla y aceptarla tal como es. Esa alma me hizo aprender lo que es el amor de verdad, el amor incondicional. Me hizo valorar la importancia de las pequeñeces cotidianas, de los logros que para muchos llega casi sin esfuerzo durante el desarrollo pero que para él requirió horas de terapia y tesón. Hoy no puedo imaginar mi vida sin él. Él me integró al mundo de verdad a pesar de que no siempre el mundo quiere integrar a él y a todos por igual. Ahora, cuando pienso en septiembre del 2001 doy gracias por no haberme enterado durante el embarazo que Cameron tenía síndrome de Down. Mis temores, ignorancia y prejuicios me hubiesen hecho considerar eliminar una vida. Hubiese considerado eliminar una vida, el mismo acto que condené el 11 del septiembre del 2001 junto a gran parte de la humanidad.
¿Nos hemos transformado realmente como sociedad después del 9-11? Yo creo que vamos progresando pero hasta que todos, absolutamente todos, no hagamos una introspectiva profunda para enfrentar y vencer a nuestros temores, prejuicios, estigmas y deshumanización selectiva o generalizada (las que son evidentes y las que todavía no hemos identificado en nuestro interior) no lograremos una transformación plena.





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