Misa por Rosalía

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Como viene siendo tradición, mañana día 25 tendrá lugar, a las 17 hrs, la Misa por Rosalía de Castro en la iglesia de Santo Domingo de Bonaval. Un singular homenaje que reunirá a personalidades del ámbito de la política y de la cultura.  Es increíble cómo una escritora tan notable puede congregar a personas de tan diversas mentalidades y signos políticos. Tal vez por eso esta gran señora de la palabra se ha convertido en todo un icono atemporal, incluso más allá de nuestras fronteras, donde ya la veneran y traducen.

La historia de esta misa se remonta al año 1932 y desde entonces se ha venido celebrando casi ininterrumpidamente hasta el 2007, cuando la Fundación homónima decidió dejar de organizarla. Desde entonces,  el Foro Galicia Milenio, presidido por el profesor Marcelino Agís Villaverde  decidió hacerse cargo de la misma con la ayuda de un comité organizador. Comparto la opinión de este profesor cuando afirmaba que “honrar a Galicia es honrar a Rosalía”.

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Este año acudiré a la misa como “rosaliana” y también porque creo firmemente en que nada puede unir más a un pueblo que una celebración, en este caso, no sólo litúrgica sino también política y poética. ¿Por qué no? Siempre he creído que este tipo de  eventos son conciliadores, reveladores de un respeto y convivencia mutuas. Puede que muchos piensen que Rosalía no era una “santiña” y muy probablemente, que su vínculo religioso era tormentoso, repleto de dudas y desengaños reflejados en su poética. Sin embargo, no se puede olvidar que poco antes de morir, la propia Rosalía quiso celebrar una misa de difuntos por toda su familia y creo que eso es un síntoma de su profunda religiosidad. La misa da testimonio de la recepción popular de Rosalía, pues sólo se ofrece algo así a un familiar directo o a alguien por el que sentimos profundo aprecio.

En unos versos suyos de A Orillas del Sar, decía:

(…) De improviso los ángeles
desde sus altos nichos
de mármol, me miraron tristemente
y una voz dulce resonó en mi oído:
Pobre alma, espera y llora
a los pies del Altísimo;
mas no olvides que al cielo
nunca ha llegado el insolente grito
de un corazón que de la vil materia
y del barro de Adán formó sus ídolos.

Este poema justifica con creces su honda espiritualidad, pues su motivación era dar testimonio con su vida, de la realidad que le tocó vivir a la Galicia de su tiempo. Tal vez por eso merece todo el reconocimiento que podamos ofrecerle. Sacrificios como el suyo fueron, según el propio Murguía, la más pura manifestación de  “un pasado con sus sombras, el presente con sus dudas y desalientos, cuanto había sido Galicia, cuanto lo era todavía, o podía serlo, nos pedían una mirada y un pensamiento. Sentiamos como por instinto que antes de nada era preciso rehabilitar el país gallego, realizar sus esperanzas y traducir en hechos lo que aún no había podido pasar de la categoría de tentativas más o menos afortunadas. Esta dirección puramente provincial, no era en verdad cosa nueva, pero tomaba en nuestras manos mayor fuerza. Por más que pusiésemos en ello nuestra alma y nuestra sangre, otros antes habían querido lo que nosotros: no era la primera vez que se perseguían tan nobles ideales, prueba de la vitalidad de los pensamientos que nos animaban. Si antes no se habían realizado, era porque había faltado la unidad en los trabajos, y una más clara noción en todos de la obra emprendida. Así resultó estéril, pues sólo podía ser fecunda siendo completa”.

Hagamos de este día 25, algo especial y digno de ser recordado, un año más. Eso sí, poniendo especial atención a la memoria de las víctimas del accidente ferroviario de Angrois hará ya un año.

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