No sé quién me dijo una vez que ir a conciertos de determinados artistas es como acudir a una especie de cine en carne y hueso. A veces, a uno le parece que en vez de ir a ver al artista, va a ver la televisión. Eso es lo que tienen estas macroproducciones musicales como la que trajo Björk a Santiago. Pasado el cuarto de hora uno cree participar en un especie de un circo que roba protagonismo a las canciones. Pero no nos despistemos.
Björk estuvo muy correcta, que quede claro. Cuando actúa parece entrar en un trance, deambula de vez en cuando y canta con pasión. Genera cierta estela hipnótica. Lo que uno se podía esperar de semejante artista. Lleva desde que era una niña en esto y logra mantener viva esa llama enigmática que la acompaña. Expresa sus emociones con aire frío, propio de su lugar de procedencia, Islandia, pero con encanto, picardía y sinceridad. Dicen algunos que se trata de una diva, de un ser que se ha creído lo que es, una gran estrella, alejada de la tierra. Dicen que no le gusta que la molesten mientras cena, que exige cosas de artista y que lejos de ser encantadora es una borde consumada. Me importa un rábano todo eso. Si nos entrometemos en el grueso de todo este operativo, aparecen las canciones. El fin y origen de todo.
Había dudas sobre el estado de sus cuerdas vocales y de si sería capaz de mostrar un espectáculo aparente. Y para mí lo hizo con creces. Encontré en su voz los matices y los detalles que dan a esta artista ese halo de solemnidad e imaginación infinita que la acompaña. Especialmente brillante en la primera parte del concierto, cantó gran parte de sus temas de ‘Biophilia’ y dejó alguno de sus clásicos. ’Pagan Poetry’ sonó majestuosa, orgásmica. Para quien admire su música sabrá porqué lo digo.
En cuanto a la faceta espectáculo, el asunto estuvo al nivel esperado. Se vio una bobina de Tesla, montajes audiovisuales acompasando los ritmos de las canciones. Sonidos de xilófonos que parecían venir desde el espacio exterior, estrellas de mar a cámara superrápida, volcanes, agua y, como no, el fuego volcánico, en un guiño al país que la vio nacer. Bajo esta estela de imágenes estuvo también un especialista en programación y teclados, un percusionista y un coro de doce voces femeninas que encandiló por su frágil belleza.
Björk es un artista especial. Muy de la intimidad de cada uno. No sólo porque sus canciones pueden llegar a parecer como ese cuchillo que corta un metal en medio de una bizcocho, sino porque sus canciones revelan formas estéticas novedosas, originales y muy difíciles de escuchar en otros artistas. Su obra es sincera y personal, llena de simbolismos. Hay quien la adora, hay quien la respeta y hay quien la critica sin apreciar la originalidad de su propuesta. Lleva más de veinte años en esto. En sus discos siempre ofrece algo, algún detalle que trasciende. Es una avanzada a su tiempo, por esos sus canciones de los 90 aún suenan frescas en los tiempos que corren. A eso le llamo talento. Estamos ante una artista monumental que siempre da que hablar. Consolémonos, ya se sabe que de la mediocridad poco hay que decir.
En la imagen, Björk en plena actuación en el Gaiás de Compostela.
Foto: Desconocida
Fecha: 22/6/2012
Marchando una que sonó ayer.
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