Mesas
El domingo pasado estuve trabajando por la democracia en una mesa electoral. Parece mentira que en los tiempos del DNI electrónico el proceso del voto se realice aún a mano, escribiendo uno a uno los nombres de los votantes, tachando y buscando en listas infinitas. De hecho, tengo algún dedo de la mano derecha a punto del cayo de tanto escribir. Luego de todo ese incasable proceso toca organizarse para el recuento de votos, la firma de decenas de documentos, sobres y demás. Esa tarea roza el paroxismo cuando tienes entre manos el voto del senado, esa cosa inútil, que obliga a los de la mesa a contabilizar en lista abierta, o sea, a cada sujeto, a cada cruz. Cuando tienes 600 papeletas color sepia delante después de estar desde las 8 horas sin levantar el culo, les puedo asegurar que si digo que no me gusta el Senado, miento. Lo aborrezco.
Pero bueno, vayamos con lo de los nulos. La mayoría de ellos venían con tachaduras o mensajes relacionados con el “chouricismo” o con la utilidad del voto al Senado. Otros, más profundos, se tomaban la molestia de poner alguna cita que leíamos con asquerosa resignación. Nosotros seguíamos abriendo sobres mientras poníamos a caldo al sujeto anónimo por tomarse la molestia de acudir a votar para lanzar semejante mensaje a ninguna parte. No sé porqué me tocó abrir o colocar en su cajita el grueso del voto nulo en la mesa, uno de los primeros fue una encantadora loncha de “chourizo”. Por supuesto, lo dimos como nulo. A ninguno de los presentes, ni siquiera a un interventor del PP que parecía que babear de alegría cada vez que veía venir a un abuelete a votar, se le ocurrió mirar el manual para ver si era o no legal. Cuando he visto hoy lo de Val do Dubra me ha hecho gracia.
Por lo demás, tuve el inmenso placer de compartir una jornada laboral con el señor Vicente y con Montse, una presidenta de mesa alegre, divertida y llena de responsabilidad por hacer las cosas bien y a la que, como yo, tampoco le gusta el queso. Nos reímos un poco al ver la manía del personal del vecindario a la hora de poner nombres a sus vástagos. Hubo uno que nos chocó sobremanera, se llamaba Diógenes Virgilio, y tenía unos 20 años. También aparecieron un señor que se llamaba Noemi, familias con curiosas costumbres de ponerle Serafín a todos los miembros del clan y las Marías, que no vean la cantidad de ellas que hay allá donde estoy empadronado.
En la imagen, votos nulos en una de las mesas electorales durante el recuento de votos de las elecciones generales, tras el cierre de los colegios electorales.
Foto: Villar López
Fecha: 20/11/2011
Pink Floyd, vanguardia.





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